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La Antártida es un lugar rodeado por océanos, a diferencia del Ártico, que básicamente está rodeado por continentes.

Los ardientes secretos de la Antártida

La NASA reúne más evidencias sobre fuentes de calor geotérmicas en las profundidades de la Antártida que mantiene vivos ríos y lagos debajo de sus capas de hielo

El UniversalLunes, 13 de Noviembre de 2017

Con sus paisajes oníricos y la promesa del silencio como refugio, la fascinación que ejerce la Antártida tiene un gélido precio: durante el invierno, la temperatura puede bajar más allá de los 89 grados centígrados. Con su forma casi circular y un diámetro de 4 mil 500 kilómetros, la Antártida es uno de los lugares más fríos de la Tierra; sin embargo, en su interior hay una poderosa fuente de calor. Recientes estudios de la NASA aportan nuevas evidencias sobre la existencia de un poderoso foco de energía geotérmica encargado de mantener fluyendo un entramado de ríos y lagos debajo de su capa de hielo.

Este estudio, publicado recientemente en el Journal of Geophysical Research (JGR), señala que desde hace treinta años ya se habían propuesto varias teorías sobre actividad geotérmica al interior del continente que explicaban la aparición de volcanes en la zona, sin embargo los expertos jamás imaginaron que pudiera existir un calor tan intenso a tan sólo unos kilómetros de profundidad.

Imágenes sobre la sismicidad de la zona, así como diversos datos del satélite ICESat fueron herramientas clave para realizar cálculos por modelamiento numérico y medir el calor en sus profundidades. ICESat es un satélite artificial de la NASA lanzado hace casi 15 años y diseñado para medir masas de hielo, nubes, aerosoles y topografía de la zona, entre otras cosas. Al final, los hallazgos fueron sorprendentes. “Me parecía una locura, no entiendo cómo se puede tener esta cantidad de calor y aun así mantener una fuerte capa de hielo coronando la superficie”, señala al respecto la científica Helene Seroussi del Laboratorio de Propulsión a Chorro en Pasadena California.

La zona donde se concentra la mayor cantidad de energía geotérmica se encuentra en la llamada Tierra de Marie Byrd, un territorio localizado al oeste del mar de Ross y al sur del océano Pacífico. El nombre de esta región fue otorgado por el explorador Richard E. Byrd hace menos de un siglo. La investigación también se alimentó con datos de la operación IceBridge, una misión aérea con vuelos consecutivos que miden el espesor de las masas de hielo marinas y terrestres, así como otros parámetros relacionados con el cambio climático.

Los científicos determinaron que la superficie helada de la Antártida sube y baja constantemente alrededor de seis metros y esto está relacionado con la teoría de las plumas del manto, estrechas corrientes de roca caliente que se elevan a través del manto de la Tierra y se extienden como una capa de hongos debajo de la corteza. Tomando en cuenta las variables de congelamiento y deshielo, así como la fricción y la fusión de los materiales al interior de la Tierra, se calcularon las temperaturas que pueden alcanzarse y que se encargan de movilizar y drenar los cuerpos hídricos al fondo de la Tierra.

La Antártida es un lugar rodeado por océanos, a diferencia del Ártico, que básicamente está rodeado por continentes. Esta característica también lo ayudó a mantenerse oculto durante más tiempo. Fue el último de los continentes en descubrirse: las primeras expediciones científicas llegaron a mediados del siglo XIX y desde entonces la vocación de estas tierras ha sido básicamente la ciencia.

En 1959 se firmó el Tratado Antártico, acuerdo reconocido por 48 países que evita controversias sobre demandas territoriales de algún país. Es así que nadie puede proclamarse dueño de estas tierras y su ocupación está gestionada de manera multinacional con actividades principalmente basadas en la investigación científica, aunque también en el turismo.

¿Se descongela la Antártida?

Los resultados de este reciente estudio presentado por la NASA son muy importantes porque explican por qué desde antes que se empezaran a manifestar los efectos del cambio climático sobre la Tierra, ya se mostraba un deterioro en la placa de hielo que recubre la Antártida. Ahora el problema es que las causas naturales se suman a las antropogénicas. Esto se pone en evidencia en fenómenos como el del pasado mes de julio cuando se desprendió el mayor iceberg de la historia justamente en este territorio, una porción de hielo de 5 800 kilómetros cuadrados y un peso de un billón de toneladas.

Este desprendimiento apenas supuso un mínimo aumento temporal del nivel de los mares que aparentemente no ha afectado la actividad marítima en la zona. Los expertos de la NASA subrayan en su reporte que el calor interno del continente no representa en realidad una amenaza para la vida en el planeta, pero es un importante indicador para entender la estabilidad de la capa de hielo y el futuro del continente.

Según datos de la Dirección Nacional del Antártico del Instituto Antártico Argentino, en este continente se almacenan, en forma de hielo, más de las tres cuartas partes del agua dulce existente en la Tierra, ya que el espesor medio de su capa helada supera los dos mil metros.

Hasta el paraíso se contamina

Se calcula que en la Antártida se movilizan anualmente alrededor de cuatro mil personas, relacionadas principalmente con los diferentes proyectos de investigación científica que se concentran principalmente en la variabilidad climática y sus consecuencias medio ambientales. Pero además de esta población, el impacto de la industria turística también se ha hecho evidente con entre 20 y 40 mil visitantes al año.

Para no terminar con el delicado equilibrio de los ecosistemas antárticos, poco a poco se tuvieron que implementar diversas restricciones para proteger a la flora y fauna que habita este territorio, como por ejemplo prohibir la presencia de especies no autóctonas como los perros que solían jalar los trineos y que se convirtieron en una amenaza para la fauna local. La cercanía con las colonias de pingüinos sólo está autorizada a los especialistas que estudian su reproducción y hábitos, mientras que en últimas fechas también se ha limitado la utilización de aeronaves cerca de las poblaciones de aves y mamíferos que viven en este territorio.

En todo lo ancho y largo de nuestro planeta, la movilización de personas trae consigo irremediablemente la huella de la contaminación. Desde hace veinte años en la Antártida está vigente el Protocolo de Madrid, la principal herramienta internacional para la protección del medio ambiente, que sin embargo se ha visto rebasada frente al impacto antropogénico. En la Antártida, la energía para iluminación, calefacción y transporte se genera principalmente a partir de combustibles fósiles. Es así que existe una gran gama de residuos tóxicos de este origen que se suman a las sustancias químicas producidas en los laboratorios científicos instalados en la zona, así como a los desechos de las embarcaciones turísticas.

Hasta la entrada en vigencia del Protocolo de Madrid en 1998, muchos residuos se arrojaban al mar, se quemaban a cielo abierto o se enterraban. Paulatinamente se implementaron nuevos mecanismos para tratar residuos in situ o desalojarse por barco, sin embargo las huellas de la contaminación siguen apareciendo, como lo puso en evidencia un reciente estudio de investigadores de la Universidad Autónoma de Madrid y el Instituto Nacional del Agua en Argentina, entre otros. Mediante este estudio se detectaron sustancias contaminantes en muestras de agua provenientes de arroyos, lagunas y glaciares. Se encontraron rastros de medicamentos como analgésicos, desinflamatorios y antibióticos, hastaotro tipo de sustancias que van desde la cafeína hasta la cocaína. Para estos expertos, el principal problema de cualquier contaminante es que las condiciones climáticas extremas del continente pueden retrasar aún más los procesos de su degradación. Aunque el calor de la energía geotérmica al interior de la Antártida puede filtrarse a la superficie por una fractura en la corteza terrestre, el riesgo mayor siempre lo representa la vorágine humana.