Los proyectos políticos rara vez comienzan a desgastarse por una sola crisis. El desgaste suele llegar poco a poco, acumulándose en la memoria de los ciudadanos hasta que un día la distancia entre el discurso y la realidad se vuelve imposible de ignorar.
Morena llegó al poder prometiendo algo que millones de mexicanos consideraban indispensable: ser diferente. Durante años construyó una narrativa basada en la austeridad republicana, la cercanía con la gente y el rechazo a los privilegios que caracterizaron a la vieja clase política.
Esa promesa fue una de las razones de haber ganado en 2018. Sin embargo, con el paso de los años comenzaron a acumularse episodios que chocan con ese discurso.
La Casa Gris de José Ramón López Beltrán abrió una discusión sobre congruencia y conflictos de interés; después llegaron las vacaciones de políticos en España, Japón, etc y las polémicas por los accesorios de lujo, los cuestionamientos por los vuelos en business class y las residencias como la de Gerardo Fernández Noroña, así como otros episodios protagonizados por figuras cercanas al poder.
A ello se suman casos que golpean directamente la credibilidad del proyecto político gobernante. Los cuestionamientos alrededor de Rubén Rocha Moya, las dudas sobre la actuación de distintas figuras de Morena ante episodios de violencia e inseguridad y la sensación de que existe una tolerancia distinta cuando los señalados pertenecen al propio movimiento han contribuido a erosionar uno de los principales activos que tuvo el obradorismo desde su origen: la autoridad moral.
Cuando esa autoridad moral comienza a desgastarse, el costo político termina apareciendo. Quizá por eso la encuesta más reciente de Enkoll registró una caída de siete puntos en la aprobación de la presidenta Claudia Sheinbaum, al pasar de 75 a 68 por ciento entre marzo y mayo.
Sin embargo, el dato más interesante de esa medición no está solamente en la baja del oficialismo. Está en lo que ocurre alrededor de ella. Mientras Morena enfrenta los costos naturales del poder y de sus propias contradicciones, Movimiento Ciudadano aparece como la fuerza política con menor nivel de rechazo entre los partidos nacionales y como una de las que registra mayor crecimiento.
No se trata de una casualidad. Existe una generación de mexicanas y mexicanos que no quiere regresar al pasado, pero que tampoco está dispuesta a justificar privilegios, excesos o contradicciones en nombre de una causa política.
Movimiento Ciudadano ha logrado conectar con una parte de esa ciudadanía porque ha decidido construir una alternativa distinta a la polarización permanente.
Una tercera vía progresista que defiende derechos y libertades, que apuesta por la igualdad sustantiva, la movilidad, la sostenibilidad y las oportunidades para las nuevas generaciones, pero que también entiende que cuestionar al poder cuando se equivoca no significa traicionar una causa. Al contrario: significa ser congruente con ella y eso es Movimiento Ciudadano.
Durante años se nos dijo que sólo había dos opciones. Hoy cada vez más mexicanas y mexicanos empiezan a demostrar que sí hay de otra y para ello estamos trabajando.
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