En Venezuela tembló la tierra, cayeron edificios y desaparecieron historias. Debajo de los escombros quedaron cuerpos, familias rotas y una pregunta que México conoce demasiado bien: ¿qué hacemos cuando el Estado falla, y nos toca a los ciudadanos levantarnos por nuestra cuenta?
No hace falta mirar esa tragedia desde la distancia ni la apatía. México es un país marcado por sismos, duelo y reconstrucción. Hemos aprendido, muchas veces con sangre, que un terremoto dura segundos, pero sus consecuencias marcan generaciones enteras. También hemos aprendido que cuando el Estado llega tarde, la ciudadanía debe llegar primero.
En 1985, después del terremoto que devastó la Ciudad de México, la respuesta institucional fue decepcionante. Frente al silencio, la lentitud y la desorganización, miles de personas salieron a la calle a quitar piedras, a buscar cuerpos, a improvisar herramientas y a convertir la solidaridad en rescate. Ahí México entendió una de sus lecciones más profundas: frente al desastre, la ciudadanía se mantiene en pie, pero nadie debería tener que salvarse solo.
Esa herida siguió abierta incluso en medio de la fiesta. Un año después, en la inauguración del Mundial de 1986 en el Estadio Azteca, Miguel de la Madrid fue recibido con rechiflas, burlas e insultos. No era un abucheo al presidente, era el reclamo de un país que no había olvidado lo que a través de él ocurrió. Mientras el mundo miraba a México por el fútbol, la gente recordaba los escombros, las ausencias y la respuesta fallida del gobierno frente al sismo del 85. Las heridas seguían frescas.
De esa historia nacieron también los Topos. Ciudadanos que después del terremoto, aprendieron a entrar donde otros no podían, a buscar vida debajo del concreto y a convertir la experiencia del dolor en una vida dedicada al rescate. Con el tiempo, esa brigada ciudadana se volvió de referente internacional. Desde entonces, los Topos han estado en distintos lugares del mundo donde una tragedia exige manos, valentía y humanidad.
Por eso, cuando hoy vemos a rescatistas mexicanos en Venezuela, no vemos solo ayuda humanitaria. Vemos la memoria de una historia de aprendizaje. Vemos al México que sabe lo que significa esperar noticias frente a un edificio colapsado, o el alivio de saber que nuestros hijos están bien en su escuela. Vemos a un país que aprendió entre ruinas que la solidaridad no ve banderas, ve seres humanos. Se ve a sí mismo años atrás.
México volvió a tender la mano con personal de apoyo, ayuda humanitaria, equipo, e insumos. Eso llama admiración a nuestro país. En un mundo donde tantas veces la política polariza, la solidaridad recuerda algo elemental: todos somos seres humanos, y todos debemos ayudarnos.
Pero esa misma memoria también debe obligarnos a mirar hacia nuestro propio país. Hay una ironía entre nuestra conciencia de lo vital que es estar preparados para el desastre, y que al mismo tiempo debilitamos los instrumentos que nos permiten prevenir, atender y reconstruir. México es un país expuesto a sismos, huracanes, inundaciones, sequías e incendios. La emergencia climática ya no es un cuento de hadas, es una realidad que embosca comunidades anualmente. Y frente a esa realidad, no estar preparados cuesta vidas.
La desaparición del FONDEN como fideicomiso dejó una discusión pendiente que se debe de tratar: cómo financiamos la prevención y posterior reacción ante los desastres. Debemos reconocer que un país vulnerable necesita instrumentos claros, suficientes, transparentes y permanentes para responder antes, durante y después de una emergencia. La naturaleza no debe determinar quién vive y quién no.
Por eso hemos insistido en la necesidad de un fondo robusto para la lucha climática de México. Un fondo que no solo atienda para recoger los restos, sino que prevenga antes de cavar fosas. Un fondo que entienda que no basta con reconstruir lo mismo, sino reforzar y soportar. La prevención también salva vidas. Un perdón no es justicia, la resiliencia sí.
La tragedia venezolana nos recuerda que gobernar no es ocupar un puesto ni hacer control de daños después de fallar. Gobernar es que Protección Civil llegue a tiempo, que los hospitales puedan recibir heridos, que la información sea simétrica, que las rutas funcionen, que las viviendas sean seguras y que los recursos estén disponibles cuando la vida lo necesite.
También nos recuerda que ningún cambio político reconstruye por sí solo las capacidades de un Estado. Las instituciones no se levantan con discursos y promesas. Se levantan con presupuesto, planeación, prevención, coordinación, voluntad pública y un genuino interés en la gente. Si una transición no se traduce en mejores condiciones para cuidar a la gente, entonces fracasó.
Venezuela nos duele porque nos vemos en ella. México sabe lo que significa buscar entre escombros, perder tu hogar y a tus seres queridos. Sabe lo que significa que la ciudadanía se organice por necesidad. Sabe también que el heroísmo ciudadano salva vidas, pero no debe reemplazar al Estado. Porque un Estado que no mantiene segura a su gente es un Estado fallido.
Honrar la memoria del 85 significa construir un país que no llegue tarde a su próxima emergencia. Honrar a los Topos también significa entender que su valentía no debe ser una cortina de humo para la negligencia pública.
La tierra siempre tiembla. La pregunta es si el Estado estará listo cuando los vidrios se quiebren. México tiene memoria, experiencia y una tradición solidaria que ha cruzado el globo entero. Ahora necesita también presupuesto y prevención para que cuando vuelva a temblar, no tengamos que reconstruir otra vez desde la ausencia del Estado, sino desde su rol como guardián.
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