Hola queridos viajeros de esta bitácora de vuelo. Hoy les saludamos desde un hangar de nuestro querido AIFA, después de una ruta larga por México. Con el avión ya en tierra, nosotros también bajamos el ritmo, mientras que afuera el movimiento de las pistas sigue gracias a la fiebre mundialista. Ahora toca acomodar herramientas, revisan notas de vuelo, limpiar marcas del trayecto a nuestra aeronave y revisar apuntes de nuestra bitácora, pues después de varias horas de vuelo sobre nuestro bello país, siempre queda algo por mirar con más calma.
Esta vez dejamos junto a nuestra bitácora un mapa distinto, denominado MOCIBA (Módulo de Ciberacoso), en su versión más reciente, publicada apenas hace 2 días. Viene de nuestros amigos del INEGI, expertos y especialistas a nivel mundial de la estadística nacional. Informe que muestra una geografía que pasa por celulares, redes sociales, llamadas, perfiles falsos, grupos escolares, chats de oficina, amistades, desconocidos y familias. Le llamaremos el mapa del ciberacoso en México.
Hace algunas décadas, comprar un boleto de avión implicaba acudir a las taquillas de la aerolínea, formarse, preguntar horarios, revisar disponibilidad, pagar en mostrador y salir con un boleto físico en la mano. Ahora compramos el mismo boleto, pero desde el celular, recibimos un pase de abordar por correo y lo mostramos a través de la pantalla del celular al abordar ¿se simplificó la vida?; si, gracias a la tecnología, el internet y la llegada del celular.
Al acoso le pasó algo parecido. Durante generaciones, muchas formas de agresión y acoso sucedieron de manera física, persona a persona y en condiciones muy específicas, en determinados lugares y horas. Hoy la tecnología amplió el alcance de estas formas de violencias, para abrir paso al hoy llamado ciberacoso, pero veamos este problema social con el detalle que nos ofrecen nuestros amigos de INEGI.
En México, tan solo para el año 2025, casi 95 millones de personas usaron internet y una de cada cinco vivió ciberacoso; y al abrir el mapa el dato toma más forma, pues son los estados de Durango, Jalisco, Ciudad de México y Oaxaca, las entidades con mayor prevalencia; mientras que Sonora, Sinaloa y Coahuila, entre las más bajas. La mayor exposición es muy preocupante, pues esta forma particular de violencia se concentra entre los 20 y 29 años, lo que exige mirar a escuelas, familias y grupos de pares.
Las formas más frecuentes son conocidas por casi todas las personas: identidades falsas, mensajes ofensivos, llamadas reiteradas, insinuaciones sexuales y contenido no solicitado. Los medios también son los de todos los días: WhatsApp, Facebook y llamadas de celular, que paradójicamente resultan ser los mismos canales donde avisamos a nuestros seres queridos que llegamos bien, mandamos tareas o compartimos ubicación.
INEGI documenta en este módulo que el daño no se queda en las pantallas, pues gracias a esta encuesta se ha logrado documentar que el ciberacoso se convierte en enojo, desconfianza, estrés, miedo o inseguridad. Entonces las víctimas bloquean cuentas, números y perfiles; reacción que ayuda pero que también demuestra que, buena parte del problema se termina enfrentando en soledad y con las pocas herramientas que cada quien tiene a la mano.
Por eso conviene leer con calma el boletín del INEGI. Pues nos entrega una fotografía reciente de un fenómeno que suele quedarse en anécdota. La información salió apenas ayer y ya nos permite hablar con mayor precisión de un problema que acompaña nuestra vida diaria.
Cerramos la bitácora de esta semana todavía dentro de nuestro hangar del AIFA. El avión está listo para otra salida y el mapa se queda abierto sobre la mesa. En el pasado reciente para capturar una imagen era necesario contar una cámara, un rollo fotográfico y después mandarlo a revelar y hasta entonces podías conocer si habías logrado hacer una buena toma. La era digital a revolucionado ese proceso y ahora tomar una foto es fácil y de resultados inmediatos. Pero eso ha servido para que algunos crean que puede servir para invadir la intimidad de otros. También algunos creen que si no dan su nombre o hablan de un número que no les pertenece, mantienen el anonimato y la impunidad. Pero eso no es del todo cierto. Debemos cambiar la ruta y construir una cultura de respeto digital y aprender a cuidarnos. Nos vemos en el próximo vuelo
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