Bienvenidas y bienvenidos. Hoy desplegamos un mapa nocturno de México. Las líneas estatales y municipales aparecen perfectamente trazadas, aunque las luces cuentan otra historia. Se extienden hasta formar grandes concentraciones urbanas que desde esta altura parecen una sola ciudad. La vida cotidiana borró hace tiempo muchas de las fronteras que todavía ordenan nuestras instituciones.
México es un país metropolitano. La delimitación oficial Metrópolis de México 2020 reconoce 48 zonas metropolitanas, 22 metrópolis municipales y 22 zonas conurbadas. En ellas viven 82.5 millones de personas, 65.5 por ciento de la población nacional. Dos de cada tres habitantes comparten con municipios vecinos el trabajo, el transporte, el comercio, el agua y los servicios públicos.
Comenzamos en Tijuana, una ciudad que creció entre cañones y pendientes hasta encontrarse con Tecate y Playas de Rosarito. La frontera determina su economía, el precio de la vivienda, los movimientos migratorios y la demanda de servicios. La metrópoli se expande sobre un territorio donde llevar agua, construir calles y prevenir riesgos cuesta cada vez más.
Volamos después hacia Monterrey. La concentración industrial aparece enlazada con Apodaca, Guadalupe, San Nicolás, Santa Catarina, Escobedo y otros municipios que participan de una misma economía. Plantas, bodegas y desarrollos residenciales avanzan por los corredores metropolitanos, generando empleo y mayores presiones sobre el agua, el aire y el suelo. La crisis hídrica confirmó que ningún ayuntamiento puede resolver por su cuenta aquello que comparte toda la cuenca.
Al suroeste encontramos La Laguna, articulada por Torreón, Gómez Palacio y Lerdo. Las familias viven en Coahuila y trabajan, estudian o reciben atención médica en Durango. La actividad agroindustrial depende de una cuenca sometida a presión histórica. La Laguna comparte economía, identidad y problemas, mientras sus decisiones permanecen divididas entre dos gobiernos, varios municipios y congresos estatales que deben armonizar leyes, presupuestos y políticas públicas.
Más adelante aparece Guadalajara. Su núcleo se prolongó hacia Zapopan, Tlaquepaque, Tonalá, Tlajomulco y El Salto. El poniente concentra servicios, universidades y desarrollos de mayor valor; hacia el sur y el oriente crecen fraccionamientos alejados y zonas industriales con menor acceso a equipamientos. Guadalajara ha construido una de las experiencias de coordinación más avanzadas del país mediante el Imeplan. Su aprendizaje es claro: hacen falta instituciones técnicas, información compartida y acuerdos capaces de sobrevivir a los cambios de gobierno.
Seguimos hacia el Bajío. León se relaciona con Silao mediante la industria, el calzado, la logística y los desplazamientos laborales. Querétaro se ha extendido hacia Corregidora, El Marqués y Huimilpan. En ambas regiones, la prosperidad elevó el valor del suelo y desplazó la vivienda hacia periferias distantes. Las naves industriales se levantan con rapidez; el transporte público, las escuelas, los centros de salud y las redes de agua tardan mucho más en alcanzarlas.
En Puebla-Tlaxcala observamos otra ciudad dividida por límites que sus habitantes cruzan diariamente. Las Cholulas, Cuautlancingo, Amozoc y los municipios tlaxcaltecas forman una misma red de empleos, universidades, mercados y transporte. La fragmentación se vuelve evidente cuando cambian las tarifas, los reglamentos o la calidad de los servicios en una misma calle. También aquí las legislaturas de ambas entidades tienen la responsabilidad de construir normas y presupuestos compatibles.
Hacia el sureste, Mérida avanza sobre terrenos ejidales y localidades mayas hasta alcanzar Kanasín, Umán y Conkal. Debajo se encuentra un suelo poroso que conecta el crecimiento urbano con el acuífero. Cada decisión sobre vivienda, residuos y drenaje adquiere una dimensión ambiental que rebasa las fronteras municipales.
Ponemos rumbo al Valle de México. El pasado 3 de agosto, el Consejo de Desarrollo Metropolitano aprobó una nueva delimitación: 84 demarcaciones integradas por las 16 alcaldías capitalinas, 59 municipios del Estado de México, ocho de Hidalgo y Huitzilac, Morelos. Cerca de 23 millones de personas habitan esta región, que genera alrededor del 28 por ciento del producto interno bruto nacional. También se acordó llevar a consulta pública su nuevo Programa de Ordenación.
La incorporación de Huitzilac amplía nuestra mirada. Sus bosques, áreas de recarga y barrancas forman parte de la infraestructura ambiental que sostiene al Valle. Hidalgo expresa la expansión residencial, industrial y logística hacia Tizayuca, Tula y Tepeji. La nueva delimitación reconoce una ciudad extendida sobre cinco entidades federativas, integrada también por los territorios que la abastecen y hacen posible su funcionamiento, lo que debería obligarnos a llamarle megalópolis.
Existe una oportunidad política para coordinar a la Federación, los gobiernos estatales, las alcaldías y los municipios. Esa tarea requiere la participación de los congresos de la Ciudad de México, Estado de México, Hidalgo y Morelos. Sus legisladoras y legisladores pueden armonizar ordenamientos, aprobar presupuestos, crear instrumentos de financiamiento y vigilar los compromisos asumidos. El desafío consiste en transformar la coincidencia actual entre gobiernos en reglas duraderas, capacidades técnicas y decisiones públicas que incluyan a las periferias.
Volvemos al mapa. La mancha luminosa del Valle parece interminable; al sur, Huitzilac permanece oscuro y arbolado. Esa zona que apenas distinguimos desde el aire ayuda a sostener todo lo que brilla. Quizá gobernar una metrópoli comience allí: entendiendo que la ciudad llega mucho más lejos de lo que alcanzan sus luces.
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