Durante más de seis décadas, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) sostuvo que apenas sabía algo de Lee Harvey Oswald antes del asesinato del presidente John F. Kennedy en noviembre de 1963.
Esa versión oficial se ha resquebrajado con la reciente publicación de documentos desclasificados, revelados a partir de una investigación del Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, que reavivan las sospechas de encubrimiento, desinformación institucional y complicidad.
Una publicación de The New York Times da cuenta que los nuevos documentos apuntan directamente a George Joannides, un oficial de la CIA en Miami, quien en 1963 supervisaba y financiaba al Directorio Revolucionario Estudiantil (DRE), un grupo de exiliados cubanos anticastristas.
Joannides operaba bajo el alias de “Howard”, el mismo nombre que los miembros del DRE utilizaron para identificar al funcionario de la agencia que los guiaba desde la sombra.
La CIA negó reiteradamente la existencia de “Howard” ante la Comisión Warren (1964) y ante el Comité Selecto de Asesinatos de la Cámara (1978).

En 1998 incluso declaró que no tenía registros del nombre.
Hoy sabemos que mentía.
La revelación del nombre completo —Howard Mark Gebler— surge gracias a una licencia de conducir falsa otorgada por la CIA a Joannides en 1963.
Esta pieza de evidencia, junto con otros documentos desclasificados, demuestra que Joannides tenía un papel activo tanto en la manipulación del grupo cubano como en la gestión del acceso a archivos internos que podrían haber esclarecido el papel de la agencia en los días y meses previos al magnicidio.
El DRE se enfrentó públicamente a Oswald en Nueva Orleans en agosto de 1963, tres meses antes del asesinato de Kennedy.
Lo provocaron, debatieron con él en radio, y recibieron una carta escrita por el propio Oswald ofreciendo colaborar con ellos.
Esa carta fue entregada al FBI, pero nunca devuelta.
Inmediatamente después del asesinato, el grupo —bajo instrucción de “Howard”— alertó a los medios de las inclinaciones pro-castristas de Oswald, marcando un punto de inflexión en la narrativa pública.
Las implicaciones son perturbadoras. No se trata de demostrar que la CIA orquestó el asesinato, pero sí de evidenciar que sabía mucho más de Oswald de lo que admitió. Jefferson Morley, periodista e investigador que ha seguido el caso durante décadas, afirma que al menos 35 empleados de la CIA manejaron informes sobre Oswald entre 1959 y 1963.
Varios de ellos informaban directamente al jefe de contrainteligencia James Angleton y al subdirector Richard Helms.
Joannides, quien en 1981 recibió una medalla por su desempeño precisamente en el manejo del DRE y por su papel como enlace con el comité de asesinatos del Congreso, obstaculizó deliberadamente la investigación.
Lo irónico —y grave— es que mientras obstruía el acceso a los archivos, nadie en el comité sabía que “Howard” y Joannides eran la misma persona.
Para Rolf Mowatt-Larssen, ex oficial de contrainteligencia de la propia CIA, la operación parece “una maniobra clásica de inteligencia”, probablemente impulsada por agentes deshonestos dentro de la agencia que actuaron al margen del control institucional.
Es una hipótesis que gana fuerza si se considera el resentimiento que provocó en sectores de la CIA la retirada del apoyo de Kennedy a la invasión de Bahía de Cochinos en 1961 y su apuesta por una distensión con la Unión Soviética tras la crisis de los misiles en 1962.

LA CIA MINTIÓ
La congresista Anna Paulina Luna, quien encabeza el comité que impulsó la publicación de estos documentos, ha sido tajante: la CIA mintió, ocultó evidencia y protegió a un «elemento pícaro» que consideraba a Kennedy un radical y decidió ignorar, cuando no facilitar, su eliminación.
A pesar de que aún no hay pruebas concluyentes que involucren directamente a la CIA en la ejecución del asesinato, el patrón de encubrimiento, manipulación de la información y obstrucción a las investigaciones posteriores dibuja un escenario oscuro.
Como señaló el juez federal John Tunheim, quien presidió en los 90 la Junta de Revisión de Registros de Asesinatos, “la complicidad puede no estar probada, pero las mentiras y el ocultamiento están bien documentados”.
El caso Oswald-Kennedy no está cerrado, ni mucho menos.
Las revelaciones de julio de 2025 cambian el eje del debate: no se trata solo de quién disparó, sino de quién sabía, quién encubrió y quién decidió que la verdad podía esperar más de 60 años.
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