Christopher Marquis en su colaboración para JacobinLat, con la traducción de Pedro Perucca, señala que el éxito del presidente Donald Trump en impulsar su agenda arancelaria viene suscitando duras críticas, no solo por el abuso de poder y los riesgos económicos que genera, sino también por el sector que resultará más perjudicado.
Al elevar los precios al consumo de todo, desde los alimentos hasta los electrodomésticos, estos aranceles funcionarán como un impuesto encubierto para los estadounidenses de clase media y trabajadora.
Los hogares más pobres, que gastan una mayor parte de sus ingresos en productos básicos, serán los más afectados.
Pero el peligro no está solo en el aumento de la factura de la compra o en el recorte de las redes de seguridad para pagar sus recortes fiscales.
Décadas de pruebas apuntan a la misma conclusión: canalizar la riqueza hacia arriba no solo castiga a los pobres, sino que socava los cimientos de la economía y la propia democracia.
La desigualdad no es un efecto secundario desafortunado, sino un veneno lento que debilita el crecimiento alimenta el resentimiento y hace que las sociedades sean más frágiles.
Para entender por qué, es fundamental distinguir entre pobreza y desigualdad.
La pobreza es una condición absoluta: la falta de acceso a necesidades básicas como la alimentación, la vivienda, la atención sanitaria y la educación.
La desigualdad, por el contrario, es una medida de la diferencia relativa: cómo se distribuyen los ingresos, la riqueza y las oportunidades en la sociedad.
Una nación puede reducir la pobreza absoluta y, al mismo tiempo, volverse más desigual.
Contrariamente a las ideas desacreditadas del «derrame económico», lo que ocurre cuando la riqueza se concentra más en la cima es que los ricos pueden impulsar políticas para proteger y aumentar su ventaja: mermar los servicios públicos, bloquear la redistribución y socavar los derechos laborales.
Todos estos esfuerzos se están viendo potenciados ahora bajo el mandato de Trump.
Sin embargo, las consecuencias más profundas siguen siendo invisibles para muchos.
Debido a la segregación social y económica, se subestima enormemente la gravedad de la desigualdad y sus consecuencias.
Cuando los pobres sufren, las injusticias son muy visibles: más personas durmiendo en la calle y colas más largas en los bancos de alimentos.
Pero cuando los ricos se enriquecen silenciosamente, el cambio suele pasar desapercibido.
Se aíslan aún más en sus comunidades cerradas, envían a sus hijos a colegios privados de élite y viajan cada vez más en jets privados.
[…] Las críticas a las políticas económicas de Trump, desde los aranceles hasta el presupuesto y su agenda desreguladora, deben ir más allá.
No se trata simplemente de una cuestión de equidad y justicia.
El problema es también la traición a los principios fundamentales para una economía y una democracia saludables.
El resultado del mandato de Trump como presidente no solo será que los pobres serán más pobres, sino que Estados Unidos será más débil y habrá más enojo e inestabilidad y menos innovación.
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