Cuando el tipo de cambio se mueve,
la economía mexicana no avanza al
unísono
El peso mexicano cotiza cerca de 16.95 unidades por dólar, su nivel más apreciado en más de dos años. En lo que va de 2026 acumula una ganancia cercana al 5 por ciento frente al billete verde y, si se mira desde inicios de 2025, la apreciación nominal supera el 15 por ciento.
Este movimiento no es casual ni responde a un solo factor, se explica, en primer lugar, por el carry trade: inversionistas internacionales se financian en monedas de tasas bajas, principalmente el dólar estadounidense (con la Fed en un rango de 3.50-3.75 por ciento) y, de manera especialmente relevante, el yen japonés, para colocar esos recursos en activos denominados en pesos, que ofrecen un rendimiento de 6.50 por ciento (la tasa de referencia de Banxico), el diferencial de tasas, aunque más estrecho que en años anteriores, sigue siendo atractivo y genera una demanda estructural de pesos a ello se suma la debilidad global del dólar, reflejada en la caída del índice DXY, impulsada por el anuncio del Tesoro de Estados Unidos de ampliar las recompras de bonos de largo plazo, por datos de inflación y empleo más moderados en ese país, y por la percepción de que la Reserva Federal no subirá tasas de forma agresiva en el corto plazo.
La combinación de un diferencial de tasas todavía favorable, un dólar globalmente más débil y un entorno de relativa baja volatilidad ha reavivado el debate sobre el “superpeso”, pero detrás del titular de la fortaleza cambiaria hay una realidad menos uniforme: hay quienes celebran y quienes ajustan cuentas a la baja.
El tipo de cambio no es un indicador abstracto, es un precio relativo que redistribuye ingresos, altera márgenes y redefine incentivos, cuando el peso se fortalece, unos ganan poder de compra y otros pierden competitividad, cuando se debilita, los papeles se invierten, en el episodio actual de apreciación, los efectos ya se perciben con claridad.
LOS QUE GANAN CON EL PESO FUERTE
Los consumidores urbanos y las familias cuyo ingreso principal está en pesos figuran entre los principales beneficiarios, un dólar más barato abarata electrónicos, electrodomésticos, ropa importada, medicamentos y viajes al extranjero, el poder adquisitivo de quienes compran bienes con alto contenido importado mejora de inmediato, en las grandes ciudades, llenar el carrito con productos de origen extranjero cuesta menos pesos que hace dieciocho meses.
Las empresas importadoras de insumos, maquinaria y tecnología también respiran con alivio. El costo de equipo industrial, componentes electrónicos y materias primas extranjeras se reduce, esto permite modernizar plantas o sostener márgenes en un entorno de costos internos todavía elevados, sectores como el comercio moderno, la construcción y algunas manufacturas orientadas al mercado interno se benefician de esta contención de costos.
El control de la inflación es otro ganador silencioso. La apreciación del peso frena el traspaso de precios de bienes importados al índice de precios al consumidor, en un país donde la inflación de mercancías ha sido históricamente sensible al tipo de cambio, este efecto ayuda a Banxico a mantener la trayectoria de precios bajo control y preserva el poder de compra de los salarios.
Quienes tienen deuda denominada en dólares (empresas, algunos gobiernos estatales y, en menor medida, el gobierno federal) reducen el costo en pesos del servicio de esa deuda, cada centavo de apreciación implica un ahorro en el pago de intereses y amortizaciones, hacienda ha cuantificado en el pasado que movimientos de veinte centavos pueden generar ahorros de miles de millones de pesos en el costo financiero.
LOS QUE PIERDEN
Del otro lado de la balanza están los exportadores, especialmente las empresas manufactureras y agroexportadoras que facturan en dólares y enfrentan costos locales en pesos, cada dólar que ingresan se convierte en menos pesos, los márgenes se comprimen, las pequeñas y medianas empresas, con menor acceso a coberturas cambiarias, son las más expuestas. Datos de 2026 muestran que, mientras las exportaciones medidas en dólares crecen con fuerza, el valor nominal en pesos de la producción manufacturera ha retrocedido y el empleo industrial ha caído en varios estados clave: Nuevo León, Guanajuato, Querétaro y Baja California reportan contracciones relevantes.
Las familias receptoras de remesas también pierden. Aunque el flujo de dólares se mantiene elevado, cada billete verde se transforma en menos pesos, el poder adquisitivo de esos recursos (fundamentales en estados como Michoacán, Guerrero, Zacatecas y Guanajuato) se erosiona, en periodos de apreciación sostenida, se ha documentado que el valor real de las remesas en moneda nacional puede caer incluso cuando el envío de dólares crece o se mantiene estable.
El sector petrolero y las finanzas públicas enfrentan un doble efecto. Los ingresos por exportación de crudo se diluyen en pesos cuando el tipo de cambio se aprecia por debajo de los supuestos presupuestales, al mismo tiempo, el gobierno deja de recibir el “remanente cambiario” que Banxico genera en periodos de depreciación, el resultado es una menor holgura fiscal en un momento en que las necesidades de gasto siguen siendo altas.
El turismo receptor siente la presión. México se vuelve más caro para el visitante extranjero. Aunque el sector ha mostrado resiliencia, una apreciación prolongada reduce el atractivo relativo frente a destinos competidores cuyas monedas se han depreciado.
UNA REDISTRIBUCIÓN IMPERFECTA
El peso fuerte no es ni una bendición absoluta ni una maldición. Es un mecanismo de redistribución, beneficia a quienes consumen importaciones y tienen deudas en dólares; castiga a quienes producen para el exterior y dependen de ingresos dolarizados, en el corto plazo, la contención de la inflación y el abaratamiento de bienes de capital pueden sostener el consumo y facilitar la inversión, en el mediano plazo, una apreciación real excesiva y persistente (como la observada en 2025-2026) erosiona la competitividad de la planta productiva y debilita el empleo industrial.
La evidencia reciente es elocuente: el consumo de bienes importados crece a tasas de doble dígito mientras el de bienes nacionales se estanca, la producción manufacturera, medida en pesos, muestra debilidad, el empleo en entidades industriales clave retrocede, estos no son efectos teóricos; son números que ya aparecen en las estadísticas oficiales.
EL RIESGO DE LA COMPLACENCIA
Celebrar el “superpeso” sin matizar sus costos es incompleto. La apreciación actual se sostiene en buena medida por flujos financieros (carry trade) y por la debilidad temporal del dólar global, no necesariamente por un salto de productividad de la economía mexicana, mientras esos flujos continúen y la volatilidad se mantenga baja, el peso puede permanecer fuerte, pero los flujos son reversibles, un cambio en las expectativas de la Reserva Federal, un fortalecimiento del yen o un episodio de aversión al riesgo pueden desencadenar una corrección.
En ese escenario, los ganadores de hoy podrían convertirse en los perdedores de mañana, y viceversa, la lección es clara: el tipo de cambio redistribuye, pero no crea riqueza por sí solo, la verdadera fortaleza de una economía no se mide por cuántos pesos se necesitan para comprar un dólar, sino por la capacidad de producir, competir y generar empleo de calidad independientemente de las oscilaciones cambiarias.
Mientras tanto, en los hogares que reciben remesas, en las plantas exportadoras del Bajío y en las oficinas de tesorería de las empresas manufactureras, el peso fuerte ya tiene un costo concreto y ese costo, aunque menos visible en los titulares, es tan real como la sensación de que el dólar “está barato”.
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