Hay una forma cotidiana de medir un gobierno, no está en el tablero de Hacienda, está en el ticket de la milanesa, en la recarga del camión y en si el tanque de la gasolinera dejó de ser una sorpresa. Con esa vara, el segundo año de Claudia Sheinbaum se parece al primero de la continuidad: el salario rinde más que en 2018, la gasolina no se disparó y el peso no se fue de viaje, hay otra vara, escrita por el propio gobierno en el Plan Nacional de Desarrollo y en el Plan México: fábricas nuevas, proveedores mexicanos, inversión de 28 por ciento del producto, con esa, el país todavía espera la planta, las dos varas son honestas, confundirlas (celebrar el salario como si fuera la planta) es el primer error de este debate.
México cierra agosto de 2026 con una paradoja que ya no es de discurso, entre octubre de 2024 y hoy el gobierno redistribuyó y sostuvo el ancla de los precios, la economía no se cayó, tampoco despegó, lo que no aparece en las cuentas nacionales es el cambio de fábrica que se prometió cuando se habló de segundo piso de la transformación.
El Plan Nacional de Desarrollo 2025-2030 (publicado el 15 de abril de 2025) y el Plan México dibujan un país que quiere ser la décima economía del mundo, invertir más de 25 por ciento del producto desde 2026 y 28 por ciento en 2030, crear un millón y medio de empleos especializados y subir el contenido nacional en autos, electrónicos y fármacos, el relato es de soberanía productiva, el resultado es otro: medio punto de crecimiento en 2025, cerca de 1.5 por ciento esperado este año según el Banco de México, inversión fija por debajo del máximo de julio de 2024 y una inversión extranjera “récord” que, vista de cerca, es sobre todo utilidad que las empresas ya instaladas deciden no sacar del país.
Quien mida a Sheinbaum con la vara de 2018 encontrará cumplimiento, el salario mínimo general llegó a 315 pesos diarios, alcanza cerca de dos canastas; la meta oficial es dos y media en 2030, no hubo gasolinazo, la inflación ronda 3.3 por ciento, el peso se mueve cerca de 17 por dólar, las reservas superan 255 mil millones, la pobreza laboral bajó en el año, los programas de Bienestar siguen siendo el piso de millones de hogares. En esa fotografía, la Cuarta Transformación no se quebró: heredó un piso social más alto y no lo entregó, quien vive de un sueldo de ley lo nota en la semana, quien espera una orden de compra para su taller todavía no.
Quien mida con la vara que el mismo gobierno se impuso verá el hueco. Una economía no cambia de régimen porque haya polos, parques y un decreto que acelera permisos, cambia cuando llega un camión con maquinaria, cuando el taller de Querétaro o de Ramos Arizpe sustituye la pieza que antes venía de Asia, cuando cada hora de trabajo produce más, la formación bruta de capital no dio ese salto, de cada 100 dólares de inversión extranjera del primer semestre, casi 89 son reinversión, los capitales nuevos apenas rozan el 8%, México exporta manufacturas por cientos de miles de millones y, en la manufactura ligada al mundo, los insumos importados pesan varias veces más que los nacionales, se ensambla con maestría, aún no se teje industria.
Esa diferencia no es ideológica, es de cuentas. La productividad de la economía sigue sin despegar, el empleo formal crece despacio: el seguro social suma plazas, pero el banco central recortó su rango de creación para 2026, más de la mitad de quien trabaja lo hace sin contrato de ley, el gobierno sube el salario y hace bien en no devolver al trabajador a 2018, pero el producto por hora no acompaña ese incremento, tarde o temprano esa brecha se paga en menos plazas formales, en el precio del corte de pelo o de la fonda, o en la empresa que deja la nave para otro año.
El cierre de 2026 no anuncia una crisis como la de 1994, no hay tipo de cambio amarrado ni reservas flacas, el riesgo es más opaco y más nuestro: quedarse en un crecimiento de uno por ciento con buena narrativa social, Banco de México lo dice sin adjetivos: la inversión seguirá débil mientras duren la incertidumbre comercial y las revisiones anuales del tratado con América del Norte, Estados Unidos no alargó el acuerdo dieciséis años, el tratado vive, pero se reabre cada doce meses, una planta se calcula a quince años, un tratado que se discute cada año se calcula a doce meses, Marcelo Ebrard llamó a los aranceles el reto más grande del siglo, no exageraba el tamaño, subrayaba el reloj.
Ese reloj no es abstracto, más de ochenta de cada cien mercancías que México vende al mundo cruzan hacia Estados Unidos en vehículos, la dependencia es todavía más estrecha, el privilegio arancelario que el gobierno presume (pagar poco para entrar al mercado más grande) es real y es político: dura mientras dure la negociación, no es un contrato de década, quien pone una planta necesita década, por eso el récord de inversión extranjera y la debilidad de la inversión fija pueden convivir: la filial reinvierte utilidades; el proyecto nuevo espera.
A ese reloj se suman dos cuellos que no caben en un comunicado, donde quieren sentarse las fábricas nuevas y los centros de datos, la red eléctrica no da abasto, en Querétaro las empresas ponen subestaciones propias, en el norte y en el Bajío el agua no es un tema de domingo: es si hay o no hay para la línea de producción y para la colonia de al lado, el fenómeno de El Niño que se asoma puede costar, como el anterior, una fracción visible del producto, el Plan México vende relocalización, la relocalización compra energía firme y litros seguros.
Sin luz firme y sin agua medida, el polo de bienestar es un predio con letrero, el inversionista no discute el letrero, pregunta cuántos megawatts hay, de dónde sale el agua y en cuántos meses deja de ser promesa.
El erario aprieta el mismo nudo, después del hueco fiscal de 2024 se ordenó la casa recortando obra pública, no cobrando más a quien más tiene; las pensiones y las transferencias ganan peso, la inversión en caminos, redes y plantas pierde, es un arreglo que se entiende en política y se paga en capacidad: se sostiene el piso social con una mano y se deja de acumular con la otra, sin más ingresos o sin otra composición del gasto, los 5.6 billones anunciados para 2026-2030 competirán con las pensiones por el mismo peso.
Hacia 2030 el país no necesita otro eslogan, necesita tres reformas que el llamado Consenso de Londres y los organismos internacionales, con distintos acentos, ya describen.
Primera: cobrar mejor en la cima, en predial, en carbono y en privilegios fiscales, y amarrar una regla de varios años que no sacrifique la obra cada vez que el impuesto sobre la renta flaquea.
Segunda: política industrial con fecha de caducidad, apoyo y compra del Estado a cambio de proveedores, empleo de ley y contenido que se pueda contar; si no hay planta, se retira el privilegio.
Tercera: luz y agua como obras de Estado, no como anexos del discurso de soberanía.
Nada de eso exige volver a los noventa ni bajar el salario, exige un Estado que cobre y que condicione y construya oferta, lo demás (ventanilla única, cuidados para que más mujeres trabajen de planta, oficios ligados a los polos, formalizar al taller) es ejecución, sirve, no sustituye a las tres piezas, sin ellas el 2030 llegará con más programas, el mismo ritmo de 1.5 por ciento del PIB y el tratado comercial dictando el resto.
Sheinbaum no restauró el modelo de los noventas, tampoco, en veintitrés meses, construyó el segundo piso productivo que ella misma comprometió, cumple la continuidad social que le heredo Andrés Manuel, todavía no cumple el mandato industrial que ella misma escribió.
Hoy en su segundo discurso, la presidenta deberá reconocer que el primer régimen (ensamble, dualidad, bajo potencial) sigue en pie. Los próximos dos años (la obra eléctrica, el agua, los trámites que sí se resuelven y la revisión comercial) dirán si el Plan México fue estructura o lema, hasta entonces, el balance honesto cabe en una frase de mostrador: hay más salario en la semana; falta la planta en el predio.
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