Dos encuestas de agosto retratan
una economía de dos velocidades:
la mesa resiste, el conjunto sigue
en duda y el gasto grande se pospone
En las mismas semanas de agosto, el Inegi y el Banco de México preguntaron a dos públicos distintos cómo va la economía, por una parte a 2 mil 336 hogares de las 32 ciudades principales se les pidió que compararan su bolsillo y el rumbo del país y por otra parte a 41 grupos de análisis se les pidió que pusieran número al crecimiento, a los precios, al peso y al empleo, el resultado no es una foto de euforia ni de derrumbe, es el retrato de un país que se siente un poco mejor en casa y sigue sin creer del todo en el conjunto.
La confianza del consumidor (el indicador que resume esas respuestas de los hogares) quedó en 46.1 puntos, subió un punto respecto de julio y no se movió respecto de agosto de 2025, el umbral de 50 separa el optimismo del pesimismo, debajo de esa raya, como lleva años el índice, hay más gente que ve el vaso a medio vaciar, lo notable no es el nivel, es de dónde viene el punto extra.
Cinco preguntas arman el indicador, las dos que hablan del hogar (cómo está la familia hoy frente a hace un año y cómo se ve a doce meses) están por encima de 50: 53.9 y 58.9. Las dos que hablan del país siguen abajo: 40.1 hoy y 45.8 a un año, la quinta, la que pregunta si es buen momento para comprar muebles, televisor o lavadora, apenas llega a 32.5. el lector puede traducirlo sin jerga: “en mi casa la cosa va menos mal; el país no me convence; y no es hora de cambiar la sala”.
Esa brecha no es nueva, en México el consumidor suele calificar mejor su mesa que el rumbo nacional, en agosto, sin embargo, la brecha se ensancha. La situación actual del hogar subió 1.9 puntos en el mes y 2.2 en el año, la expectativa sobre el país, en cambio, está 2.2 puntos debajo de agosto de 2025, el empleo que los hogares esperan a doce meses también retrocede 2.2 puntos en la comparación anual, quien espera trabajo flaco no se lanza a las compras grandes.
Los indicadores que acompañan a la encuesta lo confirman, las posibilidades de comprar ropa, zapatos y alimentos subieron, las de salir de vacaciones dieron el mayor salto del mes, las de ahorrar, en cambio, bajaron, planear un automóvil o una casa sigue en niveles bajos. El gasto que se asoma no es el de quien invierte en el patrimonio, es el de quien se permite un alivio y sigue posponiendo lo caro.
Un ejemplo cotidiano basta, quien cubre la despensa y se anima a unos días fuera no por ello paga el enganche de un coche o manda pintar la casa, esa diferencia (entre el gasto que se decide en la semana y el que se decide a dos años) es la que el índice general aplana y la que los complementarios revelan.
Los especialistas, en la encuesta que el banco central levantó entre el 18 y el 26 de agosto, cuentan otra capa de la misma historia, esperan que la economía crezca 1.25 por ciento en 2026, más que el 1.11% que veían en julio, y 1.75% en 2027, el promedio que proyectan para los próximos diez años es 1.86%, no es un despegue, es un año mediocre que se corrige un poco al alza y que, aun así, queda por debajo de lo que el país ha necesitado para absorber con holgura a quienes llegan cada año al mercado de trabajo, al mismo tiempo, la probabilidad media que asignan a que el producto baje en el tercer trimestre (julio, agosto y septiembre) saltó de 28 a 42 por ciento, el año se ve menos malo; el trimestre en curso, más frágil.
Los precios ilustran el mismo matiz, la inflación de cierre de 2026 se ubica, en promedio, en 3.88 por ciento, la mediana bajó de 4.00% a 3.90%, sigue lejos de la meta de 3 por ciento que persigue el banco central, y a cinco u ocho años la vista de los analistas todavía ven algo cercano a 3.7%. En los hogares, la pregunta sobre precios también mejora un poco: más gente cree que subirán menos, nadie, ni en la cocina ni en el despacho, habla de inflación resuelta.
El empleo formal que anticipan esos mismos grupos tampoco invita a un consumo grande: unos 295 mil puestos cotizantes al IMSS en 2026, menos que los 310 mil de la encuesta de julio, la desocupación se mantiene cerca de 2.8 por ciento, en un país donde buena parte del trabajo ocurre fuera de la seguridad social, esa cifra oficial no cuenta toda la historia, pero sí marca el pulso del ingreso más estable.
El tipo de cambio es la pieza que más se movió del lado de los especialistas, el peso al cierre de 2026 se revisó de 17.82 a 17.54 por dólar, un peso más firme abarata lo importado y puede explicar parte del alivio en las compras chicas, no alcanza para que alguien declare que es buen momento de invertir, en esa pregunta, cero analistas dijeron “buen momento”, el 49 por ciento dijo “mal momento”, el 59 por ciento sostiene que la economía no está mejor que hace un año.
Ahí se tocan las dos encuestas, el hogar distingue su situación de la del país, el analista distingue el pronóstico del año del clima para poner dinero a trabajar, en ambos casos el segundo término es el pesimista, la gobernanza (inseguridad, estado de derecho, corrupción) concentra 41 por ciento de los obstáculos al crecimiento que citan los especialistas, la política comercial y la inseguridad empatan en menciones, el consumidor no responde esas preguntas, pero su recelo sobre el empleo y sobre el país apunta al mismo malestar de fondo.
Conviene no pedirle a la confianza lo que no puede dar, el índice no es una cuenta de supermercado, mide percepción, la correlación con el consumo de los hogares, cuando se mira en series largas, ronda 0.5 o 0.6: se mueven en el mismo sentido, no al mismo paso. En crisis caen juntas, en años mediocres se separan, junio, último mes con dato oficial de consumo, ilustra la separación: el gasto de los hogares bajó 0.4 por ciento respecto de mayo y apenas creció 1.6% en el año, los no duraderos (comida, combustibles) sostienen el carrito, los duraderos nacionales caen, la confianza de mayo estaba en el piso, el rebote de julio y agosto todavía no tiene cifra de consumo que lo confirme.
Tampoco conviene leer el 42 por ciento como anuncio de recesión, una recesión, en la práctica, suele asociarse a dos trimestres seguidos de caída, el cuarto trimestre de 2026 apenas tiene 23 por ciento de probabilidad de bajar respecto del tercero, el especialista no está votando un año perdido, está diciendo que julio-septiembre se le volteó, el dato a vigilar no es si esa probabilidad baja unos puntos en septiembre, es si el riesgo se corre al cierre del año.
Para el lector de a pie la lección es concreta, si la familia siente que este año no está peor que el anterior, no está sola: esa es la parte del indicador que sube, si duda en cambiar el refrigerador o en firmar un crédito, tampoco está sola: esa es la parte que no se mueve y si intuye que el país camina despacio, coincide con quienes viven de pronosticar: un crecimiento de 1.25 por ciento no alcanza para absorber con holgura a quienes buscan empleo formal, ni para que el ánimo de invertir deje el “no estoy seguro”.
El escenario que sale de agosto es, entonces, de alivio corto y horizonte bajo, el hogar deja atrás el valle de mayo, el especialista mejora el número anual y, a la vez, abre la puerta a un trimestre flaco, nadie describe un derrumbe, nadie describe un despegue, entre esos dos polos se mueve una economía que gasta en lo inmediato, pospone lo grande y distingue, con una claridad que ya es costumbre, entre lo que ocurre en la casa y lo que ocurre en el país. Mientras esa distinción se sostenga, el titular de un punto más de confianza no alcanzará para hablar de recuperación del gasto, alcanzará, eso sí, para describir a un consumidor que resiste sin apostar.
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