WASHINGTON.- México y Estados Unidos entraron nuevamente a una fase de negociaciones intensas en materia comercial. El secretario de Economía, Marcelo Ebrard Casaubon, llegó ayer a Washington para continuar las conversaciones con funcionarios de la administración estadounidense sobre los puntos más delicados que rodean al T-MEC, entre ellos automóviles, acero, aluminio, reglas de origen y contenido regional.
La presencia del funcionario mexicano en la capital estadounidense ocurre inmediatamente después de la conversación que sostuvo la presidenta Claudia Sheinbaum con el secretario de Comercio de Estados Unidos, Howard Lutnick, en la que ambos gobiernos revisaron el estado de la relación económica y los asuntos que todavía permanecen abiertos.
Ebrard anticipó que viajaría a Washington para seguir avanzando en las negociaciones. Del lado estadounidense, uno de los interlocutores centrales es el representante comercial, Jamieson Greer, cuya oficina mantiene las conversaciones técnicas con la Secretaría de Economía.
El objetivo mexicano es llegar a la siguiente etapa de la revisión del acuerdo comercial con la mayor cantidad posible de diferencias resueltas y, sobre todo, evitar que las nuevas exigencias de Washington terminen reduciendo las ventajas que México ha obtenido durante décadas de integración productiva con Estados Unidos.
La presidenta Sheinbaum confirmó, en la mañanera de ayer, que las conversaciones continúan y sostuvo que se han registrado avances, aunque dejó claro que hasta ahora no existe un acuerdo definitivo que pueda darse a conocer.
“Se va avanzando”, resumió la mandataria al referirse al intercambio con Washington.
La negociación, sin embargo, está lejos de ser sencilla; ya que analistas prevén mano dura de Washington.
Uno de los mayores puntos de fricción se encuentra en la industria automotriz. Estados Unidos pretende endurecer las condiciones bajo las cuales automóviles y autopartes pueden recibir los beneficios arancelarios del T-MEC, mediante mayores requisitos de contenido producido dentro de América del Norte y, particularmente, en territorio estadounidense.
Para México, aceptar condiciones excesivas en ese terreno podría modificar de manera importante las cadenas productivas construidas durante años entre plantas mexicanas, estadounidenses y canadienses.
Otro frente particularmente sensible es el acero y el aluminio.
México busca que Washington conceda un tratamiento más favorable a sus exportaciones y reduzca las cargas arancelarias impuestas a productos siderúrgicos. Ebrard ha insistido en que el comercio de acero entre ambos países no debe analizarse de la misma manera que las importaciones provenientes de otras regiones, debido al elevado grado de integración de las industrias mexicana y estadounidense.
La posición del gobierno mexicano es que imponer barreras al acero producido en México también termina elevando los costos de empresas estadounidenses que dependen de insumos mexicanos.
A esta discusión se suma uno de los temas estratégicos para la Casa Blanca: China.
Washington quiere impedir que empresas de países ajenos al T-MEC utilicen a México como una plataforma para ingresar al mercado estadounidense aprovechando las preferencias comerciales de América del Norte. Por ello busca reglas de origen más estrictas y una mayor trazabilidad de componentes, materias primas y tecnología utilizada en los productos exportados desde territorio mexicano.
La administración estadounidense pretende, además, fortalecer las cadenas productivas regionales en sectores considerados estratégicos, como semiconductores, minerales críticos, vehículos, electrónica y componentes industriales.
México comparte el objetivo de aumentar el contenido producido en América del Norte, pero busca impedir que ese proceso se convierta en una política para trasladar inversiones y líneas de producción mexicanas hacia territorio estadounidense.

