La UNAM ha querido imponerse como la Universidad del Estado mexicano y como tal ha recibido consentimientos, descuidos y participación en la estructura del sistema político nacional. Sin embargo, este Centro de estudios se maneja como República aparte y los rectores son designados a partir de los intereses del presidente de la República en turno.
En los hechos, sin embargo, la UNAM es un aparato de burocracia que siempre estuvo asociado a los intereses de los gobiernos nacionales y los conflictos violentos surgieron por los intentos de quitarle al Estado el control de la educación superior.
De modo arbitrario, la UNAM ha funcionado como la “máxima casa de estudios” del régimen priista todavía vigente, pero a partir de 1968 se perdió la interconexión educación-Estado-sociedad y las autoridades posteriores al movimiento estudiantil extraviaron el papel que jugaba la UNAM en la capacitación de los recursos humanos para el Estado social de la Revolución Mexicana.
Hoy la UNAM es el último refugio educativo, ideológico, político y de interpretación del régimen político del PRI y sigue vigente el criterio, porque la UNAM no cambió con el neoliberalismo 1983-2018 ni tampoco se modificó con el modelo del populismo neoliberal 2018-2030.
El concepto de autonomía se lo otorgó a la UNAM para protección de la libertad de cátedra, pero se ha usado como un concepto de extraterritorialidad. Y en los años de descomposición del ambiente social en la capital de la República desde el 68 se ha visto a la UNAM ajena a la realidad y sin capacidad para proteger a los estudiantes de las distorsiones sociales de la inseguridad.
El actual rector de la UNAM, Leonardo Lomelí Vanegas, ha sido rebasado por la realidad social, política, económica y de inseguridad y no ha sido capaz de hacer una propuesta de reconstrucción interna de la estructura de gobierno de la Universidad, pero tampoco permite que la sociedad a la que afecta la UNAM pueda de alguna manera involucrarse en la reorganización de esa Universidad que es víctima del gigantismo y la ingobernabilidad.
A la UNAM ya le llegó la hora de una reorganización total basada en la descentralización y el Estado tiene la obligación de generar nuevas universidades públicas para consolidación y apoyo del Estado social, sobre todo que ahora la UNAM es el último refugio del PRI rumbo a su disolución.
La UNAM no debe ser un santuario, sino un espacio de capacitación de los estudiantes para enfrentar la realidad.
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