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El mollete literarioManuel Buendía

Poema no conocido de José Revueltas

Carlos Ramírez
Por Carlos Ramírez  - [email protected] Publicado diciembre 5, 2025 37 Min de lectura
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FOTO ARCHIVO

Poema no conocido de José Revueltas, en el libro Estado de Sitio, del poeta de Chiapas Oscar Oliva.

Contents
Mario Vargas Llosa estuvo regresando a Sartre, pero pareció quedarse en el caminoRecuerdo de un cronista septentrional

LEYENDO A OSCAR OLIVA*

DE LA MUERTE, NO.

SÁLVENME DE LA VIDA

SÁLVENME DE MIS OJOS

YA INVADIDOS DE GUSANOS,

DE LA HERRUMBRE DE MIS HUESOS

Y DEL ALMA.

ATRÁS DOCTORES, HECHICEROS, SACERDOTES,

ORADORES, IDEOLOGÍAS EN ACECHO:

DE MORIR, NO.

SÁLVENME DE LA VIDA ETERNA,

DE LAS COSAS QUE TOCO Y MIRO,

SÁLVENME DEL AMOR Y

DE MIS PADRES MUERTOS,

SÁLVENME DE ESTE NO-SER

EN PERPETUA AGONÍA.

José Revueltas

Junio 14-1973.

México

Estado de Sitio*

Manuscrito de José revueltas

Mario Vargas Llosa estuvo regresando a Sartre, pero pareció quedarse en el camino

I

A los 87 años y con la acumulación de prácticamente todos los premios y reconocimientos –salvo la santidad–, el escritor peruano-español Mario Vargas Llosa pareció encontrarse en un momento de lucidez muy especial: anunció en 2023 que estaba regresando, intelectualmente, a Jean-Paul Sartre, el intelectual francés al que había proscrito allá por 1975 para tomar entonces el camino conservador humanista de Albert Camus.

Los tres autores fijaron en Europa y América –bastante menos– el gran territorio intelectual de la dialéctica compromiso-distancia desde mediados de los años cincuenta del siglo pasado. Con madurez moral, política e intelectual, el retorno de Vargas Llosa a Sartre formaría parte de su percepción pesimista del mundo actual. La ruptura con Sartre fue ostentosa con la publicación del libro Entre Sartre y Camus en 1981 –con textos de 1961 a 1981–, pero implicó una toma de posición terrenal del intelectual latinoamericano-español frente a la realidad compleja. 

Como todo intelectual, Vargas Llosa estuvo jugando con sus posicionamientos: en 1990 decidió soslayar su tarea como intelectual y se lanzó como candidato a la presidencia de Perú tratando de demostrar que la política no era el juego de espejos traicioneros, sino que se debía de transparentar con la honestidad de las ideas. Sin embargo, fue derrotado por el populismo de Alberto Fujimori, quien no tardó en declararse dictador y metió al país en el hoyo de la descomposición moral y política.

En los hechos, Vargas Llosa nunca se retiró de la literatura. Su libro-testimonio El pez en el agua (1993) convirtió su experiencia política en una narrativa sobresaliente que mezcla la literatura, la reconstrucción de personajes, la política y el testimonio. Este modelo literario ya le había puesto en práctica en 1977 en La tía Julia y el escribidor.

El conflicto intelectual Sartre-Camus que redefinió las relaciones de los escritores con la realidad estalló en 1952 con el debate entre esos dos pensadores franceses alrededor del libro El hombre rebelde, de Camus (1951). En esos años, Vargas Llosa vivía en Perú, pero ya se perfilaba hacia Europa, a donde llegó a finales de los años cincuenta, aunque metido en el conflicto sobre la dialéctica realidad-ficción. Vargas Llosa militaba en el Partido Comunista de Perú, lo que lo llevó a que todos los años sesenta mantuviera un apoyo diríase que hasta incondicional hacia la revolución cubana.

La polémica Sartre-Camus encontró justamente en Cuba el punto de inflexión: en 1971, el régimen de Castro arrestó y torturó al poeta Heberto Padilla para que se declarara contrarrevolucionario; y luego de una participación muy directa en el apoyo intelectual y personal a la revolución cubana, Vargas Llosa fue el pivote para redactar dos cartas de protesta que logró la firma de apoyo de los más importantes intelectuales europeos, un hecho que significó la cancelación del apoyo de intelectuales progresistas a la causa de Fidel Castro.

La ruptura intelectual de Vargas Llosa con Sartre ocurrió en el escenario cubano –y los dos habían escrito textos elogiosos de los primeros años de la Revolución Cubana en el poder– , pero a nivel personal se dio con precisión en diciembre de 1975 cuando publicó en la revista mexicana Plural de Octavio Paz su ensayo “Albert Camus y la moral de los límites”, con un razonamiento machiavelliano sobre fines y medios: “todos estamos de acuerdo sobre los fines, pero tenemos opiniones distintas sobre los medios.  Todos deseamos compasión, no hay duda, y con desinterés, la imposible felicidad de los hombres. Pero, simplemente, hay entre nosotros quienes creen que uno puede valerse de todo para lograr esa felicidad y hay quienes no lo creen así. Nosotros somos de estos últimos”.

El salto cualitativo de Vargas Llosa del compromiso y la militancia revolucionaria sartreana a la reflexión moral camusiana dominó su obra escrita y sobre todo sus comportamientos a partir de entonces, destacando sobre todo una distancia crítica hacia los procesos revolucionarios socialistas que habían tenido inclinación hacia el totalitarismo represor. La ruptura con Cuba fue terminante, los temas literarios se alejaron de sus obras maestras La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en la Catedral, y sus referencias a sucesos políticos fueron históricas, entre ellas, la extraordinaria novela La fiesta del chivo (2000) que recordó al Vargas Llosa de Zavalita y la cantina La Catedral solo que en el escenario dominicano del dictador Trujillo. Vargas Llosa había dejado ver su desencanto literario sobre Cuba en su polémica con el escritor colombiano procastrista Oscar Collazos en la revista Marcha de Uruguay en agosto-octubre de 1969.

Después de su ruptura con Sartre y su camino con giros espectaculares, Vargas Llosa tuvo todo un itinerario impresionante de desarrollo y reconocimiento intelectual, culminando con cuando menos dos hechos superiores: el premio Nobel de Literatura en 2010 y su ingreso a la Academia Francesa en 2023.

Pero como los astronautas que luego de vivir en el espacio regresan a la tierra y quedan nostálgicos del mundo que solamente ellos perciben fuera de la órbita terrestre, Vargas Llosa pareció haber recuperando sus sensaciones de una de las polémicas que definieron su posicionamiento como escritor, a partir de la realidad que ya es indiscutible y también, valga la palabra, inpolemizable. En el artículo “Sartre y el viejo librero”, publicado en El País el pasado 6 de mayo de 2023, Vargas Llosa contó, en el contexto de su ingreso a la Academia Francesa, un paseo nostálgico por los Jardines de Luxemburgo en París y dijo haberse encontrado –¿realidad, literatura, ficción?– con un viejo vendedor de libros a cuyo negocio hace más de medio siglo llegaba él como joven escritor latinoamericano a conseguir las publicaciones de Sartre.

Vargas Llosa dijo que le contó a ese viejo librero su militancia comunista y su lectura de Sartre; y ante la queja del vendedor de que “nadie lo lee ahora en Francia (a Sartre)” y la pregunta de “¿usted también es sartreano, como yo?”, Vargas Llosa contestó: “naturalmente” (…) porque (fue) el único filósofo comparable a Heidegger”.

En sus reflexiones, Vargas Llosa, sentimental, afirmó que “me dio una nostalgia de los tiempos idos y me prometí a mí mismo leer uno de esos ensayos deslumbrantes que me tuvieran tanto tiempo, y tantos años, seducido y feliz”. A diferencia de los juicios pasados en los que repasaba con dureza y reflexiones casi sumarias contra Sartre, Vargas Llosa dejó una pista que debió. de comenzar a analizarse por las insinuaciones nostálgicas: “me resisto a creer la tesis del viejo librero de que nadie lee ahora a Sartre. No puede ser posible. La verdad es que uno de los más grandes pensadores que ha tenido Francia ha sido él, que lo demostró tanto en sus novelas como en sus ensayos, en los que fue igualmente original y rupturista”.

Mario Vargas Llosa

II

Mario Vargas Llosa Tuvo razón al decir que en sí misma la polémica Sartre-Camus de 1952 en la revista Les Temps Modernes no permeó de manera masiva en sectores intelectuales latinoamericanos, pero sí fue conocida por algunos escritores y referida en textos muy marginales. Inclusive, y ante la oportunidad de la realidad para recuperar posicionamientos y enfoques, el debate en París no tuvo influencia recuperable en una de las polémicas más importantes en el ámbito sudamericano: la literatura y la revolución en el contexto de la revolución cubana.

En otoño de 1969, la revista uruguaya Marcha de Carlos Quijano, con enorme influencia en el sector progresista latinoamericano, abrió un debate a partir de un ensayo del escritor colombiano Oscar Collazos sobre el lenguaje, los temas y la realidad latinoamericana en el contexto de la revolución cubana y su tesis central fue muy sencilla: los escritores deberían tomar los discursos de Fidel Castro y de Ernesto Che Guevara como eje de su temática, lenguaje y realidad a describir en sus obras literarias. Cuba necesitaba, decía la argumentación, del apoyo solidario de sus intelectuales y no de planteamientos críticos.

En ese año el pivote cultural cubano de 1969 a través de Casa de las Américas se había encontrado un contexto creativo de lo que sería, al comenzar los años setenta, el famoso boom editorial impulsado desde España y potenciado por obras seminales de una nueva corriente literaria en Iberoamérica: las diferentes formas de realismo desde la literatura, con Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y José Donoso, entre los más sobresalientes. El dato que se interpretó del primer texto de Collazos era que ninguno de esos autores, colocados en la cresta de la ola de la popularidad, reflejaba a la revolución cubana.

La polémica Sartre-Camus estalló en 1952 con un texto crítico de François Jensen, miembro del consejo editorial de la revista Les Temps Modernes, de Sartre, ante la negativa de éste a confrontarse con su amigo. La tesis del ensayo El hombre rebelde (1951) mostraba a un Camus con una distancia crítica de las revoluciones de la posguerra y, en el contexto, se deslindaba de la tesis sartreana del compromiso del escritor con la realidad que se había difundido en 1948. El debate, que merece muchos ensayos a la distancia, fue entre el intelectual comprometido y el intelectual en modelo Vigny en su torre de marfil. Al reclamo de Camus en una carta-ensayo dirigida al “señor director” de Les Temps, Sartre contestó con otro ensayo a su “querido Camus” que reconocía desde el principio que por las ideas la amistad entre los dos estaba destinada a romperse. 

Los posicionamientos que ilustraron la ruptura de Vargas Llosa con Sartre en los setenta partían de una comprensión sesgada de las posiciones reales de Camus, luego perfiladas en su texto “Camus y la moral de los límites”. Pero el autor de El hombre rebelde iba más allá del sólo posicionamiento crítico de las ideologías radicales prioritarias y señalaba que el debate de las ideas había caído una trampa de la polarización, “cada una se apoya, para justificarse en el crimen del otro. Hay ahí una casuística de la sangre en la cual un intelectual, me parece, no puede participar, como no tomé el mismo las armas”.

Agobiado por la crisis violenta en Argelia, Camus escribió el prólogo a su libro Crónicas Argelinas (1939-1958), después de la polémica sobre El hombre rebelde, y dejó muy clara su posición: “el papel del intelectual consiste en discernir, en cada campo según sus medios, los límites respectivos de la fuerza y de la justicia. Es necesario, pues, iluminar las definiciones para desintoxicar los espíritus y apaciguar los fanatismos, incluso aunque sea a contracorriente”.

En su ensayo de 1948 Qué es la literatura, Sartre definió su tesis de que los escritores deben de comprometerse con su realidad, aunque la llevó al extremo que hizo decepcionar a Vargas Llosa, de que “frente a la miseria de la realidad, nada importa La náusea (1938)”, el primer libro de cuentos con el cual Sartre desperezó a los intelectuales que después de la Segunda Guerra trataban de recuperar sus espacios de autonomía moral.

Jean-Paul Sartre (FOTO: Archivo)

Los textos de Vargas Llosa después de su ruptura con Sartre con el ensayo “Albert Camus y la moral de los límites” en realidad no fueron distantes del enfoque sartreano del compromiso y la literatura de la realidad, aunque tampoco quisieron ser propuestas de crítica ideológica a realidades dictatoriales. En este espacio literario destacan sus novelas históricas: La guerra del fin del mundo (1981) sobre la guerra en el Brasil de finales del XIX, La fiesta del chivo (2000) sobre la dictadura de Trujillo a finales de los años 50 del siglo XX, El paraíso en la otra esquina (2003) sobre el pintor Gauguin en Tahití, El sueño del Celta (2010) sobre el inglés Casement que denunció la dictadura colonial inglesa del Congo de entre siglos, y Tiempos recios (2019) sobre el golpe de Estado en Guatemala en 1964.

Quedan para las revisiones de especialistas las referencias al aire sartreano de sus tres primeras novelas seminales: La ciudad y los perros (1964), La casa verde (1967) y Conversación en La Catedral (1969). De toda la novelística del peruano-español, sin duda que Conversación en La Catedral sería la más política en aires sartreanos, pero al mismo tiempo la más propositiva en términos de estructura literaria con referentes de Faulkner.

En 2023, dos años antes de su muerte en 2025, Vargas Llosa adelantó su novela sobre el vals peruano ¿Un champancito, hermanito? que el periodista peruano Fernando Lozano había detectado que venía de un artículo de Vargas Llosa de agosto de 1983 (Piedra de Toque I, Obras Completas IX, Galaxia Gutenberg, págs. 1367-1371): la referencia a la huachafería, una caracterización especial peruana en el comportamiento social muy compleja de entender, una especie de subclase cultural, pero bien pudiera ser algo parecido a la búsqueda de lo mexicano de Octavio Paz (El laberinto de la soledad, 1950) en el pachuco o clase social autónoma colocada entre la clase pobre y la clase rica, siempre en actitud de rebeldía.

En este contexto de una vida intelectual muy viva en el rumbo a los 89 años, Vargas Llosa pudo haber encontrado, en la madurez, una explicación a su referente intelectual, literario, de personaje polémico y debatiente. Lo escribió en el contexto de la muerte de Sartre: “por Sartre nos tapamos los oídos para no escuchar, en su debido momento, la elección política de Camus, pero en cambio, gracias y a Sartre y Les Temps Modernes nos abrimos camino a través de la complejidad del caso palestino-israelí que no resultaba desgarrador”.

Como Mao en el retiro político regresando a Confucio, Mario Vargas Llosa regresó a Sartre en 2023, pero murió quedándonos a deber una relectura del personaje que lo forjó, para bien y para mal, como intelectual.

III

En diciembre de 2023, el escritor peruano-español Mario Vargas Llosa anunció el fin de su etapa creativa, pero notificó que solo le quedaba ajustar cuentas con Jean-Paul Sartre, el intelectual francés que marcó el campo de batalla de la reflexión cultural en los últimos cien años.

Este dato puede considerarse como el hecho que imprimió la reflexión intelectual de Vargas Llosa desde el inicio de los años sesenta en que comenzó a participar de manera directa en el debate intelectual y político de Perú y del mundo occidental. De 1962 a 2025, el marco cultural ideológico y político de Vargas Llosa se debatió, como reconoció en uno de sus primeros libros que recogieron sus textos de reflexión, “entre Sartre y Camus”.

Vargas Llosa comenzó siendo sartreano y quedó deslumbrado con el modelo del compromiso intelectual con la realidad, pero en 1968-1970 se vio inmerso en un conflicto de su militancia intelectual con la revolución cubana y la exigencia de la burocracia castrista para obligarlo asumir la temática del Comandante: en 1968 ocurrió la primera fase del caso Padilla como intelectual reprimido por la revolución, en 1969 Castro le mandó a Vargas Llosa, Julio Cortázar y Carlos Fuentes el mensaje de que literatura debía ser correlativa de los discursos de Fidel y el Che Guevara y en 1970 estalló la ruptura con dos cartas promovidas por Vargas Losa entre la comunidad intelectual progresista y de izquierda de Europa de América Latina para acusar a Cuba de represión intelectual libre y ahí rompió no solo con el modelo cubano.

De 1970 a 1975, Vargas Llosa entró en el limbo ideológico e intelectual que pareció en momentos deprimirlo, pero la tabla de salvación la encontró en una revisión de Camus para regresarle a los autores intelectuales la iniciativa de reflexión moral que le había arrebatado el compromiso y las diferentes revoluciones. Vargas Llosa escribió un texto que creo que debe ser considerado el esencial de su pensamiento político, social y filosófico: “Albert Camus y la moral de los límites”.

Lo que le llamó nuevamente la atención a Vargas Llosa de Camus no fue su conservadurismo, ni su reflexión en modo mediterráneo que evitaba el compromiso con los extremos en pugna revolucionaria-contrarrevolucionaria, sino en que los límites deberían ser marcados por la moral como compromiso personal frente a la realidad y no como un valor conservador que la derecha y la ultraderecha habían desprestigiado. Se trataba la moral que inclusive seguía el modelo intermedio mediterráneo de Camus (Crónicas Argelinas, Alianza Editorial, página 15) y se metía, sin decirlo, en el modelo binario de Max Weber de la ética de la responsabilidad vis a vis la ética de la convicción.

El ensayo de Vargas Llosa se encontró con un mundo en declinación filosófica y proyectado en prácticas revolucionarias por la ola democrática que destruyó dictaduras autoritarias. Una de las frases determinantes del texto sigue vigente: El intelectual “sabe que la libertad es la condición primera de su existencia: conservar su independencia y recordar al poder a cada instante y por todos los medios a su alcance la moral de los límites”.

En 1973, con el ambiente caldeado por Padilla y Edwards y su choque con el autoritarismo de la revolución cubana, Vargas Llosa delineó, como era muy dado en su reflexión intelectual, la categoría del crítico de la realidad pero externo de esa realidad: el francotirador tranquilo, al reseñar el libro Persona non grata (1973) del chileno Jorge Edwards –quizá su prototipo de intelectual integro–.

En sus constantes juegos intelectuales de contradecirse a sí mismo para fortalecer convicciones, Vargas Llosa pasó de francotirador tranquilo a batallar directo en las trincheras del poder: en 1990 aceptó la candidatura presidencial de un grupo liberal peruano, pero cometió el error político de los intelectuales: moverse en la ética, y fue aplastado por el político populista Alberto Fujimori, quien resultó ser lo que Vargas Llosa predijo: un dictador. Pero la vida da muchas vueltas y en las elecciones presidenciales de 2021, Vargas Llosa no pudo explicar con realismo su apoyo a Keiko Fujimori, que encabezaba el mismo proyecto de su padre, pero frente a la dictadura populista de Pedro Castillo.

A finales del 2023, Vargas Llosa anunció el fin de su ciclo creativo como novelista y dijo que solo le quedaba el pendiente escribir sobre Sartre, pero dejando algunas pistas que desconcertaron a sus seguidores porque Sartre siempre ha sido el Sartre que todos conocemos como intelectual que sacrifica su libertad de pensamiento en aras de la realidad que quiere cambiar. Al charlar con un viejo librero en un puesto a la orilla del Sena, Vargas Llosa se resistió a creer la argumentación de que ahora nadie leía a Sartre, en un artículo publicado en El País dejó entrever su nueva fascinación por el francés y anunció que su último-último libro, después de la novela Les dedico mi silencio (Alfaguara 2023), vendría su reflexión terminal sobre Sartre, pero dejando un guiño de que el filósofo del compromiso y del existencialismo debía seguir leyéndose.

Vargas Llosa murió en abril de 2025 y falta por saber qué textos quedaron pendientes en el ordenador su ordenador o en su escritorio de algunas de sus casas en Perú y Madrid, pero ojalá pronto se despeje la incógnita. Tan escrupuloso en sus declaraciones, es de suponer que efectivamente Vargas Llosa releyó al Sartre ensayista e hizo –también se supone– notas para un ensayo final como reflexión profunda sobre el compromiso del intelecto más allá del contenido realista de sus obras, con lo cual también dirimiría sus tres importantes debates que habrá que releer: con Oscar Collazos en la revista Marcha en 1969, el encontronazo con Fidel Castro en 1970 por el caso Padilla y el muy interesante pero breve intercambio de artículos con Mario Benedetti en El País en 1984 sobre creación y revolución,

Queda, como conclusión, una pregunta juguetona como muchas de las que solía hacer Vargas Llosa: ¿de la moral de los límites con Camus al límite de la moral con Sartre?

indicadorpolitico.mx

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@carlosramirezh

Recuerdo de un cronista septentrional

Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

Este mes conmemoramos el 89 aniversario del natalicio y el 19 de la muerte de uno de los grandes periodistas mexicanos de nuestro tiempo, Jesús Chucho Blancornelas. Los viejos y sobresalientes periodistas tienen un no sé qué macarturiano y no mueren, pero sí se desvanecen si su memoria no se refresca de tiempo en tiempo. Eso me dijo en septiembre de 1984 don Paco Martínez de la Vega poco antes de la primera asamblea de la Fundación Manuel Buendía. De aquella mesa don Paco se levantó rumbo a su viaje sin retorno.

No recuerdo la fecha ni el lugar en que conocí a Jesús. Quizá en el despacho de Manuel Buendía en los setenta, en alguna gira o en una conferencia. Durante años nos vimos con regularidad, en las oficinas de Zeta en Tijuana o en encuentros cordialísimos en muchos rumbos. Una tarde sabatina se reunió con un grupo de mis alumnos e inspiró a varios a seguir por el camino del periodismo. Le preocupaba que no fuera yo un reportero de tiempo completo: tal era el afecto que me guardaba.

Nació en San Luis Potosí en 1936, en una generación que dio a buenos del oficio, como Benjamín Wong Castañeda. Pero a diferencia de quienes sentaron plaza en los medios “nacionales”, Chucho tomó la decisión de permanecer en los abruptos terruños alejados del altiplano, en donde el ejercicio del periodismo crítico es una profesión de alto riesgo. Fue la misma decisión que tomó otro gran amigo mío también ya desaparecido, Elías Montañez, en Chihuahua.

Jesús era bajo de estatura, hiperactivo, muy simpático, con mirada de duende y dueño de un enorme valor personal y profesional. Cuando fue víctima del ataque de unos sicarios que quisieron silenciarlo y quedó malherido, por su mente nunca pasó la idea de tirar la pluma.

En ese atentado perdió la vida Luis Valero, el escolta que le había asignado el estado mayor por la naturaleza de las amenazas que recibía. Durante su recuperación en el hospital un colega le sugirió retirarse, alejarse del oficio, “dejarlo por la paz”. Blancornelas lo escuchó y solo respondió: “Mira, no me dispararon para que dejara de escribir; me dispararon porque escribí. Si dejo de hacerlo, les doy la razón.”

Durante su convalecencia tuvo a la mano la libreta que había usado antes del ataque. No la hojeaba para inspirarse: era el recordatorio de que el trabajo inconcluso tenía que continuar. En las páginas del cuaderno había manchas de sangre seca, restos de aquella mañana en que lo balearon. “Me ayuda a no olvidar por qué estoy vivo”, dijo una vez. Fue lo más que se permitió confesar sobre el miedo que sin duda sintió.

Jesús fue el primer y durante mucho tiempo el único periodista que poco después del episodio de Lomas Taurinas entrevistó a Mario Aburto, el asesino de Luis Donaldo Colosio, en la prisión de Almoloya. Pero cuando tuvo entre sus manos una información sobre el magnicidio que a primera vista parecía una exclusiva mundial y comprobó que tenía inconsistencias, no la publicó. “Prefiero perder una nota que perder credibilidad”, me dijo por teléfono desde Tijuana, en una lección que jamás olvidaré. La noticia aquella en efecto resultó falsa, pero estuvo en la primera plana de todos los periódicos, menos en Zeta. Ni uno de los diarios que la recogieron, hasta donde sé, aceptó su error ni ofreció disculpas a los lectores.

El escritor Jesús  Blancornelas.  (Foto: Especial)

En mi memoria Chucho es como un litoral norteño donde el viento no concede tregua. No fue solo el fundador de un semanario incómodo, Zeta, sino alguien que nunca confundió el silencio con la prudencia ni la amenaza con la derrota. Sobrevivió a las balas de un asesino no para celebrar la vida, sino para seguir escribiendo, porque entendía que uno no abandona la crónica así nomás.

Lo recuerdo como se recuerda a los viejos jefes de taller: sin solemnidad, pero con el respeto que se guarda a quienes enseñan con el ejemplo. Era como Hormisdas Cobos entre las rotativas. Siempre lamenté no poderlos reunir: se habrían identificado a primera vista. Como Buendía, su nombre se volvió una referencia en el mapa moral del oficio. Cuando otros desviaban la vista de los peligros, ellos miraban de frente, como manda el deber íntimo que los movía.

Pero lo que más me impresiona, tantos años después, no es tanto su valentía -que la tuvo a raudales- sino su terquedad para creer que el periodismo debía ser una herramienta de claridad en un país con una clase política que se resistía a ella. Su lección sigue allí, intacta: un norte en medio de la marejada.

Jesus fue un muy combativo, muy recto y muy responsable reportero. A lo largo de su carrera formó generaciones y fue reconocido. En 1988 la Universidad de Columbia le otorgó la medalla “María Moors Cabot”, el más antiguo reconocimiento internacional en periodismo. En 1999 recibió el Premio Mundial de la Libertad de Prensa de la UNESCO y en 2001 el Premio Nacional de Periodismo.

Y para redondear el propósito de recordarlo en cada aniversario, recupero y comparto algo que escribí en 1997 con el título “Zeta, Blancornelas, libertad de prensa” a propósito de uno de los acosos del poder que sufrió.

“La tentación de citar a Martin Niemöller de memoria es más fuerte que el peligro de equivocarme: … un día vinieron por los socialistas, y como yo no soy socialista, no dije nada. Luego apresaron a los comunistas, y como yo no soy comunista, guardé silencio. Hoy vinieron por mi … y ya nada puedo hacer …

“En la pradera de la libertad de expresión brotan de vez en vez, como chispas que buscaran combustible, hechos que a todos nos deben poner en guardia. Un reportero despedido por lanzar a la autoridad preguntas incómodas; una cuenta publicitaria cancelada horas antes de la transmisión de un reportaje sobre la vida poco edificante de un dignatario de la iglesia; un edil que ordena el retiro de revistas de los puestos … o el ataque al director de la más influyente publicación de la frontera norte a quien se quiere involucrar en un asesinato ante el asombro e indignación de los ciudadanos.

“El periódico es Zeta y el periodista es Jesús Blancornelas. En el más reciente intento por silenciar a este reportero, atestiguamos cómo un brutal crimen -el asesinato de dos personas- pretende ser utilizado como ariete en contra de Blancornelas y su casa editorial.

“El caso ha tenido amplio eco en la prensa nacional e internacional, por el olor a censura e intento de reprimir la libertad de expresión que tiene el asunto. 

“¿Qué hacer para alertar a ese ciudadano que, como en el poema de Niemöller, da la espalda cuando otros, embozados o no, declaran abierta la temporada de caza de periodistas? ¿Cómo hacerle comprender que esas agresiones son contra él mismo y pueden dañarlo más pronto que tarde? Lo único que podemos hacer es no renunciar a nuestro derecho a la palabra.

“Joel Simon, en el Columbia Journalism Review, publicó un artículo que explica al lector del otro lado de la frontera los pormenores de este intento por silenciar a Zeta.

“Durante los 36 años de una carrera profesional como uno de los principales editores y periodistas de una de las ciudades más turbulentas en cuanto a noticias, J. Jesús Blancornelas ha experimentado el asesinato de un colega, la clausura de su periódico por oscuros líderes sindicales, y todas las copias de una edición periodística denunciatoria confiscadas por el gobierno.

“Como tenaz editor de uno de los periódicos más combativos de México, Blancornelas ha hecho bastantes enemigos. Al paso de los años, mientras otros periódicos locales reproducían boletines y alimentaban el oficialismo, Zeta investigaba el narcotráfico, el tráfico de ilegales y la corrupción de las autoridades -dando incluso nombres […]

“[…] A pesar de un avance dramático en la manera en que se hace periodismo en los medios mexicanos […] los señalamientos y recriminaciones en los diarios tijuanenses demuestran que para algunos la prensa sigue siendo un vehículo para atacar a los enemigos políticos. Y los crímenes, por sí mismos, reflejan un clima de creciente violencia que provoca miedo en mucha gente, incluyendo a los periodistas”.

El ejemplo de Jesús Blancornelas permanece entre nosotros. Lo recordamos siempre.

30 de noviembre de 2025

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Periodista, oaxaqueño, Mtro. en Ciencias Políticas por la BUAP, escritor, analista y autor desde 1990 de la columna #IndicadorPolitico

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