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El mollete literarioJuego de Ojos

Revisión de Norberto Fuentes

Redacción
Por Redacción Publicado marzo 27, 2026 73 Min de lectura
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La brevedad de los días XXIX ~ Norberto Fuentes

POR ISMAEL CARVALLO

Contents
La brevedad de los días XXIX ~ Norberto FuentesLa extraña felicidadDuros ingenieros de almasA cien años de su natalicio: Jaime Sabines, el amoroso que no callaJuego de OjosLa visión del General

7 ENERO, 2022

Libro: Dulces Guerreros Cubanos de Norberto Fuentes.

El término lo leí en el libro de Oscar Collazos sobre Malraux, y es el de la grandeza épica, a la que yo le añadí –en mis anotaciones– el adjetivo malrauxiana. Grandeza épica malrauxiana. Esa es la categoría. Para Collazos, hay tres grandes obras de la literatura latinoamericana que levantan esa estatura: La vorágine, de José Eustaquio Rivera, Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, y Los pasos perdidos de Carpentier. Pues bien: este es el plano en el que yo sitúo la obra entera de Norberto Fuentes (La Habana, 1943). Mi amigo Norberto Fuentes. 

Van a ser ya veinte años me parece a mí. Fue en una librería de viejo del centro, ciudad de México, del pasaje Iturbide si no recuerdo mal. De hecho creo que ya ni existe la librería ni el pasaje, pero sí recuerdo bien que iba todo el tiempo. Puede que haya sido en esa o en alguna de Donceles, no logro acordarme bien. Aunque sí puedo verme leyendo el libro con una sorpresa y una emoción vamos a decir épica no sé si me explico. Había una cafetería en la mera entrada del pasaje, a donde yo solía detenerme durante horas hojeando con deleite lezamiano mis adquisiciones. Ahí llevaba conmigo –creo yo– aquél libro estremecedor. 

La edición es de las de Seix Barral contemporánea, en tercera edición del año 2000. Dulces guerreros cubanos es el título. El autor: Norberto Fuentes o Norber, para los amigos. Primer detalle que al instante supuso un ojo fino de hombre de letras: en la primera solapa, se explicaba con un detalle especial la foto utilizada para la cubierta (una foto color sepia de un hombre parado sobre un río con el agua hasta las rodillas disparando una Kalashnikov), y que después he podido comprobar como uno de los sellos de distinción del ojo literario y editorial de Fuentes, que para cada pie de foto de cualquiera de sus libros (pensemos en los pies de foto de cada una de las que aparecen en su Hemingway en Cuba), o para los colofones incluso, no pierde ocasión de utilizar la finura de su trazo literario para explicar las cosas de la forma en que describe, por ejemplo, la foto en cuestión en términos como los que siguen:

Cubierta: Fuego en ráfaga continuo –«manguerazo» le llaman los cubanos– hasta agotar los 30 proyectiles calibre 7.62 trazador del AKM 47 de asalto. Antonio de la Guardia y su leyenda. El último condottiere.

Era una mezcla de belleza poética destilada a través de filtros de severidad dantesca lo que yo iba leyendo: ‘Ésta es una historia –dicen las primeras líneas del relato– sobre mí yendo demasiado lejos y de lo que encontré cuando estaba solo y era vulnerable’, que se entrelazaba luego con algo que no sé si puedo llamar sintaxis político-estratégica de gran fascinación intelectual, mediante la que se iba hilvanado una narración trágica y llena de fuerza, virilidad, heroísmo político y pasión revolucionaria cifrado en una codificación militar a través de la cual se configura un fresco ciertamente épico ante tus ojos, y que yo recuerdo que me cimbró al instante tanto por el detalle explicativo de la foto de cubierta como por lo que poco a poco fui descubriendo a través del relato de la vida de Norberto Fuentes como un hombre que estuvo en las cercanías más inmediatas del círculo de poder de Fidel Castro y del régimen de la revolución cubana. Y que casi muere por ello.

Es una mezcla explosiva la que se produce con textos de esa naturaleza, comparable solamente con la producida por la lectura de textos de Carlos Marx o por obras de pasión electrizante a lo Malaparte, o Hemingway o, en efecto, André Malraux. 

El escritor cubano Norberto Fuentes con el Comandante Fidel Castro. (Foto: Especial)

Hay una tesitura que luego yo detecté también en los textos de Norberto Fuentes, que me hizo pensar en Jünger, concretamente en la perspectiva trágica atribuida al ojo del historiador cercano al poder político que está descrito de una forma proverbial en su inalcanzable obra suprema Eumeswil. Es esa distancia amarga de quien estuvo cerca del poder y ya no lo está, y que es además ese mismo poder el que ha estado a punto de aniquilarlo pero que no por eso lo mira con desprecio sino más bien todo lo contrario, pues ‘no hay dolor mayor que recordar los tiempos felices en el infortunio’, según dice Dante, precisamente, en el epígrafe que para los efectos eligió Norberto para su libro. 

Pero fue más bien la pasión política estratégica otra vez aquello que me cautivó de forma absoluta y total en la obra de Norberto Fuentes. Recuerdo bien que, poco tiempo después, supongo que ese mismo año, les pedí de regalo de cumpleaños a unos amigos del trabajo el tomo uno de La autobiografía de Fidel Castro, que, dicho y hecho, llegó a mis manos. Cosa interesante: el epígrafe de la primera parte del libro es ni más ni menos que de André Malraux, de quien Fuentes puso esto: Las ideas hay que vivirlas. Ésta es la cuestión.

No sé cuánto tiempo me llevó terminar el libro, pero quedé estremecido literalmente hasta el colofón. Desde entonces Norberto Fuentes se convirtió en una referencia central para mí. Rastreando cosas suyas descubrí su blog, que me leí en no sé qué año de principio a fin, y que al día de hoy sigo revisando constantemente para ir viendo cómo está, en qué anda y qué cosas anda escribiendo. 

Tiempo después, en otra ocasión –recuerdo que lo hice cuando viví una temporada en León–, pude realizar, tardándome meses en hacerlo, una obra suya que otra vez se situaba en esa perspectiva de grandeza épica malrauxiana, y que comencé a leer durante un viaje a Nueva York; es un libro hermoso ciertamente, llamado El último santuario: una novela de campaña, que me hizo recordar aquél poema de Salomón de la Selva en donde dice ‘cuando me escribas, dime cómo se es valiente’, y que yo encapsulé bajo el título de la extraña felicidad. 

Luego pude tener acceso a su correo electrónico, y pude por fin contactarlo para terminar por establecer con él una genuina amistad. Cuando murió Fidel Castro le escribí inmediatamente, diciéndole que la única opinión que me importaba sobre el suceso era la de él. Recuerdo que para entonces, ya había puesto antes, mucho antes en su blog, en el pie de foto –precisamente– de alguna en la que aparecía él con algunos combatientes, la pregunta fundamental que decía más o menos esto: ‘¿pero dónde estás Fidel, dónde estás?’

Cuba, su historia y su revolución, además de sus letras, han ejercido en mí siempre una gran fascinación intelectual. Intelectual, política y personal. Sé que es un tema de gran complejidad, pues es una tragedia desplegada ante nuestros ojos y que ha marcado a generaciones enteras. Yo respeto todas las posiciones por igual, e intento comprender con esa mirada distanciada, aunque no desapasionada, del personaje de la novela de Jünger. Es un hecho consumado que la historia política de América Latina no se entiende sin Cuba y su revolución, y mal haría cualquiera que quiera comprender dónde estamos parados todos histórica y geopolíticamente sin esforzarse un poco por comprender las razones históricas, estructurales, y efectivamente geopolíticas, de la revolución cubana. 

Libro: Hemingway en Cuba de Norberto Fuentes.
Libro: Nunca dugas morir de Norberto Fuentes.
Libro: Los hijos del enemigo de Norberto Fuentes.

Norberto Fuentes me parece a mí no ya nada más el más importante cronista de la revolución cubana, sino uno de sus más importantes teóricos (por más que siempre que hablo o me escribo con él lo que me dice es que él, de lo que quiere hablar, es de literatura), circunstancia que se explica por el hecho de haber sido alguien que pudo mezclar la experiencia directa de los hechos políticos con la comprensión penetrante de su mecánica de configuración en términos de los resortes del poder personificados en un Príncipe americano descomunal, brutal e implacable, de un dictador en definitiva, pero personaje al mismo tiempo extraordinario y fascinante en términos históricos (pero es que a la historia solamente se entra a través de la tragedia: La autobiografía de Fidel Castro) sin la comprensión de cuya fenomenología de surgimiento y plasmación concreta es imposible poder hablar como los hombres, es decir, desde una escala épica malrauxiana, de política, de historia y de revolución.

La extraña felicidad

POR ISMAEL CARVALLO

5 MAYO, 2019

Los jóvenes guerreros. (Foto: proporcionada por el autor)

Sobre El último santuario. Una novela de campaña. Norberto Fuentes. Siglo XXI, México, 1992.

Contribuyendo de este modo a que en el futuro, y en la paz, los hijos puedan enterrar a sus padres, y en la guerra los padres puedan también enterrar a sus hijos, si ellos tuvieron que morir en el combate. (Gustavo Bueno. La Historia Universal como perspectiva)

Cuando me escribas, dime cómo se es valiente. ¡Fuera horroroso morirme en la ignorancia! (Salomón de la Selva)

La visión de aquéllos cubanos hace que se recobre un sentimiento. La vieja experiencia. Aunque no pueda localizar con exactitud sus razones, uno es feliz. La extraña felicidad de regresar al combate. (Norberto Fuentes. El último santuario)

I

Situémonos un instante en la perspectiva aristotélica de análisis, gravitando concretamente en torno de la Ética a Nicómaco donde define Aristóteles a la valentía (sexta parte del Libro Tercero: De la fortaleza y la templanza) como la ausencia de temor ante la muerte bella, que es la muerte en batalla. ‘Valiente no es’, nos dice entonces, ‘el que sabe afrontar la muerte en cualesquiera circunstancias, por ejemplo en el mar o en la enfermedad. ¿En cuáles, pues? Sin duda, en las más bellas, como las que se dan en la guerra, pues aquí son más grandes y nobles los peligros, como lo confirman los honores que otorgan a los valientes en la batalla los gobiernos de las ciudades libres y las monarquías. Por lo tanto valiente en sentido sumo será llamado el hombre que no teme a la muerte noble ni a los peligros que la atraen, los cuales se presentan sobre todo en la guerra’.

El punto de vista es óptimo, nos parece, para poner bajo su luz a El último santuario de Norberto Fuentes (La Habana, 1943), a fin de iluminar sus atributos fundamentales desde un ángulo adecuado, propicio para que se destaque ante nosotros el alcance épico que anima la sintaxis orgullosa de esta narración que se despliega soberbia, recordándonos un poco a Celine y otro tanto a Hemingway o a Jack London, o al Saint-Exupéry que nos dice que el deber y no otra cosa, es decir, el deber como responsabilidad moral atributiva derivada de una misión o de una tarea asignada y asumida, es lo único que puede anclar al hombre en el mundo entendido como conjunto nocturnal de circunstancias sin sentido; sintaxis orgullosa entonces, pero cifrada en un heroísmo clásico de exclusiva manufactura cubana implícito como variable independiente para meternos, en el final mismísimo del siglo veinte, en el epicentro dramático del teatro de operaciones de lo que es dable tener quizá –Norberto Fuentes mismo así lo afirma- como el último episodio de la Guerra Fría: la Guerra de Angola.

Para un mexicano, este texto vital y vigoroso ofrecido como una suerte de novela de la valentía en el sentido dicho, puede solamente ser parangonado por cuanto a su contenido político, su motor apasionado y su propósito literario, a lo acometido en su momento por un Azuela o un Martín Luis Guzmán, o quizá mejor por el Rafael F. Muñoz de Que me maten de una vez o de Vámonos con Pancho Villa, con la diferencia histórica de que, mientras que los mexicanos en comento retrataron la tragedia bélica de una guerra nacional, lo que hace Fuentes es hacerlo por cuanto a lo ocurrido en un encuadre geopolítico de más lejanas configuraciones: como si se tratara de ‘un Emiliano Zapata abastecido por el Pacto de Varsovia’ (Norberto Fuentes, El último santuario. Una novela de campaña, p. 27). En todo caso, lo que está detrás de lo narrado como bastidor político es la revolución como figura fundamental a través de la que se troquela y filtra, y precipita, la historia. O de otra forma: lo que está detrás no es otra cosa que la guerra como la forma más definitiva del acontecer de lo político.

Catalogada lo mismo como reportaje o como novela, y manufacturada como función metodológica del periodismo y la literatura de ficción en tanto que polos dentro de cuyo arco habría de madurarse la narrativa de este autor de la Autobiografía de Fidel Castro en la que -por cierto- tanto se parece a Jünger por la tesitura distanciada y amarga al tiempo que apasionada desde la que la escribe, es El último santuario la novela de campaña cuya trama encuentra la tensión de su hilvanado merced al designio que se activa ‘cuando las leyes que rigen la épica llamaron de nuevo a la batalla’, según apunta Pablo Armando Fernández en el procedente elogio sinóptico de contraportada que acertadamente se dispone cual acorde de obertura preambular, a efectos de situar en su justo pathos al ánimo del lector que está a punto de poner sus ojos sobre este libro.

Roja es la tierra, comienza Fuentes a decirnos en la descripción inicial del campo de batalla angoleño al que se va acercando y que columbra desde las alturas en aproximación, delimitado con necesitada retórica al modo de un Herman Broch explicando sentencioso la entrada de la escuadra imperial de Augusto en aquél puerto de Brindis, en medio de la tranquila ondulación del Adriático con la que se abre con incomparable potencia, cadencia y hermosura La muerte de Virgilio; una necesidad retórica, la de El último santuario, determinada por virtud de ser el encuentro consciente con la muerte –posible, inminente, quizá segura- lo que se destila en el reportaje que noveladamente está por entregársenos como relato historiográfico sobre la aventura de un grupo de hombres dislocados como tropa de combate en implantación moral de sacrificio político, asumido de frente y hasta el final y que por tanto exige, necesariamente, el reportaje novelado, una forma grave y singular de solemnidad poética:

Roja es la tierra y agreste y polvorienta y con escasos y ralos arbustos y diezmados islotes de hierba y está sombreada por el casimbo que es un techo de nubes bajas y de lento desplazamiento procedente del Polo Sur, y un terreno en reverberación pese al posible efecto atenuante del casimbo se arremolina y desplaza a velocidad de frenaje más allá del reborde asfaltado de la pista cuando uno descubre una batería de cañones antiaéreos que se perfila en el horizonte cercano del aeropuerto y uno sabe de memoria que la procedencia es soviética y que son de 100 milímetros con seguimiento electrónico, y una barriada de cabañas de bloques de barro se vislumbra a través de la cerca galvanizada que delimita el aeropuerto a escasos metros de donde el Illushin-62 concluye la maniobra de aterrizaje, y uno obtiene una visión en abanico de los cañones y de la cerca y de las cabañas porque la nave de Aeroflot gira en eje para buscar el taxiway. Los cubanos aparecen entonces. (p. 17)

II

Inicio de la década de los ochenta del siglo XX y la Unión Soviética a punto de caer. Operación Olivo era la nomenclatura que encerraba la clave estratégica de la operación. Se trataba de hallarse ‘de nuevo sobre el rastro de unos alzados’. Era el deber enderezado como consigna moral que nos recuerda la tesis tan dramática como certera de Carl Schmitt (y no por otra cosa tituló uno de sus textos más soberbios y apasionados como Teoría del partisano), según la cual la única figura del enemigo que importa para la historia es la del enemigo político, es decir, la del enemigo del Estado.

La tropa destacada ahora en Angola, movida por la certeza de que representaban al internacionalismo cubano en el último recodo del fin del mundo -optando al hacerlo por la ‘Bandeara de la Gloria Combativa’-, era la misma que, atrás hace veinte años, en plena fase defensiva a la vez interna y externa, o más bien interna porque externa, de la revolución, fue organizada según la codificación de LCB: la Lucha Contra Bandidos en el Escambray. La divisa del partisano estaba puesta otra vez a funcionar: ‘que fuera una situación perdida y que pudiera costarle la cabeza desde la hora prevista para el desayuno hasta la de conciliar el sueño, calculado… Pero ya había nomenclatura y uno la reconocía.’ (pp. 22 y 23).

Ya había nomenclatura. La tarea del corresponsal Norberto Fuentes, por lo pronto, consistía en observar. Observar y captar con la mayor precisión posible la tesitura épica de los acontecimientos; una tesitura de difícil detección al estar disuelta entre medio de lo cotidiano (Gramsci hablaba de la mezcla necesaria de la pequeña política con la gran política), pero de la que era menester guardar registro para la reconstrucción retrospectiva -he aquí una de las bellas funciones de la gran literatura (Tolstoi, Stendhal, Hemingway, Malraux, Martín Luis Guzmán, Grossman)- del cifrado armónico de ese eco de las arias (Chiaramonte) que a todos los movía en una misma dirección pero dentro de un despliegue sinfónico y abrumador cuyo sentido global era imposible comprender a cabalidad, porque eso sólo se hace a posteriori, desde la Historia como tragedia:

Sin duda la batalla de Waterloo, contemplada a distancia en toda su magnitud, como en un cuadro de David o Gros, es de una realidad innegable, pero Stendhal nos permite sentir que, a pesar de su grandeza, es totalmente insignificante.

Pero eso no hace menos ilusorias las ilusiones de Fabrizio. El lector escucha la voz de la verdad en las cautivadoras “arias” del alma del protagonista. Porque el significado de la experiencia de Fabrizio se expresa en esas “arias”, no en los incidentes del grandioso acontecimiento, ni en su supuesto sentido absoluto, que no puede experimentar ningún individuo porque todos, desde Napoleón hasta el último soldado, son parte de ese acontecimiento que los abruma.

Para Stendhal, el fondo de la verdad y del significado está en el encuentro y choque del alma individual con un acontecimiento, una confrontación que siempre adopta una forma más o menos absurda. (Nicola Chiaramonte, La paradoja de la historia. Cinco lecturas sobre el progreso: de Stendhal a Pasternak, ‘Fabrizio en Waterloo’, Acantilado, Barcelona, p. 16).

Y llevar a vías de efecto esa encomienda, la de consignar el registro épico de aquello dentro de cuya marcha está uno mismo envuelto y arrastrado, encerraba esa extraña certeza configurada como nostalgia anticipada: ‘y uno se daba cuenta de que tenía el mérito que le correspondía por algo de lo que nadie más allí se percataba y era por la nostalgia anticipada de saber que esa historia ya se estaba acabando y que sólo quedaría la incertidumbre de otra historia improbable que quizá apareciera en el futuro.’ (El último santuario, p. 32).

Entre los escenarios del sistema montañoso del Escambray en Cuba y las tierras áridas y desoladoras de algún lugar de África que están todas sin cultivar por estar todos en guerra, Norberto Fuentes nos ofrece, cual magistral pintor de batallas, una perspectiva de interpretación de la segunda mitad del siglo XX para verlo desde las coordenadas de la campaña cubana en la Guerra de Angola (1975-2002), una lucha partisana que, aun con toda su complejidad, viene a mostrársenos mediante los recursos de la literatura como dispositivo de configuración fundamental de la política entendida como trama de la historia –y que como tal destruye a los individuos al desbordarlos-, con encuadres narrativos decantados con una dureza estoica de quien sabe transmitirnos el significado rotundo y solemne de lo que es estar en una ciudad tomada por la Revolución, y en donde el liderazgo de una operación, en este caso el liderazgo del general de división Raúl Menéndez Tomasevich, Jefe de la Misión Militar Cubana en Angola, tiene como horizonte directo de sentido la muerte de otros hombres, conectando así, al modo tucidideo, a la política y la historia con la guerra:

Libro: E l último santuario de Norberto Fuentes.

Claro, a veces uno tiene que lanzar una operación y sabe que van a morir hombres. Calcula, pueden morir tantos. Pero uno no puede hacer otra cosa. Y lanza la operación. Aunque en la mayoría de los casos trato de realizarla con todas las salidas previstas, pero la vida me enseña que eso es prácticamente imposible. Del conocimiento de esto se desprende casi toda mi forma de operar. Y aprendí en la lucha contra bandidos. LCB fue una gran escuela. Diferente a la guerrilla, porque estaba en el poder, y los hombres y las responsabilidades eran mayores. En la LCB era del carajo. Y había que pensar como guerrillero y como contraguerrillero…

En LCB aprendí a analizar los errores para mis adentros y a no expresarlos, para no desprestigiarme. La gente confiaba en mí. Centenares, miles de ojos observando mis decisiones. Mis caídas y mis triunfos. De mi ánimo y de mi inteligencia dependía la moral de miles de hombres en una circunstancia política que entonces se iniciaba. (p. 69)

Es el mismo tono y la misma escala y el mismo aliento épico que se destila en la totalidad de su obra, incluido el lamento dantesco que mantiene la tensión de su duro y a la vez bello relato autobiográfico, Dulces guerreros cubanos, y que se concentra magistralmente en su monumental Autobiografía de Fidel Castro (dos tomos de aproximadamente mil páginas cada uno), y que acaso podamos decir que está anudado por esa amarga pero apasionante y emocionante e irresistible certeza; por esa nostálgica y extrañamente feliz y peligrosa verdad política de resonancias griegas, que se concentra en la consigna de “Patria o Muerte, Venceremos” y según la cual a la Historia, con mayúscula, solamente se puede entra a través de la tragedia:

No me estoy burlando ni soy un fariseo ni tampoco procuro soga para mi propio cuello cuando digo que ellos lograron sus éxitos frente a los yanquis sin escándalos y sin hambre –habla de los corrompidos presidentes cubanos anteriores a la Revolución, I.C.-. Se trata de dos concepciones diametralmente opuestas del poder. Tú no puedes ingresar en la Historia (con mayúscula) desde un país donde los slogans políticos sólo apelaban a la posibilidad de hacerse ricos y en un orden perfectamente lógico y comprensible, primero los presidentes, luego los ministros, senadores y generales, más tarde los otros funcionarios públicos y al final el pueblo, de ahí que “Tiburón se baña pero salpica”, de don José Miguel Gómez, el presidente cubano entre 1909 y 1913, y el “Hay dulce para todos” de Grau se hallen en la antípoda absoluta y visceralmente contraria de nuestro “Patria o Muerte Venceremos”. Tú no puedes pasearte por el olimpo de César, Napoleón y Stalin acompañado de semejantes consignas como las del tiburón o las del dulce. Tú sólo puedes entrar en la Historia a través de la tragedia y eso es lo que he hecho con mi pueblo, con mis seguidores. Crearles una tragedia y hacerlos partícipes de ella. Si algún día los más codiciados sueños de la contrarrevolución y los americanos se hacen realidad y logran una restauración, es decir, el día que los 10 millones de fogueados combatientes que hoy constituyen el pueblo cubano sean devueltos a ese oscuro lugar de origen en el que son unas puticas y unos meseros y unos jugadores de gallos y unos voceadores de frutos menores o de billetes de lotería o unos esbirros del tirano de turno, ese día comprenderán. (Norberto Fuentes, Autobiografía de Fidel Castro. I. El paraíso de los otros, Destino, Barcelona, pp. 216-217).

Estamos entonces ante una gran novela. Y es grande porque, en tiempos de mediocridad, moderación, tratados de libre comercio sin pasión y guerras de declaraciones en twitter y cuanta red social se pueda imaginar, hay alguien que -codeándose con Hemingway o Malraux- nos quiere hablar una vez más del heroísmo en una guerra como troquel del hombre y como canon de la vida política, por más que sea un heroísmo configurado entre medio de abrumadores absurdos, y que es solo comprensible en retrospectiva y gracias, precisamente, a que ese alguien tuvo a bien guardar registro de todo aquello, movido quizá por una angustia compartida por sus compañeros, sabedores de que era importante “contarles a todos lo que fuimos”, pues muy seguramente estaban ante algo que era muy difícil que pudiera volverse a repetir, o porque lo más seguro es que no volvieran más y era entonces menester justificar aquél esfuerzo; o porque también quisieran dejar un mensaje y una lección, o porque no sabían vivir de otra manera más que en el cumplimiento de una misión, o porque Fidel había estado por esos lares en 1977 para medir el aceite, y comprobar que la UNITA era un ejército de campesinos pobres: ‘entonces comienza uno a entender la delicada certeza y las sutilezas políticas de la tarea asignada en junio de 1981 al general de división Menéndez Tomassevich’ (p.190); o tal vez porque, pese a todo, entre medio del caos, el nervio y la incapacidad de comprender la globalidad de lo que ahí ocurría, la única certeza que tenían era la de que

roja es la tierra. Roja y agreste, y polvorienta y con escasos y ralos arbustos y diezmados islotes de hierba. Y está sombreada por el casimbo que es un techo de nubes bajas y de lento desplazamiento procedente del Polo Sur, y un terreno en reverberación pese al posible efecto atenuante del casimbo se arremolina y desplaza a velocidad de frenaje más allá del reborde asfaltado de la pista cuando uno descubre una batería de cañones antiaéreos que se perfila en el horizonte cercano del aeropuerto y uno sabe de memoria que la procedencia es soviética y que son de 100 milímetros con seguimiento electrónico, y una barriada de cabañas de bloques de barro se vislumbra a través de la cerca galvanizada que delimita el aeropuerto a escasos metros de donde el Illushin-62 concluye la maniobra de aterrizaje, y uno obtiene una visión en abanico de los cañones y de la cerca y de las cabañas porque la nave de Aeroflot gira en eje para buscar el taxiway. Los cubanos aparecen entonces. Tienen trajes de campaña camuflados con pantalones bombachos cerrados a la altura de las botas y amplios bolsillos laterales y llevan terciados los AKM y vigilan desde compactos montículos de tierra, y uno los observa mientras la nave inicia el aproche a los edificios del área militar.

Y uno los observa. Norberto Fuentes los observa.

Mayo. 2019. Ciudad de México.

Duros ingenieros de almas

Libro: La escuela de los duros de Norberto Fuentes.

Ismael Carvallo Robledo

[Sobre La escuela de los duros de Norberto Fuentes, Cuarteles de Invierno, 2025]

Cuando leían la sentencia, al fondo del gentío, un hombre pela una caña. 

José Martí

La fortuna de participar en una de las epopeyas del siglo XX debe ambicionar un proyecto artístico de valor semejante. Y la violencia, como parte inevitable de la épica, no puede en modo alguno ser desconocida. 

Norberto Fuentes

I

Nada importa vencer o ser vencido, lo que importa es ser grande en la batalla, escribió José Santos Chocano, el contemporáneo del gran argentino socialista de la Patria Grande Manuel Ugarte. 

Lo mismo dijo en su momento Jorge Aberlardo Ramos, socialista de la Patria Grande también, cuando debatía por televisión con un grupo de periodistas escépticos sobre la guerra de las Malvinas, señalando con firmeza amarga el problema que supone para un pueblo la debilidad de sus ejércitos, espina dorsal de todo pueblo, en los momentos decisivos: ‘¿entonces usted preferiría que siguiera muriendo gente?’, le pregunta provocadoramente el periodista tratando de orillarlo y exhibirlo desde la perspectiva de un dilema de tipo moral, a lo que le respondió Ramos de inmediato: ‘no no: si usted pretende plantear la cuestión en esos términos, lo invitaría a discutir el tema de San Martín y las guerras de independencia. Cualquier guerra de independencia, y las nuestras también, generaron un derramamiento de sangre…’, y concluyó categórico: ‘pero no es el problema de ganar o perder, sino el de luchar por tener una patria territorialmente integrada’.   

La consigna es entonces luchar. Luchar hasta el final, porque ‘en una guerra uno no puede admitir, aun a sí mismo, que está perdida. Porque cuando lo admite, está derrotado; el que, al ser derrotado, rehúsa aceptarlo y lucha lo más posible, gana las batallas finales; a menos que, por supuesto, sea muerto, hambreado, privado de armas o traicionado. Todo eso le ocurrió al pueblo español’, dijo por su parte Ernest Hemingway según nos cuenta Norberto Fuentes en La escuela de los duros (Cuarteles de Invierno, 2025) hablando sobre la guerra civil española en la que fue el periodista más famoso del mundo pero que participó no ya como espectador, sino como partisano comprometido a fondo desde la trinchera con la causa del pueblo español. 

Una postura como esta es la que, me parece a mí, ha adoptado estos días Silvio Rodríguez al decir que, en el contexto de lo que puede ser ya la derrota definitiva, si Estados Unidos invade Cuba él pedirá su AKM, evolución del fusil de asalto AK-47, para morir tirando si fuera menester. 

Yo veo las cosas a la distancia y no asumo posturas ridículas o irresponsables –siempre me he cuidado de no ser un tonto útil, lo tengo dicho y escrito–, pero esto me parece mucho más digno que el hecho de atenerse a la compasión de la Internacional Progre dispuesta siempre a hacer el papelón y el ridículo enviando a la isla a un conjunto de hippies españoles y de no sé dónde más, y a la hígada y sociópata de Greta Thumberg desde luego, para entregar ayuda humanitaria con perspectiva de género y ambiental y muy seguramente todos, también, faltaría más, con su obligada bufanda palestina. Hippies progres occidentales y Greta Thumerg en vez de buques o armas rusas. Es la derrota y el abandono definitivos. ¿Qué diría Fidel de todo esto? 

II

Al abrir La escuela de los duros de Norberto Fuentes es Ernest Hemingawy el que aparece de inmediato, página 2, en una fantástica fotografía en blanco y negro en la que nos mira a través de la mirilla de un arma con la que nos apunta con una leve y gallarda sonrisa. Es la misma foto que aparece en la portada de la biografía de Mary V. Dearborn. La guapura de Hemingway es evidente. El ojo izquierdo lo tiene obviamente cerrado, el pelo es corto y algunas canas ya se asoman en su barba varonil.   

Lo he leído dos veces, entero, y ya lo tengo claro: en lo varonil está la clave. La escuela de los duros es un libro sobre la virilidad, la bravura y la hombría. Diría incluso que es un homenaje. Norberto Fuentes lo ha hecho otra vez y nos ofrece un libro tremendo y poderoso, lleno de simbolismo, fuerza e inspiración. 

Omito el concepto de masculinidad, que también aplicaría pero mejor no lo uso –es la recomendación que para los efectos hace Harvey Mansfield en su libro Manliness (2006)– por estar infestado con la carga ideológica del nocivo veneno feminista, que tiene como objetivo precisamente “desmasculinizar” al mundo tal como, por ejemplo, se evidencia en el contraste verificable entre la tropa de hippies éticos y sensibilizados tal vez desde los criterios de la Política Exterior Feminista, término estúpido y cursi donde los haya, en misión de la Internacional Progre en Cuba presentes por ausencia y sustitución de tropas o buques para enfrentar si fuera lo procedente, se supone, a su contraparte norteamericana bajo el comando de Rubio y Hegseth destacados en el teatro de operaciones caribeño bajo la consigna de imponer una paz mediante la fuerza o paz armada (“Peace through strength”), que es la única que cuenta en términos de la geopolítica pura y dura. 

La otra foto fundamental del libro es obviamente y qué duda cabe la de la portada, que es paralizante y llena de potencia, inequívoca: Humphery Bogart está sentado en una silla austera e incómoda con una escopeta sobre las rodillas y cigarro en mano mirándonos con desprecio, seguridad y elocuencia (es decir, que no hay lugar a dudas), como queriéndonos decir ‘cuidado, que si te pasas aquí topas con pared y esto es lo que te espera’. Virilidad, bravura, hombría, autoridad, seguridad, violencia. 

Pero hay dos fotos más que son igualmente importantes en la vertebración de La escuela de los duros. Una de ellas está en la página 8, previa a la que nos muestra aquello sobre lo que va el libro (es decir el contenido), que es la literatura, porque este libro es también y sobre todo y fundamentalmente un libro sobre literatura, pero vista desde la perspectiva del lugar que la violencia, ingrediente fundamental de la épica, ocupa en ella. 

Pongámosle como hipotético subtítulo si quieren literatura de la violencia o la violencia en la literatura o literatura y violencia, pero esta es en todo caso aquello que articula como arquitrabe todos los textos que conforman este libro magistral de Norberto Fuentes que no tiene en realidad secciones, solamente una ‘Nota del autor’ al principio y el anuncio de que hay un final (The End) en algún momento, pero que en realidad no delimita una sección necesariamente sino que fija el mensaje que prepara el ánimo del lector para abandonar junto con el autor el libro (por aquello de que ningún libro se termina definitivamente, sólo se abandona) al compás de los últimos cuatro textos titulados ‘La expresión exacta de Bogart’ (la de la tremendísima portada, efectivamente), ‘Una especie de palimpsesto’, ‘A los muchachos del momento’ y el ‘Agradecimiento’, página 264. 

La foto de la que estoy hablando es ni más ni menos que de Faulkner. La extraordinaria foto de William Faulkner en un algún salón de clases en una postura y gesto lleno de virilidad y hombría, lo que nos lleva otra vez al punto central de lo que quiero yo aquí decirles: los pies subidos en una silla puesta al frente en posición de descanso, un libro en una mano y una pipa en la otra, la corbata obscura impecable en su lugar al igual que el pañuelo en la solapa (la caballerosidad y la elegancia antes que todo, siempre, como elementos fundamentales de la hombría), y Faulkner viendo arriba hacia la izquierda en acción evidente de haber detenido la lectura del libro como si alguien le haya hecho una pregunta, a saber si torpe o sugerente, y un pie de foto interpretativo, hechura obvia de Norberto, en la que se codifica la virilidad en comento en los términos que siguen: 

‘¿Computadora? ¿Disco duro? ¿De qué me hablan, gamberros? ¿Qué los libros ya no se escriben con lápiz sobre papel? Lo único que me falta es que tampoco se requiera del tabaco y el bourbon. Puñeteros.’

La otra foto llena del simbolismo de virilidad es de Norberto Fuentes mismo, en dos momentos diferentes pero poniendo en ejercicio las variables fundamentales de una misma acción: el combate. Están en la página 201.

En una de ellas, un Norberto Fuentes de veinte años aparece de pie y uniforme militar con un brazo recargándose ligeramente en la puerta de un jeep y la otra mano en la cintura componiendo un gesto de seguridad relajada y confiada, digamos –es la confianza de saber que está haciéndose lo correcto y dando curso a las órdenes recibidas en el contexto de la Lucha Contra Bandidos o LCB en tanto que codificación del conjunto de operaciones de defensa táctica de la Revolución en proceso–, con su boina y lentes de pasta gruesa muy de la época y el pie de foto correspondiente en donde se nos indica esto: 

‘En un cerco contra la banda de Adalberto Méndez Esquijarrosa, zona norte de Camagüey, en las márgenes del río Jatibonico, circa mayo de 1963.’

La otra foto tiene prácticamente la misma composición, lo que cambia es el tiempo y el lugar. 1982 es el año, con un Norberto Fuentes de 39. Angola es el lugar. El jeep es sustituido por un camión, la boina por una gorra pero el uniforme y la escena es igualmente militar, y en el suelo está un rifle de obvia manufactura soviética. El pie de foto dice esto: 

’20 de noviembre de 1982. En operaciones contra la agrupación contrarrevolucionaria UNITA del líder Jonhas Malheiro Savimbi, marcha de caravana en la carretera de 330.97 kilómetros que lleva de Luanda a Quibala, provincia de Kwanza Sur, todo un territorio en litigio.’

¿Se dan cuenta? Virilidad, hombría, bravura, combate y defensa de la revolución, valentía. El libro contiene muchas fotos más, pero estas cuatro que despejo son para mí las fundamentales. En todas ellas se despliega una secuencia de sentido articuladas por los conceptos en comento, “manliness” en inglés, tal como son forjadas o templadas bajo la altísima presión de una revolución o guerra, forma de condensación determinante de lo político. 

Acaso alguien pueda pensar que de las cuatro fotos la de Faulkner es la que no encaja, pero se equivoca, porque esa es precisamente la que le da sentido a La escuela de los duros –esta es la cuestión– al conectar las virtudes definitorias de la hombría según el canon de la guerra o la revolución con el ejercicio de llevarlas al plano de su significación última en el terreno de la literatura y la belleza poética, ejercicio a través del cual se configura entonces la especificidad de la literatura épica como forma única y exclusiva producible solamente en los momentos de despliegue de una revolución o una guerra dando vida entonces a una categoría aparte de literatura y escritores, que es en la que están André Malraux, Martín Luis Guzmán, Rafael M. Muñoz, José Vasconcelos, Isaak Babel, Ernest Hemingway, Aleksandr Beck, Boris Polevoi, el Vasili Grossman de Vida y Destino y Stalingrado o el Ernesto Ché Guevara de Pasajes de la guerra revolucionaria: Congo.

Esa es la categoría en la que está como los grandes también mi amigo Norberto Fuentes, formado como escritor que no tenía interés en ser un “escritor revolucionario” en un sentido pedantesco como el que probablemente tenía como criterio el preciosita afrancesado de Cortázar, sino simplemente como un escritor que, junto con otros, les fue dado encontrar su centro de gravedad vocacional y dar con su destino en medio de un acontecimiento trágico que inevitablemente los desbordaba a todos como una revolución, decidiendo ser entonces partícipes –y así poder “contar lo que fuimos y lo que fue” legándolo para la posteridad y para los que no pudimos estar ahí– de una de las grandes epopeyas del siglo XX, la
Revolución cubana, par histórica de otras como la rusa o la mexicana:

‘LA ÚNICA ESCUELA POSIBLE. Los cubanos de la generación de los años 60 recordarán perfectamente la porción de resultados tardíos de la producción factográfica soviética, que es la que más los afectó e influyó, los libros aquellos sobre la Segunda Guerra Mundial, como La joven guardia, de Fadeyev, y Los hombres de Panfilov y su secuela La carretera de Volokolamsk, de Beck, y Un hombre de verdad, de Boris Polevoi, y la extraordinaria ¿novela?, ¿memoria?, ¿reportaje? sobre la guerra civil, Chapáev, de Dimitri Furmanov, y hasta las memorias camufladas de novela de Nicolai Ostrosky, Así se templó el acero, y que, para el conocimiento de la escuela literaria donde se formaron algunos de los más relevantes escritores surgidos con la Revolución cubana, la puja entre literatura de ficción y la factual era algo inexistente, porque era la forma de escribir.’ (La escuela de los duros, p. 152).

El escritor cubano, en su casa.(Foto: Especial)

III

Harvey Mansfield dice en su libro Manliness, del que he hecho mención más arriba, que 

‘La hombría busca y le da la bienvenida al drama y prefiere los tiempos de guerra, conflicto y riesgo… Vivimos en una sociedad con una nueva forma de justicia, largamente atrasada: la de la sociedad sexualmente neutra. En esta nueva sociedad tu sexo no determina tus derechos, tus responsabilidades o tu lugar. La sociedad sexualmente neutra considera al sexo como un obstáculo irracional tanto para la libertad, porque subordina a la mujer al hombre, como para la eficiencia, porque inutiliza sus habilidades. La hombría, que es la cualidad principal de uno de los sexos, se interpone en el camino de esta distribución equitativa y razonable de tareas y recompensas; busca promover un sesgo en favor del hombre sobre la mujer. En este libro parto de la hombría como el obstáculo irracional a un proyecto racional que busca erradicar ese sesgo. Al final espero haber convencido a los lectores escépticos –y sobre todo a las mujeres educadas– de lo contrario: que la hombría irracional debe de ser ratificada por la razón’ (p ix, edición de la Yale University Press de 2006).   

Pues bien: La escuela de los duros es una vigorosa propuesta de ratificación celebratoria de esa irracionalidad viril en la que Norberto Fuentes se mueve entre el periodismo, la literatura y la doctrina como en su momento hizo –según él mismo nos lo explicó– José Carlos Mariátegui, para racionalizar esa bravura masculina tal como se manifiesta cuando es instrumentalizada por la historia y la política para mostrarnos a todos lo que es capaz de hacer un cuerpo (Spinoza), y definir a partir de ahí las variables de la ecuación del heroísmo que cada época deja para la historia cada que se emite el llamado a los pueblos para concurrir a la cita que para ellos tiene dispuesta la tragedia.   

México nos dejó la novela de la revolución mexicana, que llega hasta Daniel Sada y Una muerte sencilla, justa, eterna de Jorge Aguilar Mora, Cuba nos dejó a Pablo de la Torriente Brau, Luis Felipe Rodríguez, Enrique Serpa, Onelio Jorge Cardoso y Félix Pita Rodríguez como primera promoción de la que dice Norberto Fuentes en el texto medular de este libro, que es ‘El estilo necesario de la violencia’, que en ningun caso:

‘ni autores ni obras han eludido la verdad de que esta violencia surge de un contexto social preciso. Víctimas de la injusticia, o luchadores contra ella, fueron protagonistas de la literatura que anticipó la narrativa e la Revolución.

Quisiera traer los autores a estas páginas, aunque probablemente serían descalificados por motivos de ubicación genérica. Se les calificaría como autores de “testimonios”, y es este un término –testimonio– con el cual no logro congeniar. Creo que toda literatura es siempre testimonial y que tal calificativo se ha empleado alegremente para nombrar una producción de libros-grabadora en los que está ausente la creación literaria. Una división entre libros de ficción y factuales resultaría más razonable, y con ella podría decir que la literatura de nuestros años tiene una deuda de gratitud con ese libro insustituible: Pasajes de la guerra revolucionaria, de Ernesto Guevara, que soluciona, pese a su discutible ubicación genérica, la ausencia todavía incomprensible para mí de un texto literario de ficción, una novela plenamente referida a la gesta del Ejército Rebelde. 

De la misma manera que en Martí, en los pasajes escritos por Che Guevara se localizan algunos de los episodios capitales de nuestra literatura de la violencia, aunque, por características personales diferentes, la euforia martiana es reemplazada en esos relatos por la ironía controlada del argentino.’ (p. 194).  

Antes había estado Carpentier, claro, y antes más aún, todavía, obvio es, José Martí. Y luego vendrían Jesús Díaz (Los años duros), Juan Carlos Fernández (Todo es secreto hasta un día), Efigenio Ameijeiras (Más allá de nosotros), Osvaldo Navarro (El Caballo de Mayaguara), Álvaro Prendes (Piloto de guerra), Manuel Cofiño o José Soler Puig (Bertillón 166) entre otros muchos más según la nómina que en ese texto central se nos ofrece.  

He tomado nota de todos, enlistándolos bajo la categoría de literatura de la violencia, de la revolución o, en efecto, de la virilidad y la hombría según el canon universalmente cubano de Norberto Fuentes. Los vamos a conseguir y a leer todos –a eso me dedico entre otras cosas más– con una dramática y fecundante tensión configurada con arreglo al criterio elocuente de Beatriz Maggi expuesto en el proemio de su delicioso La palabra conducente (Letras Cubanas, La Habana, 2013) al tenor de lo que sigue: 

‘La persona que escribió los presentes ensayos confiesa que leyó las obras que los han suscitado con el vivísimo deseo de apoderarse de las intenciones y los sentidos de sus autores; de sus concepciones y las de las épocas en que ellos crearon. Y que su yo lector no se abrasa en sí misma, sino en el libro, mientras lee. De la inevitable tensión que se produce entre ese yo que se autodepone –mas subsiste integérrimo– y el libro, tal cual lo concibió el autor, sale la lectura opulenta, “sabrosa”, pero también fresca y propia del siglo del lector. Es una tensión fecundante y la proponemos con preferencia a aquella otra en que el lector, soberbio, se mira a su ombligo. Nos parece que la verdadera emulsión, la lectura madura, se obtiene en esa dramática tensión’ (p. 9).

Pensándolo mejor, acaso conviene más que le pongamos a la categoría de esta forma única de literatura históricamente determinada y producida con cubana denominación de origen conforme a lo que hasta aquí venimos diciendo, estarán de acuerdo conmigo, como literatura de «La escuela de los duros» sí señor, en fidelidad a la caracterización que, en correspondencia y a continuación, propone mi amigo Norber One en la página 153: 

‘INGENIEROS DE NUEVO TIPO. La definición se hizo famosa desde la publicación de la revista Ogonik, el semanario más popular de la Unión Soviética, en su edición del 20 de agosto de 1934. «“Ingenieros del alma humana”. Así ha definido el rol de los escritores soviéticos el amado vozhd [guía] del proletariado mundial, el camarada Stalin.» Stalin y Máximo Gorki en la portada. La frase fue acuñada por Yuri Olesha, el novelista. Víctor Shclovsky dijo que Olesha la usó en una reunión en la casa de Máximo Gorki, y de alguna manera llegó a oídos de Stalin. El 26 de octubre de 1932, durante una reunión con unos cincuenta escritores, dedicada a la preparación del Primer Congreso de Escritores Soviéticos y que tuvo lugar en la misma casa de Gorki, Stalin dijo: «La producción de almas es más importante que la producción de tanques… Y por eso levanto mi copa por ustedes, escritores, los ingenieros del alma humana.»   

Foto: Jaime Sabines

A cien años de su natalicio: Jaime Sabines, el amoroso que no calla

El centenario de Jaime Sabines recuerda al poeta que convirtió la palabra en un acto cotidiano y profundamente humano. Su obra, marcada por la celebración del amor y la protesta contra la muerte, se mantiene viva en lectores de todas las generaciones.

Por Columba Vértiz de la Fuente/ Proceso

Perteneciente al grupo de la Generación del Medio Siglo, el chiapaneco Jaime Sabines, probablemente el poeta más leído por el público general debido a su estilo coloquial, será homenajeado durante todo el año por los cien años de su natalicio, el cual será este 25 de marzo.

Falleció el 19 de marzo de 1999 en la Ciudad de México y fue capaz de llenar al tope con jóvenes el Palacio de Bellas Artes y la Sala Nezahualcóyotl de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Por el siglo de su onomástico, el cronista, ensayista, narrador, poeta, traductor, investigador y profesor de literatura Marco Antonio Campos (Ciudad de México, 1949), el activista ambiental, poeta y diplomático Homero Aridjis (Michoacán, 1940), la periodista cultural Pilar Jiménez Trejo (Ciudad de México, 1966) y la escritora, gestora cultural y directora del Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas (Coneculta) Angélica Altuzar (Chiapas), hablan con Proceso del estilo de Sabines: su verso directo y descarnado, y que halló en el poema en prosa un vehículo muy natural. Los entrevistados aseguran que el autor de Los amorosos sigue vigente, valorado y muy leído a escala popular.

Campos subraya que la obra de Sabines (Tuxtla Gutiérrez, 1926) es “engañosamente sencilla, profundamente terrenal, complejamente humana, que va del corazón del poeta al corazón del hombre”. Sigue:

“Dos son los grandes momentos en la poesía de Sabines: Tarumba (1956) y Algo sobre la muerte del mayor Sabines. El primero es un libro-poema y el otro un solo poema. Tarumba es uno de los volúmenes ‘raros’ de la poesía mexicana. Tiene encanto y magia. Hay juegos, felicidades, ternuras, deseos e iluminaciones, pero también desilusión, amargura, hastío. Es un ejemplar donde Sabines, en sus oscuros años tuxtlecos (1952-1957), se aferra más estrechamente a la vida, es un grito afilado a la vida”.

Además, considera a Algo sobre la muerte del mayor Sabines “una de las elegías más descarnadas, más estremecedoras que hemos leído, y el poema es una protesta sobrehumana contra la muerte, desde el primer verso aprisiona al lector y sentimos el dolor y la angustia de la espera del hijo a la espera de la gran caída del roble sirio chiapaneco”.

—Sabines se centraba mucho en el amor, el desamor y la muerte, ¿qué opina de los tópicos en su obra?—se le pregunta.

—Sabines lo mencionó en las últimas líneas de Maltiempo: “He repartido mi vida inútilmente entre el amor y el deseo, la queja de la muerte, el lamento de la soledad”. El desamor, no. En Sabines hay siempre la celebración amatoria. Los dos cuerpos se unen y son un solo cuerpo desnudo. “El amor es el silencio más fino”, dice en un admirable verso de Los amorosos. “No es que muera de amor, muero de ti”, dice en una bellísima línea de Yuria. Por sus poemas amorosos es en los que se reconoce la gran mayoría de sus lectores.

Libro: Poesía más poesía de Jaime Sabines

Acaba:

“Diría que, como el chileno Gonzalo Rojas, no sólo era un gran poeta al escribir, sino también al conversar”.

En una entrevista para Proceso del 12 de marzo 1984, se le cuestiona a Sabines ¿cómo llegó al lenguaje coloquial?

Fue algo natural, instintivo. Simplemente descubrí un camino y lo desarrollé. Para mí las palabras no tienen una carga ética, simplemente expresan, dicen algo. Nunca le he tenido miedo a las palabras, lo que he tenido son dificultades con ellas, no miedo.

Aridjis acentúa que el creador de Horal “nos dejó una voz muy personal en la poesía mexicana”. Luego narra:

“Muchas veces se sentía como un poeta coloquial por su espontaneidad en la poesía. Nunca parecía rebuscado o sofisticado. Siempre me gustó mucho su franqueza, que era parte de su honestidad intelectual. Era un hombre muy sincero y muy reticente al elogio. Con él tuve muy buena relación. Repito, se percibe en su poesía la sinceridad”. 

Enseguida el autor de Mirándola dormir se centra en el lenguaje coloquial de Sabines: 

Esa forma era parte de su personalidad. No era un estilo literario, sino más bien una manera de ser, y los tópicos que abordó eran muy propios de él. Convirtió la poesía en algo muy cotidiano. Fue un buen poeta, no sólo de México, sino del habla hispana.

Sabines fue hijo de Julio Sabines, un inmigrante libanés que llegó a México siendo un niño y consiguió ser mayor del Ejército. Su madre, Luz Gutiérrez, formó parte de la aristocracia chiapaneca, que años después perdió todo con la Revolución.

Juego de Ojos

Foto: Especial

La visión del General

Miguel Ángel Sánchez de Armas

Han pasado 88 años desde aquel viernes 18 de marzo de 1938 cuando a las 10 de la noche el presidente Lázaro Cárdenas leyó el decreto de expropiación de la industria petrolera extranjera en el Salón Amarillo de Palacio Nacional.

La radio del Departamento Autónomo de Prensa y Publicidad llevó el mensaje a todo el país. La medida fue tan inesperada que cuando los periodistas se presentaron en la embajada de Estados Unidos en la colonia Juárez a pedir una reacción, encontraron dormido al embajador Josephus Daniels. El agregado político andaba de paseo en Cuernavaca. La noticia tardó en ser recogida por la prensa extranjera. El ejército tuvo el fin de semana para tomar sin violencia las instalaciones de las empresas y minar los pozos para incendiarlos en el momento en que el primer marine pisara suelo mexicano.

Cárdenas se retiró a Los Pinos y ahí despertó al niño Cuauhtémoc para tomarse fotografías con él en la biblioteca. El gesto revela la tensión de su ánimo. Vicente Lombardo Toledano llegó a la Universidad Obrera y exclamó que no tardaban en aparecer los acorazados yanquis e ingleses en los puertos del Golfo y del Pacífico. En Washington, el embajador Francisco Castillo Nájera le dijo a Jesús Silva Herzog: “Si hay expropiación, hay cañonazos”.

En la legación británica, Sir Owen St. Clair O’Malley, el pacato inglés que vivía en confusión mental por su trato con los mexicanos, decidió reclamar por el daño a la Mexican Eagle Company del vizconde Cowdray, Weetman Pearson -cuyas riquezas en el Anáhuac le ganaron el mote de “Member for Mexico” en el Parlamento- y poco después el secretario de Relaciones Exteriores Eduardo Hay le pagó la suma groseramente reclamada y le anunció el rompimiento de relaciones con la pérfida Albión. El soponcio fue tal que al día de hoy no se lo curan: la Encyclopaedia Britannica sigue sosteniendo que fueron “ellos” quienes retiraron al ministro y no los levantiscos mexicanos quienes lo pusieron de patitas en la calle. En Westminster en la ribera del Támesis, el parlamentario James Maxton pidió a Chamberlain comunicarse con el gobierno mexicano para decirle que sus tribunales “no deben tomar decisiones sin antes consultar al gobierno de Su Majestad.” ¡Cheers!

A mediados de los ochenta Luis González y González dijo que el episodio de la expropiación era el más estudiado de nuestra historia moderna. Waldo Frank escribió que sólo dos dirigentes de su tiempo habían pulsado y comprendido cabalmente la raíz de sus pueblos: Gandhi y Cárdenas, hoy dos personajes con el más alto nivel de recordación popular.

Igual que otras grandes figuras, Cárdenas tuvo y tiene adeptos y detractores. Hubo quienes lo aclamaron hasta colocarlo en un nivel casi mítico, mientras que otros juzgaron su gobierno y su liderazgo un fracaso completo. Yo veo en Cárdenas a un hombre genial y primigenio cuya vida pública estuvo montada, como agudamente observó Cosío Villegas, “en el macizo pilote del instinto”.

Ocho decenios y ocho años más tarde, la expropiación sigue viva en el imaginario social mexicano, pero la empresa en que se ancló el modelo económico postrevolucionario es un lastre. Dejó de ser el símbolo de la soberanía recuperada para transformarse en una maquinaria fatigada que consume más de lo que produce. Carlos Elizondo Mayer-Serra cree que ya no es una cuestión petrolera sino fiscal. Y Arturo Herrera advirtió que la presión sobre las finanzas nacionales reduce el margen de decisión del país entero.

Al expropiar en vez de intervenir administrativamente a la industria, Cárdenas tomó una decisión de Estado en las circunstancias particulares del México de entonces y las tensiones geopolíticas de aquel mundo. Pero sus sucesores -por razones sin duda profundas y complejas- no abordaron el problema con una visión semejante. ¿Se equivocó el General? Las opiniones están divididas. Lo cierto es que 14 presidentes y una presidenta después, Pemex ha sido desde bandera política hasta muro de lamentos. Pero no ha sido transformado.

La expropiación de 1938 precipitó una crisis que puso a México y a Estados Unidos al borde de un conflicto armado. En paralelo se desató una guerra de propaganda que hoy parece reeditada en razones migratorias, económicas y del crimen transnacional. En aquel tiempo las petroleras buscaban debilitar y eventualmente derrocar al gobierno del general Cárdenas, para sustituirlo con un régimen favorable a sus intereses. Hoy se pretende poner a México al servicio de las políticas internacionales de la doctrina llamada “MAGA”, whatever that means.

En 1938 el gobierno mexicano operó contracampañas que fueron exitosas si se considera el contexto político de la época y la desigualdad de recursos de que disponían las partes. ¿Cómo explicar que la propaganda de las petroleras no hubiera logrado sus objetivos profundos ni en Estados Unidos ni en México mientras que las estrategias mexicanas provocaron movilizaciones masivas que el propio embajador estadounidense reconoció nunca haber visto antes? La encuesta Gallup, entonces en su cuarto año, no registró el tema de la expropiación entre los intereses populares de Estados Unidos en 1938.

No hay una respuesta unívoca ni sencilla. Pero una clave está en la diferencia intrínseca de la propaganda de las partes. La mexicana estaba basada en una ideología y en una visión de nación, en tanto que las petroleras nunca pudieron apelar a nada más que la defensa de sus intereses económicos. Este fenómeno parece repetirse hoy.

Bien que sigamos conmemorando la expropiación. Pero estudiar aquella guerra de propaganda puede ayudar a entender mejor una de las facetas del actual escenario. Frente a la amenaza del norte, una herramienta es una política de comunicación que genere apoyo popular interno y, en Estados Unidos, despierte adhesiones. Partidarios no nos faltarían si se convocan inteligentemente. Tenemos la red consular más extendida en aquel territorio. Esos consulados pueden ser centros activos de articulación política y social, capaces de movilizar a las comunidades mexicanas, construir alianzas, orientar el sentido de la conversación pública y construir agendas, sin violentar las reglas diplomáticas. También necesitamos a un Castillo Nájera en Washington.

22 de marzo de 2026

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