Archivos de Seguridad nacional
Washington D.C., 16 de abril de 2026 – Tras la fallida invasión de Bahía de Cochinos liderada por la CIA, el presidente John F. Kennedy consideró reconfigurar e incluso desmantelar la agencia de inteligencia, según documentos publicados por el Archivo de Seguridad Nacional en el 65º aniversario del asalto paramilitar a Cuba. El presidente encargó a su asistente en la Casa Blanca, Arthur Schlesinger, que examinara «la estructura de inteligencia británica» para determinar «qué valor podría haber para nuestro propio pensamiento sobre la reorganización de la CIA», según un memorando secreto poco conocido dirigido a Kennedy fechado un mes después del ataque. «Lo que resulta especialmente interesante en la experiencia británica no es la división entre inteligencia y operaciones», aconsejó Schlesinger al presidente, «sino el medio por el cual el servicio clandestino se mantiene bajo un control político continuo.»

El documento del 18 de mayo de 1961, titulado «Cómo organizar un servicio de inteligencia: el ejemplo británico», junto con un segundo memorando de Schlesinger desclasificado íntegramente el año pasado sobre la «Reorganización de la CIA», están incluidos en una colección especial de registros anteriormente secretos publicados hoy por el Archivo de Seguridad Nacional para conmemorar la invasión de Bahía de Cochinos. La selección también incluye un informe secreto y exhaustivo de la CIA sobre su colaboración con la Mafia para asesinar a Fidel Castro antes de la invasión—un complot financiado con el presupuesto de la invasión—así como informes de inteligencia cubanos de Centroamérica sobre los preparativos de la CIA para lanzar un ataque de exilio en la isla.
La publicación de aniversario de hoy también destaca la «Encuesta del Inspector General de la CIA sobre la Operación Cubana» de 100 páginas de alto secreto y 100 páginas de la CIA—una autocrítica y mordaz autopsia de la Agencia considerada tan sensible que el director de la CIA, John McCone, quemó la mayoría de las 20 copias existentes para ocultar el informe a críticos, como Schlesinger, que intentaban responsabilizar a la Agencia por el desastre de Bahía de Cochinos. «En manos hostiles», señaló el subdirector de la CIA, William Cabell, en un memorando de diciembre de 1961, que el informe del IG «podría convertirse en un arma usada injustificadamente para atacar toda la misión, organización y funcionamiento de la Agencia.»
Tras varios años de esfuerzos de FOIA, el Archivo de Seguridad Nacional obtuvo la desclasificación del informe del Inspector General de la CIA a finales de los años 90. En su libro Bahía de Cochinos Declasificada, el director del Proyecto de Documentación de Cuba del Archivo, Peter Kornbluh, designó el informe como «el Santo Grial histórico de la Bahía de Cochinos.»
La «Encuesta» del Inspector General fue realizada por el veterano oficial de la CIA Lyman Kirkpatrick, quien pasó casi seis meses entrevistando a funcionarios y revisando miles de registros contemporáneos. Entre sus principales conclusiones:

* La operación se basaba en la suposición del subdirector de la CIA, Richard Bissell, de que «la invasión, como un deus ex machina, produciría un shock… y desencadenar un levantamiento» contra Castro. Sin embargo, la CIA no tenía «ninguna evidencia de inteligencia de que cubanos en números significativos pudieran o quisieran unirse a los invasores…»
* Lo que se suponía que iba a ser una operación encubierta se convirtió en un gran proyecto militar abierto «más allá de la responsabilidad y capacidad de la Agencia.» La seguridad en torno a la operación fue deficiente, lo que provocó grandes filtraciones en los medios que expusieron los preparativos para la invasión. «La negación plausible era una ilusión patética.»
* Los funcionarios de la CIA engañaron a la Casa Blanca haciéndoles creer que el éxito seguía siendo probable. «En algún momento de este ciclo degenerativo», según el informe de Kirkpatrick, «deberían haber acudido al Presidente y decirle francamente: ‘Aquí están los hechos. La operación debe detenerse.'»

En marzo de 2001, con motivo del 40º aniversario de la invasión de Bahía de Cochinos, el Archivo organizó una importante conferencia en La Habana, Cuba, con Fidel Castro y sus comandantes para repasar la historia de la invasión y sus consecuencias. La delegación estadounidense incluía miembros supervivientes de la Casa Blanca de Kennedy, oficiales retirados de la CIA involucrados en la planificación de la invasión y miembros exiliados cubanos de la Brigada 2506 organizada por la CIA, algunos de los cuales no habían regresado a la isla desde que fueron hechos prisioneros tras el fallido ataque.
Durante la conferencia, el exasesor de la Casa Blanca Richard Goodwin proporcionó un informe personal a Fidel Castro sobre una reunión secreta posterior a la invasión que mantuvo en Montevideo, Uruguay, con Che Guevara. La reunión marcó la primera vez que altos funcionarios de ambos países mantuvieron un diálogo cara a cara para abordar la hostilidad en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba.

Las conversaciones históricas tuvieron lugar en un entorno extremadamente informal. Goodwin recordó que Guevara se sentaba en el suelo y «no iba a dejar que me superara en proletariarismo», así que también se sentó en el suelo. Guevara «quería agradecernos mucho por la invasión», informó Goodwin a Kennedy sobre la reunión. «Fue una gran victoria política para ellos, les permitió consolidarse y los transformó de un pequeño país agraviado en un igual.»
Pero el mensaje principal de Guevara para la administración Kennedy era que Cuba «querría un modus vivendi» y estaba dispuesta a entablar un diálogo sobre todos los asuntos que preocupaban a Estados Unidos, con una excepción: Cuba «no podía discutir ninguna fórmula que significara renunciar al tipo de sociedad a la que estaban dedicados.»
Sesenta y cinco años después, esa sigue siendo la posición de Cuba, ya que el gobierno post-Castro de Miguel Díaz-Canel se enfrenta a la amenaza más peligrosa de acción militar estadounidense desde Bahía de Cochinos. Este aniversario de la Bahía de Cochinos tiene una relevancia contextual singular como recordatorio de la agresión estadounidense y la rebeldía cubana, según Peter Kornbluh del Archivo. «La Bahía de Cochinos sigue siendo una historia de advertencia», señala, «inmediatamente relevante para la necesidad de un diálogo sobre la violencia para avanzar en los intereses de ambas naciones.»
LOS DOCUMENTOS

Documento 1
9 de marzo de 1960
Fuente
Colección del Archivo Digital de Seguridad Nacional: Crisis de los Misiles en Cuba Revisitada: Una colección internacional de documentos, desde la Bahía de Cochinos hasta el borde de la guerra nuclear
Este es un memorando de conversación de la primera reunión del Grupo de Trabajo de la CIA para planificar lo que se convirtió en Bahía de Cochinos, una operación encubierta para reclutar, entrenar e infiltrar unidades paramilitares en Cuba para derrocar a Fidel Castro. La reunión es destacable porque el jefe de la división del Hemisferio Occidental, J.C. King, afirma que «a menos que Fidel, Raúl Castro y Che Guevara pudieran ser eliminados en un solo paquete —lo cual es muy improbable— esta operación puede ser un asunto largo y prolongado y el gobierno actual solo será derrocado mediante el uso de la fuerza.»

Documento 2
16 de mayo de 1960
Fuente
Crisis de los misiles en Cuba revisitada
Este memorando describe el programa encubierto original de lo que evolucionó hacia la operación de Bahía de Cochinos. Fechado el 16 de mayo de 1960, el plan fue presentado y autorizado por el presidente Eisenhower al día siguiente. Los componentes del plan incluyen la creación de una oposición cubana unificada, el desarrollo de instalaciones de radiodifusión y el entrenamiento de fuerzas paramilitares. El propósito de las operaciones, según la propuesta, es «lograr la sustitución del régimen de Castro por uno más dedicado a los verdaderos intereses del pueblo cubano y más aceptable para Estados Unidos, de modo que evite cualquier apariencia de intervención estadounidense.» El presupuesto propuesto original es de 4,4 millones de dólares; para el momento de la invasión, el presupuesto había subido a 45 millones de dólares.

Documento 3
12 de enero de 1961
Fuente
Crisis de los misiles en Cuba revisitada
Cuatro meses antes de la invasión, agentes de inteligencia cubanos presentaron este informe detallado sobre los preparativos de la CIA para invadir Cuba. El informe se centró principalmente en Guatemala, donde la CIA había establecido una base de entrenamiento para una gran fuerza de exiliados. Los agentes cubanos contaron unos 48 aviones B-26 que iban a ser utilizados en el ataque y afirmaron que «la mayoría de los aviones no tienen distintivos y la mayoría están pintados de negro.» Se realizaban «simulacros de paracaidismo» nocturnos como parte del entrenamiento de la fuerza de invasión, y «se realizaban sesiones de entrenamiento usando potencia de fuego real».

Documento 4
6 de mayo de 1961
Fuente
Crisis de los misiles en Cuba revisitada
Este informe del 5 de mayo de 1961, redactado por el coronel Jack Hawkins, jefe paramilitar de la operación de Bahía de Cochinos, es la primera autopsia detallada sobre la operación de Bahía de Cochinos. Su informe de 48 páginas citaba la mala organización de la CIA y las «consideraciones políticas» impuestas por la administración Kennedy, como la decisión de cancelar los ataques aéreos del Día D que «condenaron la operación», como elementos clave de su fracaso. «Las operaciones paramilitares no pueden llevarse a cabo eficazmente con tarjeta de racionamiento», concluye el informe. «El Gobierno y el pueblo de los Estados Unidos aún no están psicológicamente condicionados para participar en la guerra fría recurriendo a las medidas duras, rigurosas, a menudo peligrosas y dolorosas que deben tomarse para ganar.» Hawkins también recomendó que no se realizaran más operaciones encubiertas para deponer a Castro, salvo que vayan acompañadas de una invasión militar. Según el informe, Castro «no podía ser derrocado por medios que no fueran la aplicación abierta» de la fuerza estadounidense.

Documento 5
18 de mayo de 1961
Fuente
Obtenido por William Burr, analista senior del Archivo de Seguridad Nacional, en los Archivos Nacionales
En este poco conocido memorando dirigido al presidente Kennedy, fechado un mes después del fallido ataque a Cuba, el asesor de la Casa Blanca Arthur Schlesinger Jr. informa sobre su misión de investigar la organización de la agencia de inteligencia británica, el MI6, y sus relaciones con el Ministerio de Asuntos Exteriores británico. El presidente ha encargado a Schlesinger que examine «la estructura de inteligencia británica» para determinar «qué valor podría haber para nuestra propia visión sobre la reorganización de la CIA», reflejando la consideración de Kennedy de reconfigurar la CIA tras el desastre de Bahía de Cochinos. «Lo que resulta especialmente interesante en la experiencia británica no es la división entre inteligencia y operaciones», aconsejó Schlesinger al presidente, «sino el medio por el cual el servicio clandestino se mantiene bajo un control político continuo.» En sus conclusiones, Schlesinger argumentó que no se podían mantener en secreto las operaciones encubiertas a gran escala y que los esfuerzos por crear historias de cobertura para tales operaciones invariablemente dañarían los valores y la credibilidad de Estados Unidos, tanto en el país como en el extranjero.

Documento 6
Casa Blanca, Memorando, «Reorganización de la CIA», Secreto, 30 de junio de 1961
30 de junio de 1961
Fuente
Colección de la Ley de Registros de Asesinatos de JFK, lanzamiento de marzo de 2025
En este extenso memorando al presidente, el asesor de la Casa Blanca Arthur Schlesinger Jr. expone un argumento detallado para «reconstituir» la CIA tras la fallida invasión de Bahía de Cochinos. Sugiere que la Agencia debería quedar bajo el control del Departamento de Estado y que sus funciones de recopilación de inteligencia y operativas se separen en dos nuevas entidades con los títulos «inocentes» de «Agencia de Investigación Extranjera» y «Servicio Nacional de Información».

Documento 7
22 de agosto de 1961
Fuente
Biblioteca Presidencial John F. Kennedy
En este memorando de conversación, el asesor de la Casa Blanca Richard Goodwin relata al presidente Kennedy su encuentro con Ernesto «Che» Guevara—el primer diálogo en canales paralelos entre Washington y La Habana. Guevara quería establecer un «modus vivendi» con el gobierno de EE. UU., informa Goodwin. También «quería agradecernos mucho por la invasión—que había sido una gran victoria política para ellos—[y que les había] permitido consolidarse y transformarlos de un pequeño país agraviado a un igual.»

Documento 8
1 de octubre de 1961
Fuente
Solicitud de la Ley de Libertad de Información del Archivo de Seguridad Nacional
Este análisis interno de la operación de la CIA en Bahía de Cochinos, redactado por el inspector general de la CIA Lyman Kirkpatrick tras una investigación de seis meses, es muy crítico con los altos funcionarios de la CIA que concibieron y dirigieron la operación y culpa directamente a la propia CIA del embarazoso fracaso. El informe señala una mala planificación, inteligencia insuficiente, personal deficiente y la inducción engañosa de funcionarios de la Casa Blanca, incluido el presidente, como razones clave del fracaso de la operación. «La negación plausible era una ilusión patética», concluyó el informe. «La Agencia no reconoció que, cuando el proyecto avanzaba más allá de la etapa de negación plausible, estaba yendo más allá del área de responsabilidad de la Agencia así como de la capacidad de la Agencia.» El informe desclasificado, obtenido por el analista del Archivo Peter Kornbluh bajo la Ley de Libertad de Información, también contiene una réplica a Kirkpatrick de la oficina del subdirector Richard Bissell, cuestionando esas conclusiones.

Documento 9
CIA, Memorando, «Maheu, Robert A.», Secret Eyes Only, 24 de junio de 1966
24 de junio de 1966
El director de seguridad de la CIA, Howard J. Osborn, envía un resumen detallado al subdirector sobre la colaboración CIA-Mafia para asesinar a Castro antes de la invasión de Bahía de Cochinos. La historia comienza con la autorización del subdirector de planes, Richard Bissell, para «una misión delicada que requiere acción tipo gánster. El objetivo de la misión era la liquidación de Fidel Castro.» El informe describe cómo Robert Maheu fue utilizado como un «intermediario» de la CIA para acercarse a los mafiosos Johnny Roselli y Sam Gold. También describe cómo la División de Servicios Técnicos de la CIA «desarrolló una pastilla que contenía los elementos de rápida solubilidad, alto contenido letal y poca o ninguna trazabilidad» como dispositivo de asesinato. Se produjeron seis pastillas que pasaron inicialmente a un funcionario cubano con vínculos con la mafia, Juan Orta. Cuando se echó atrás, las pastillas fueron entregadas a un miembro de la Junta de Exilio de Cuba, Anthony Verona, para que las pasara a operativos en La Habana. Pero, según el informe, «el potencial de Verona nunca se explotó plenamente, ya que el proyecto fue cancelado poco después del episodio de Bahía de Cochinos.»
Publicado: 16 de abril de 2026
Editado por Peter Kornbluh
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MEMORIA PERSONAL DE LA VENEZUELA DE LA ESPERANZA
Juan María Alponte
I

La muerte de Hugo Chávez y todo lo que se ha vivido como ex ante y ex post, me ha recordado, vivencias legítimas, mi paso por Venezuela. Uno de mis libros –“El Tercer Mundo” que publicó Alianza Editorial- está dedicado a Miguel Ángel Burelli Rivas que, en un tiempo fue ministro de Relaciones de Venezuela y fue leal y generoso amigo en difíciles horas para mí- que conectaba, en aquellos días, con las nuevas generaciones latinoamericanas.
En efecto, Venezuela vivió las dictaduras de la época a plenitud. En la primera década del siglo XX, en diciembre de 1908 el general Gómez controla los cuarteles y con un golpe de Estado contra el general Castro –historia viejísima de generales- y el mismo Congreso que había sido castrado por Castro –“Restaurador de Venezuela”- elige al general Juan Vicente Gómez como presidente “provisional”.
En 1910 –3 de junio- el Congreso, las bayonetas cercanas, nombra al general Gómez presidente por cuatro años. Vasconcelos, siempre de pie, en 1923 hizo un discurso que cayó en Caracas como un misil: condenaba, sin temor, lo que llamó “los métodos despóticos de Gómez”. En ese año, de luchas contra la dictadura, amaneció, asesinado en su cama, el general –otro más- Juan C. Gómez, hermano del dictador. El reparto de puestos en la familia no era novedad allí y acá.
El asesinado en la cama, era –¿cómo no?- gobernador del Distrito Federal y vicepresidente de la República. Era el 29 de junio de 1923. La represión fue bárbara. Gómez sería reelegido, cada cuatro años, como en un cuento de hadas y, por si fuera poco, –de ahí la chequera de Hugo Chávez y su reelección permanente- en 1926, por vez primera, las exportaciones de petróleo, que cambiarían la fisonomía gubernamental de Venezuela, superaron las exportaciones de café. Venezuela se alinea con los cuatro “grandes”, petroleros, pero los grandes imponían, con sus compañías, las condiciones y la corrupción.
El país crecía, su población, en 1926, era de 3 millones y poco más de habitantes. Gómez, el dictador, “generoso”, vende al país petrolero un latifundio suyo que compró, en 1911, por 80,000 bolívares y que el Estado (el suyo) compró por 17 millones en 1926. Dicen las malas lenguas que el dictador (otro más) hizo esta frase sublime: “La Patria debe sacrificarse por mí que tanto hago por ella”.
El tiempo, esa memoria, en ocasiones, de la ira y la indignación, se empeña en llevar la contraria a Gómez y en 1928 la Universidad, en huelga, desafía al dictador. Los choques con los estudiantes duraron más de una semana. El general clausuró la Universidad Central y, sin más, se permitió otra frase famosa: “Como los estudiantes no quieren estudiar los voy a poner a trabajar”. Una pedagogía prodigiosa, pero invalidada por la historia.
Claro está, en 1930, la Dictadura (al igual que Chávez, en tiempos distintos) lanza la casa por la ventana para conmemorar la muerte, ya centenaria, de Bolívar. En artículo anterior he contado su muerte. Abandonado de todos y que, en Santa Marta, sólo le abrió sus puertas un español que, al verle muy enfermo, le condujo a su quinta, en San Pedro Alejandrino donde murió en 1830. ¿Quién ha recordado, al margen de los lugares comunes, esa muerte y en esas condiciones? Recordemos que unos días antes fue asesinado su segundo, el mariscal Sucre, vencedor de la última batalla en América por la Independencia: la batalla de Ayacucho. Todavía no sabemos –es un decir- quién lo asesinó. La nueva oligarquía asesinaba ya.
El dictador venezolano, sin duda, hizo una gran fiesta en el primer centenario de la muerte de Bolívar. El ilustre maestro juvenil de Bolívar, el admirable Simón Rodríguez, cuando Bolívar le hizo ver que había liberado cuatro repúblicas, incluida Colombia, el viejo maestro le contestó así: “Repúblicas sin republicanos y sin ciudadanos”. Simón Rodríguez pensaba que las Independencias debían comenzar con una revolución educativa. ¿Quién se lo iba a decir a Gómez? Todavía, hoy, esperamos, aún, la revolución educacional.
Una nota importante en la vida del dictador y general Gómez. En 1935 Caracas recibe, con fantásticas recepciones, a Carlos Gardel el cantante fabuloso de tangos. Ante el general Gómez, eterno presidente –el camino que llevaba Hugo Chávez- Gardel cantó un tango famoso en la época: “Pobre Gallo Viejo”. La prensa dijo –he leído un recorte- que el general de las represiones, “al escuchar a Gardel se le escaparon las lágrimas”. Era muy sensible, al parecer. Sus millares de víctimas no lo supieron.
En ese mismo año –y no le echo la culpa a Carlos Gardel, líbreseme de semejante acusación- el 17 de diciembre murió el dictador en Maracay. Había gobernado la friolera, continua, de 27 años. Chávez llevaba sólo 14.
El Congreso, en 1936, –España iniciaba la Guerra Civil- nombró presidente provisional al general López Contreras. El país entra en ebulliciones, vastas manifestaciones se alzan en Caracas –muertos hubo en los choques- y el 20 de julio de 1936 el general promete un gobierno regido por la legalidad. El Congreso enmienda la Constitución y reduce a 5 años –¿qué les parece?- el periodo presidencial y como si fuera nuestra “maistra”, que Dios no lo quiera, se hizo el balance económico del dictador muerto. El Poder Judicial llegó a la conclusión de que su riqueza personal ascendía a 400 millones de bolívares. Un pobre de pedir.
En 1941, bajo la presidencia del general –¡qué raro!- Isaías Medina Angarita se inicia el reconocimiento de los partidos políticos y entra en escena Acción Democrática y en 1944 se acepta la presencia del Partido Comunista bajo la denominación –para que no suba la presión de las personas angélicas- de Unión Popular.
En 1945 las tensiones crecen y los jóvenes oficiales –no estaba Hugo Chávez entre ellos- posibilitan el derrumbe del gobierno del general Medina Angarita. ¿Hacia dónde se va? Nadie lo sabía muy bien, pero aparecen nuevos partidos políticos y se crea un Jurado de Responsabilidad Civil y Administrativa para investigar los enriquecimientos inauditos que vivía el país. Imagínense el berenjenal. El decreto subrayaba que se examinaría la riqueza en el ejercicio de los funcionarios públicos. Aparece el doctor Rafael Caldera, a quien en su día entrevisté, y funda el COPEI, Partido Social Cristiano.

En 1947 –no lo vivió Hugo Chávez- Venezuela, por voto directo, elige como Presidente de la República al novelista Rómulo Gallegos como candidato de Acción Democrática el 14 de diciembre. Obtuvo 871,752 votos. Era, repito, el 14 de diciembre de 1947. Mi corazón estallaba de alegría.
En 1948 el primer ciudadano elegido en verdaderas elecciones inicia su gobierno. Mi amigo Juan Pablo Pérez Alfonzo (los dos estamos en una preciosa fotografía en su casa de Caracas con un jardín lleno de plantas tropicales preparando una intervención de los dos en televisión- fue encargado por Rómulo Gallegos –esa tez bronceada llena de manchas negras y esos ojos penetrantes y lúcidos- del problema, creciente, del petróleo. ¿Se imaginan ustedes?
Propuso, Pérez Alfonzo, inmediatamente, lo inaudito: el “fifty-fifty”, es decir, el 50% para el Estado y el 50% para las compañías USA. A la vez se modifica la Ley del Impuesto sobre la Renta y se crea un impuesto adicional. La oligarquía, dueña de todo –con las compañías extranjeras dueñas del petróleo- de lo viviente y lo no viviente, asiste, el 12 de noviembre de 1948, a la aparición de las bayonetas del poder omnímodo. El 24 de noviembre de 1948, en efecto, se produjo un golpe militar, se destituyó de la presidencia al novelista admirable de “Doña Bárbara” –había gobernado sólo unos meses- y se le aprisiona. Finalmente se asila en la embajada de Colombia.
El golpe de 1948 –apenas pudo gobernar- devolvió al ejército el poder con una Junta de Gobierno que tendría pronto un líder militar: Marcos Pérez Jiménez. Una nueva Dictadura comenzaba. Rómulo Gallegos, primer presidente elegido en las urnas de verdad fue desposeído del poder inmediatamente: el petróleo y la oligarquía histórica (se decretó, en 1949, “devolver los bienes a los que el Jurado de Responsabilidad Civil había adjudicado a la Nación”) y obviamente se cargó la culpabilidad sobre Juan Pablo Pérez Alfonzo que impuso el “fifty-fifty”. El imperio petrolero jugó, también, su papel. Largas conversaciones tuve con Pérez Alfonzo en su casa de Caracas. Guardo la fotografía, los dos en camisa, envueltos en la selva tropical que era su jardín. Días de aprendizaje y júbilo intelectual.
Tiempo después pregunté a Rómulo Gallegos, en su casa de Caracas, cómo eligió a María Félix para la película de “Doña Bárbara”. Me dijo: “Había una fila de actrices y las escuchaba hablar. Cuando llegó el turno de María Félix no dudé un momento. La elegí sin una sola duda”. Volví a ver a Rómulo Gallegos, muchos años después, en su casa de Caracas, en las laderas del monte. Me sentí subyugado y, a la vez, doliente de su historia política. En su cara, bronceada, brillaba la luz. Le trasladé, después, a Juan Pablo Pérez Alfonzo mis impresiones. Me dijo: “Son justas. Yo trabajé unos meses con él hasta que tocaron los tambores y tumbaron la esperanza”.
Tengo el libro de Juan Pablo Pérez Alfonzo (el del fifty-fifty) y de Domingo Alberto Rangel. El título es simplemente así y no más: “El Desastre”, 1976.
Dejo aquí la pluma. El lunes seguiré con esta historia que nos es común, pero que ha sido eludida porque nuestra historia ha sido escrita en tinteros que ocultan la verdad. No olviden que el doctor Mora nos dice, en su libro sobre las Revoluciones en México que entre 1810 y 1841 tuvimos 327 revueltas.
Pérez Alfonzo, a su vez, en “El Desastre”, en la página 39 –estoy seguro que no lo leyó Hugo Chávez- dice lo siguiente: “El problema del Estado plantea, en primer término, la depuración a fondo de las Fuerzas Armadas, cosa que no hizo el gobierno de Acción Democrática…”. (Página 39. Título de la página. Depuración de las Fuerzas Armadas). Entonces ya Venezuela lo vivió y el primer presidente elegido en las urnas apenas gobernó un año. Lección. Lecciones.

II
Dice, nuestro doctor Mora, que entre 1810 y 1846 hubo 327 revueltas de mayor o menor dimensión en México. Todas ellas, hierro y muerte. Cuenta, también, las siguientes: desde 1846 a su muerte. Muchas todavía. Lo he recordado al pensar que el primer presidente de Venezuela, libremente elegido, y sin la sombra de las espadas, fue Rómulo Gallegos, el novelista autor de “Doña Bárbara”. Elegido, en las urnas, tomó posesión de la presidencia el 14 de enero de 1948 y fue expulsado del país, por un golpe militar, el 14 de noviembre del mismo año. Fue el primer presidente venezolano elegido en las urnas desde la Independencia.
Había nacido, Rómulo Gallegos Osio en Caracas en 1884. Bolívar había muerto en 1830, desposeído de todos sus cargos por la nueva oligarquía y murió en la casa de un español en Santa Marta. El único que le abrió las puertas de su casa cuando se encaminaba, con un grupo, menor que los dedos de las dos manos, con la esperanza de llegar a Caracas y morir allí. Murió, abandonado, en Santa Marta. Rómulo Gallegos nació después de la Guerra Federal o Guerra Larga que asoló Venezuela entre 1859 y 1863. En realidad, desde 1830, con la muerte de Bolívar, las revueltas y golpes militares en Venezuela dejan bien al doctor Mora. En todas partes lo mismo: una lucha airada por el poder, pero no por la democracia.
En la anterior entrega he resumido la implacable dictadura del general Gómez y, tácitamente, de sus antecesores y sucesores. El padre de Rómulo Gallegos vivió, en 1868, el combate por la conquista de Caracas por las tropas de Monagas. Durante 3 días combatieron azules y federales. Las vegas cercanas a Caracas se llenaron de cadáveres. Monagas desfiló, a caballo, por Caracas entre flores y aplausos. Cinco meses después falleció creyendo que había dejado unida la República. Quedó al frente de la República, lo normal, su hijo, José Ruperto, que fue derrocado por otro “revolucionario” dos años después. Al frente de Venezuela quedó otro caudillo: el general Guzmán Blanco.
Bajo su gobierno autocrático se inventaron para él todos los títulos: Regenerador , Ilustre Americano, etc. En esas décadas de violencia vino al mundo, en 1884, Rómulo Gallegos. Sería el primer gran novelista de Venezuela. Caracas tenía 55,685 habitantes y el primer presidente elegido, verdaderamente, en las urnas, Rómulo Gallegos, vivió sus primeros años bajo el gobierno autocrático de otros caudillo: Guzmán Blanco.
Juan Liscano, biógrafo de Rómulo Gallegos nos dice “que Rómulo Gallegos vivió condenando la violencia y los excesos de los mal llamados revolucionarios, los combates fratricidas, las proclamas altisonantes y los despliegues del machismo enfermizo y la glorificación del homicidio que alimenta la mitología, siempre actual, de nuestras guerras civiles latinoamericanas. Vio brotar, Rómulo Gallegos, a los caudillos en las aldeas humeantes, en los sembradíos calcinados, en las haciendas en ruinas. Sobre ellas volaban las auras hambrientas mientras las seguía la montonería harapienta de campesinos cetrinos y mal armados”. (Página 23)
El Rómulo joven, el novelista famoso, el hombre que había vivido el mundo que retrata Juan Liscano en “Rómulo Gallegos y su tiempo” no podía prever que en 1948 Rómulo Gallegos, en una elección sin una sola contradicción, sería el primer presidente salido de unas urnas de verdad desde la Independencia.
Sin terminar su primer año fue desterrado del poder y del país por un golpe militar que, en el fondo, negaba las reformas petroleras y fiscales que impuso un gobierno con el apoyo de mi amigo –que un día sería uno de los fundadores de la OPEP- Juan Pablo Pérez Alfonzo.
En ese tiempo, maduro hasta el desaliento, conocí a Rómulo Gallegos desposeído de la presidencia por una Junta Militar que consagraría, por años, al comandante Marcos Pérez Jiménez. Caracas parecía que volvía a ser la sede de los caudillos. Etapa de levantamientos y crímenes de Estado. En 1951 Venezuela tenía 5,034.838 habitantes. En 1951 la huelga universitaria terminó con la de destitución de los profesores y la expulsión y prisión de muchos jóvenes. Los fusilamientos, con las ametralladoras en función, a plena luz del día, asesinaron a Ruiz Pineda, líder de Acción Democrática.
Las elecciones, cuando no a “favor”, desconocidas y desacreditadas. En 1952 el coronel Marcos Pérez Jiménez fue nombrado presidente provisional. Una Asamblea Nacional Constituyente (1953) corona la dictadura nombrándole Presidente Constitucional, hasta 1958, a Pérez Jiménez. Las Fuerzas Armadas en sus manos. El pecho del coronel no podía colgar todas las condecoraciones y honores que le impusieron con honores, incluidas las preseas de algunos países que creían que, el Dictador, había impuesto la paz y la seguridad del petróleo. Los asesinatos de los discrepantes y las concesiones petroleras formaron una nueva oligarquía.
En 1958, Marcos Pérez Jiménez, inventa el mundo moderno. En efecto señala el Congreso –el suyo- “que quien ha demostrado competencia en el ejercicio del poder debe continuar en él sin más”. Propone, generoso, un plebiscito. El mismo día (21 de noviembre de 1958) Pérez Jiménez es proclamado presidente para el periodo 1958-1963. El Heraldo lo comentó así: “La noticia produjo enorme entusiasmo en el público”.
Para ratificar el contento social se expulsa al doctor Rafael Caldera, líder del COPEI –a quien hice una entrevista años después- que, en nombre de la derecha cristiana se reúne en Nueva York con los líderes exiliados de la izquierda: Betancourt y Villalba. ¿Qué deciden? Nada más que esto: “Un frente común frente a la Tiranía”. Así lo sustentan.
De pronto lo impredecible, es decir, lo predecible. El 1 de enero de 1958, diez años después del golpe militar contra Rómulo Gallegos –ya conté en la anterior entrega lo que me dijo sobre su elección de la “Doña” mexicana para el papel de su “Doña Bárbara” venezolana de los llanos- volaron sobre Caracas aviones de las Fuerzas Armadas lanzando manifiestos contra la dictadura. Más aún: los cuarteles se movilizan, con la gente, en un frente común. Es el fin –asombroso- del gobierno de Pérez Jiménez.

El 21 de enero de 1958, en medio de un gigantesco repique de campanas, pueblo y soldados, se unen contra la Tiranía que se hacía insoportable. El 23 de enero, a las 2 de la madrugada los aviones de Marcos Pérez Jiménez despegan de Caracas, en un amanecer enardecido, con el Dictador y su gente. Como un solo hombre, en la amanecida, el pueblo llena calles y plazas dando gritos clamorosos por “una Navidad feliz y nueva”.
Se forma, inmediatamente, una nueva Junta de Gobierno (23 de enero) dirigida por el contraalmirante Wolgang Larrazabal que se ha unido al alzamiento popular desde las primeras horas fáusticas del pueblo en las calles. La primera decisión, capital, unánime, consistió en ir a las cárceles a libertad los presos políticos. Fue un momento conmocionante y fecundo. En las calles la policía resistía, cierto, la revuelta popular. Se cuentan, en la Navidad gloriosa, 253 muertos y 1,100 heridos.
Se confiscan los bienes de Marcos Pérez Jiménez, un déspota más y más rico por el petróleo. Las Navidades de la rebelión generan el comienzo del regreso de los líderes políticos en el exilio al restablecerse, sin más, las garantías constitucionales a los partidos prohibidos.
El 27 de enero Jovito Villalba, Gustavo Mechado, Rafael Caldera y Rómulo Betancourt llegan del exilio y reciben un homenaje cálido, elocuente, vibrante. Juan Bosch, que vivía un largo exilio en la lucha contra la dictadura de Trujillo en la República Dominicana, me llamó, telefónicamente, para ratificarme algo que mi cabeza ya sabía: que la rebelión del pueblo caraqueño contra Marcos Pérez Jiménez no era algo pasajero, sino un hecho histórico. Me añadió: “Mis amigos regresan desde el exilio a Caracas. Vete a verlos”.
Volé a Caracas y me entrevisté con Jovito Villalba, Caldera y, sobre todo, con Rómulo Betancourt a quien había conocido en Madrid durante un largo exilio por el mundo.
Todavía hubo intentos de resistencia en algunos grupos de la Dictadura. Todos fracasaron. En la Quinta “Punto Fijo” hubo un acuerdo entre todos los partidos. Lo principal fue un consenso claro: respaldar, sin una sola duda, al candidato que, representando a cada uno de los partidos, saliese vencedor en las inmediatas elecciones. El 8 de diciembre de 1958, Rómulo Betancourt, de Acción Democrática, obtuvo el 49.9% de los votos: 1,284.092; Larrazabal contó con el 34.6% y Caldera, del Partido Cristiano, el 16%.
Recuerdo, como hoy, las palabras que le oí a Betancourt: “Gobernaré con el pueblo y por un solo voto dejaría el poder”. El 24 de enero de 1959 llegó a Caracas Fidel Castro. Recuerdo, muy bien, el aplauso cerrado, cálido, con que se le recibió en la Cámara de Diputados. Rómulo Betancourt asumió la Presidencia de la República el 14 de febrero de 1959. Era hombre de la izquierda, pero dijo No a Fidel Castro que pretendía una movilización popular de guerrillas para afianzar el régimen. Betancourt no estuvo de acuerdo: “Quiero que se implante en Venezuela un régimen democrático con la alternancia de los partidos”. Oigo, aún, su voz. Traigo a mi mesa de trabajo el montón de libros de Juan Bosch. Leo las cálidas dedicatorias que me dedica ahora que él, sin más, se ha ido de este mundo. Fue Presidente de la República Dominicana. Un día me llevó, carretera adelante, con el mar azul cercano, hasta una curva donde asesinaron a Trujillo, su enemigo personal. Ni una palabra de odio o desmesura. Me añadió: “Justamente, donde ahora estamos, Trujillo se bajó del automóvil que le llevaba a su casa y, rodilla en tierra, con su ametralladora hizo frente a los que le tiroteaban”.
Ese relato de la historia es conmocionante. Cuando Juan Bosch fue Presidente de la República supo, después de decenas de exilios (su hija Barbarita nació en Caracas; su hijo Patricio en Cuba) que el Poder no es un regalo, sino un inmenso problema.
De aquel grupo, Betancourt, Caldera, Jovito Villalba y todos los que regresaron a Venezuela y fundaron el régimen de elecciones libres con mandatos bien definidos constitucionalmente guardaban memoria del exilio y la esperanza de la democracia.
El petróleo, río peligroso, fue nacionalizado con Carlos Andrés Pérez en el momento mismo de la subida asombrosa de los precios. Le entrevisté, en el Palacio de Miraflores donde estuve varias veces porque muchas personas querían que me quedara en la universidad y la política. Me quedó el dolor de que el trofeo del petróleo corrompía la política y al propio Carlos Andrés Pérez. Todo se podía comprar con el dinero en torrentes y todo se podía encanallar. Aparecieron cuotas de poder heráldico y corruptor. El petróleo lo compraba todo. Pensaba en aquellos que llegaron del exilio en 1958 con el grito del pueblo. Todo terminó en la parábola de Hugo Chávez.
Bolívar murió en 1830 cuando, despojado de todos los poderes por la nueva oligarquía, murió en Santa Marta en la única casa que le abrió sus puertas. La de un español generoso que le llevó, enfermo, a su quinta de recreo. Allí murió casi solo. Su camarada y subordinado, el mariscal Sucre acababa de ser asesinado –hasta hoy no se sabe por quién, pero eso es un decir- y fue la última noticia amarga que le acompañó en sus últimos días (antes de las grandes ceremonias que le han rendido los vencedores con la chequera del petróleo) en los cuales tuvo fuerza suficiente para dirigir a los colombianos su último mensaje. Hele aquí tal como lo escribió no muchas horas antes de morir:
“¡Colombianos! Mis últimos votos son para la felicidad de la Patria. Si mi muerte contribuye a que cesen los partidos y se consolide la Unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”.
Ustedes dirán si se cumplió entre 1830 y el 2013, una sola de esas líneas. Pero se le usa, día a día, en los altares de todas las satrapías.
Marzo 2013.
Juego de Ojos
El Sol de Pyongyang
Miguel Ángel Sánchez de Armas
Cada 15 de abril Corea del Norte celebra el Día del Sol. No es un fenómeno astronómico. No es un eclipse. Venus no cruza frente al disco solar como en 1874 cuando astrónomos de todo el mundo, entre ellos mexicanos, pudieron ver su sombra y medir la distancia entre la tierra y la estrella que nos da vida. No. Ese encuentro no lo tendremos de nuevo sino hasta el 2117.
Se trata de algo más elevado, más cercano al milagro de los ángeles que danzan en la cabeza de un alfiler. Es, señoras y señores, el cumpleaños de Kim Il Sung, el amado líder que la fuerza de un Estado convirtió en astro luminoso, en presidente eterno.
No estoy de acuerdo con Chucho Silva Herzog cuando sataniza a los camaradas del PT que se rasgan las vestiduras y se echan ceniza en el pelo por la dolorosa nostalgia que les provoca la ausencia del amado líder. Chucho es demasiado joven para comprender el dolor que asaetea el alma de los viejos cuando sienten que la historia se les escapa entre los dedos nudosos.
En Pyongyang el calendario político es una liturgia. El 15 de abril las avenidas se llenan de flores kimilsungia, una orquídea bautizada en honor del llorado dirigente. Los altavoces esparcen canciones patrióticas. Los ciudadanos desfilan ante las estatuas colosales del líder para inclinarse en una reverencia mezcla de ritual civil y acto de supervivencia. En la biografía oficial Kim il Sung es el padre del universo norcoreano.

Durante felices años el gran líder arropó a las masas en el seno de su “revolución continuada”. Y abiertos los brazos al mundo, recibía en su palacio las peregrinaciones de intelectuales y periodistas que daban fe de la luminosidad de la idea Juche. Entre esos romeros hubo mexicanos. Sí, compatriotas nuestros, muchos de ellos periodistas. Recuerdo la época en que la ruta D.F.-Pyongyang-Pekín-Praga-Harare-Habana-D.F. fue más célebre que el Camino de Santiago.
Durante mis años reporteriles, en el frescor de El Nivel y El Negresco, escuché de queridos amigos míos, hoy ya enviados especiales al más allá, aventuras al norte del paralelo 38 que dejaban chiquito a Ulises y hacían de Miguel Strogoff un simple mandadero. Por más que me esforcé, tristemente mi presencia nunca fue requerida en uno de esos periplos.
Pero supe de espectaculares hazañas del suryong, el gran líder. Recuerdo dos en particular. En la provincia de Hwanghae, Kim Il Sung visitaba a floricultores en crisis por la sequía, la falta de créditos y la competencia desleal de los odiados capitalistas del sur. Pero el líder comprendió que el problema no era económico, de producción o del clima, sino del deterioro del celo revolucionario. Así que los arengó durante varias horas y su homilía revivió la llama de la revolución, con lo que las flores se multiplicaron y medraron en color y perfume.
Poco después el amado líder se presentó en una cooperativa editorial en donde encontró un panorama sombrío. Las revistas y periódicos perdían lectores; los libros languidecían en los anaqueles. De nuevo el gran hombre detectó las causas: los redactores, los fotógrafos, los poetas y los diseñadores habían caído en la autocomplacencia y en el personalismo pequeñoburgués. Kim Il Sung procedió a corregirlos y como padre amoroso los llevó por el camino de la autocrítica revolucionaria, con lo cual regresaron al mercado y capturaron lectores a lo largo y ancho del territorio a su cuidado.
Su ejemplo fue profundo, duradero y planetario. ¿No quiso Fidel Herrera armar el eje Xalapa-Pyongyang como única zona en el planeta con control total del internet? Estoy convencido de que fue la siniestra CIA la que saboteó los esfuerzos del Tío Fide y arrojó descrédito a la tierna costumbre de que los niños de primaria lo recibieran cantando sones compuestos en su honor, tal como se celebra al líder en las escuelas norcoreanas.
En Corea del Norte la mitología oficial llegó a extremos que rozan lo fantástico. Kim Il Sung poseía una inteligencia militar sin precedentes, intuición científica para resolver problemas agrícolas y una capacidad casi sobrenatural para prever el futuro político del país.
Corea del Norte fue donde el cristianismo protestante se arraigó por primera vez en el país gracias a misioneros gringos a finales del siglo XIX. Kim nació en el seno de una familia profundamente cristiana y en su juventud impartió catecismo los domingos, según nos revela Jonathan Cheng en El mesías coreano: Kim Il Sung y las raíces cristianas del culto a la personalidad en Corea del Norte. El amado líder reconocía esta herencia, para bien o para mal. Esto quizá explique el amor peteísta por el llorado líder, pues a fin de cuentas acá entre nosotros la militancia política es también una religión, una lucha del bien contra el mal.
Los padres de Kim Il-Sung estuvieron entre los primeros conversos presbiterianos. Entre quienes documentaron las raíces cristianas del régimen estuvieron el evangelista Billy Graham y el expresidente Jimmy Carter. Incluso, la esposa de Graham, Ruth, asistió a una escuela secundaria presbiteriana en Pyongyang en la década de 1930, cuando la ciudad ya se había consolidado como la “Jerusalén de Oriente”.
Kim Il Sung llegó al poder con apoyo de la URSS tras la Segunda Guerra Mundial. En 1950 lanzó la invasión del sur que detonó la guerra de Corea, uno de los conflictos más devastadores del siglo XX: millones de muertos, ciudades arrasadas y una península dividida que aún vive en armisticio.
El culto a la personalidad tuvo un rasgo peculiar: el poder se heredó como si fuese una monarquía. Kim Il Sung preparó durante años la sucesión de su hijo Kim Jong Il, inaugurando una dinastía política que continúa hasta hoy con Kim Jong Un, quien justo por estas fechas prepara a su hijita para que tome las riendas cuando la idea Juche se sirva llamarlo.
Pero el sistema que construyó se sostuvo también sobre un aparato de represión extraordinario. A la par del culto, el régimen instaló campos de prisioneros políticos para albergar a los enemigos del Estado y a los sospechosos. Familias enteras desaparecieron por el delito de haber criticado al gobierno o de pertenecer a un linaje considerado hostil. En Corea del Norte la lealtad no se mide sólo por la militancia sino por el origen social y político. El sistema de clasificación hereditaria determina quién puede estudiar, viajar o vivir en Pyongyang. La fidelidad al líder es un asunto de genealogía.
A propósito del 114 aniversario del nacimiento del amado líder, Ángel de la O me hizo llegar su comentario:
“Trump y Kim Il Sung pertenecen a geografías morales distintas, pero comparten una intuición primaria del poder: convertir la política en espectáculo de voluntad. El primero, hijo del capitalismo mediático, gobierna a golpe de estridencia y narcisismo, como si la Casa Blanca fuera una extensión de su marca personal; el segundo, arquitecto de una dinastía cerrada, edificó un culto donde el Estado se volvió espejo único del líder. Uno grita para dominar la conversación; el otro silenció al país para no perderla nunca. En ambos casos, la realidad queda subordinada a una ficción cuidadosamente administrada: en Washington, la del éxito irrebatible; en Pyongyang, la de la eternidad revolucionaria. No son equivalentes, pero dialogan en ese punto inquietante donde el poder deja de ser institución y se vuelve relato.”
19 de abril de 2026
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