El Senado de la República debería ser la cámara reflexiva, la tribuna más alta del debate nacional, el espacio donde se confrontan proyectos de nación y se piensa en el largo plazo para diseñar el futuro del país. Sin embargo, la realidad que hoy ofrece dista mucho de esa aspiración constitucional. Lo que presenciamos en cada sesión es más cercano a un circo grotesco que a un ejercicio parlamentario: insultos, gritos, desplantes, riñas verbales y físicas que han reducido la investidura senatorial al espectáculo más burdo. Es la degradación de la política mexicana en vivo y a todo color.
No siempre fue así. En otros tiempos, el Senado podía presumir de voces que, con sus intervenciones, marcaron época. Belisario Domínguez se atrevió a denunciar la dictadura de Huerta, aun a costa de su vida. En los noventa, cuando el país transitaba hacia la pluralidad, aún había un mínimo de solemnidad en las discusiones, un intento de mantener la dignidad del recinto. Incluso en los años de hegemonía priista, cuando todo estaba arreglado de antemano, la tribuna se respetaba y había un esfuerzo por guardar las formas. Hoy, en cambio, basta encender la transmisión de una sesión para comprobar que nuestros senadores se comportan más como porros de secundaria que como representantes populares.
La actual legislatura se caracteriza por la mediocridad. Morena y sus aliados han transformado a la Cámara Alta en un simple apéndice del Ejecutivo: aprueban sin leer, obedecen sin cuestionar, se alinean sin debatir. La oposición tampoco ha sabido estar a la altura. Más allá de gritar y descalificar, carece de un proyecto alternativo de país, no ofrece soluciones, no articula un discurso que pueda conectar con la ciudadanía. Así, oficialismo y oposición han reducido el Senado a un ring de liliputienses, incapaces de representar a la nación y de afrontar los problemas que aquejan a millones de mexicanos.
La mayoría oficialista actúa como aplanadora, sin espacio para la discusión. Su único objetivo es cumplir al pie de la letra las instrucciones de Palacio Nacional. No hay diálogo, no hay apertura, no hay reconocimiento al otro. La conducción del Senado, en manos de Gerardo Fernández Noroña, no solo confirma esta degradación: la encarna con todo su exceso. Su estilo basado en gritos, insultos, soberbia y desprecio por la Ley Orgánica refleja el ADN de la Cuarta Transformación: gobernar sin escuchar, imponer sin negociar, desestimar la norma cuando no conviene a los intereses del grupo. La presidencia de Noroña es una caricatura de lo que debería ser la Mesa Directiva; bajo su mando, la Cámara se parece más a una asamblea de porros universitarios que a la institución llamada a representar la pluralidad de la federación.
La oposición, lejos de capitalizar el desgaste del oficialismo, naufraga en su propia inoperancia. Sus integrantes han optado por la vacuidad del insulto. Incapaces de construir un proyecto distinto, se han convertido en comentaristas de la política oficialista, reduciendo su papel a la ocurrencia y a la descalificación. Les falta agenda, discurso y visión. En esa lógica, no son alternativa real, sino apenas un eco más en la confrontación estéril que alimenta la polarización y empobrece el debate.
Lo más grave es que el Senado se ha convertido en escenario de pactos indignos que exhiben la podredumbre del sistema. El cambalache entre Adán Augusto López Hernández y Miguel Ángel Yunes Márquez, mediante el cual se intercambiaron votos legislativos por impunidad, es un ejemplo de la política más ruin: la justicia como moneda de cambio, el interés público subordinado a los negocios privados, la degradación institucional disfrazada de negociación parlamentaria. Este tipo de transacciones explica por qué la ciudadanía percibe a sus representantes como mercaderes del poder y no como servidores públicos.
En esa misma línea se ubican las disputas entre Gerardo Fernández Noroña y Alejandro “Alito” Moreno. Ambos encarnan lo peor de la política mexicana. Noroña, convertido en agitador profesional, presume haber pasado de la precariedad a poseer una casa millonaria. Moreno, el sepulturero del PRI, hundió a su partido en la irrelevancia mientras acumulaba mansiones y escándalos de corrupción. Ambos son personajes que, en lugar de dignificar la política, la exhiben en su peor versión. La sola presencia de estas figuras en la Cámara Alta es ya una afrenta a la institución y a los millones de mexicanos que, al menos en el papel, representan.
La hipocresía oficialista también merece mención aparte. Mientras se llenan la boca con discursos sobre la “medianía juarista” y la “honestidad valiente”, varios senadores de Morena exhiben lujos que contradicen frontalmente su retórica. Mansiones, relojes, viajes en primera clase, autos de alta gama forman parte de su vida cotidiana, mientras el pueblo al que dicen representar sobrevive con hospitales desabastecidos, escuelas en ruinas, empleos precarios y salarios que apenas alcanzan para comer. El contraste es insultante: predican austeridad y viven como potentados. Se trata del mismo patrón de siempre, solo con nuevos protagonistas.
Mientras los senadores se enfrascan en pleitos cavernícolas, el país se desangra. El sistema de salud colapsa con hospitales sin equipamiento, sin medicinas y con pacientes que mueren esperando atención. La educación pública agoniza entre aulas sin techos, escuelas con infraestructura mínima y niños que estudian en condiciones indignas, sometidos a temperaturas extremas o a lluvias torrenciales. La economía expulsa cada vez a más mexicanos hacia la informalidad, porque los empleos formales son escasos y mal pagados. La violencia y la inseguridad se multiplican en los territorios dominados por el crimen organizado, mientras la cifra de desaparecidos sigue creciendo sin respuesta.
El Senado, que debería ser el espacio de las soluciones, se ha convertido en el escenario de la evasión. Sus integrantes parecen más preocupados por la selfie, el escándalo mediático o la próxima candidatura que por cumplir con su mandato constitucional. Cada insulto, cada golpe, cada pacto de impunidad, aleja más a la sociedad de la política. La gente percibe que el Senado no sirve, que no legisla para mejorar la vida del pueblo, que sus integrantes solo buscan beneficio personal. El descrédito es tal que la ciudadanía ya no ve en ellos a representantes, sino a caricaturas de políticos.
Frente a este panorama, conviene recordar lo que el Senado debería ser: la cámara reflexiva, el espacio donde se piensan las políticas de largo plazo, donde se representan los intereses de la federación, donde se garantizan contrapesos institucionales. La tribuna debería ser el lugar del respeto, del diálogo, de la construcción de consensos. No el circo donde el que más grita pretende tener la razón, aunque carezca de argumentos.
Lo que la sociedad pide no es complicado ni imposible: centros de salud equipados, escuelas dignas, empleos formales con salarios justos, seguridad en sus comunidades, justicia que funcione. El problema es que, para muchos senadores, estas demandas no forman parte de su agenda. Prefieren el show del insulto, el pacto en lo oscurito, la transacción que les garantice privilegios. Han olvidado que su deber es servir al pueblo, no servirse del cargo.
El Senado actual es un espejo de la degradación de la política mexicana. Oficialismo y oposición comparten la responsabilidad de haber reducido la máxima tribuna a un ring de cavernícolas. Ni unos ni otros están a la altura del reto. En lugar de proponer soluciones, se conforman con pleitos estériles. En vez de legislar para el bien común, legislan para sí mismos. Entre liliputienses y cavernícolas, lo que se ha apagado no es solo el debate legislativo, sino la esperanza de millones de mexicanos.
La gran pregunta es hasta cuándo. ¿Hasta cuándo seguirán los senadores jugando al circo mientras el país se desangra? ¿Cuánto tiempo más soportará la sociedad un Senado que, en vez de resolver, se dedica a pelear? El día en que la Cámara Alta deje de ser un ring y recupere su papel de máxima tribuna será, quizá, el inicio de la reconciliación entre la política y la ciudadanía. Mientras tanto, lo que tenemos es un espectáculo bochornoso: el circo del Senado, donde los cavernícolas se disputan a gritos el poder mientras la nación sigue sumida en la desesperanza.
Únete al canal de WHATSAPP DE EL INDEPENDIENTE, también a nuestro canal de TELEGRAM y recibe las noticias clave del día, análisis y últimas actualizaciones directamente en tu celular.

