Con el mismo sentimiento de felicidad, el primer mandatario dijo también que avizora “un porvenir de justicia para los mexicanos… Lo que tendrá que venir va a ser bueno para el pueblo que lo merece porque es extraordinario, bueno, sabio, trabajador, amoroso, fraterno…”
El presidente Andrés Manuel López Obrador dijo estar muy contento porque ha “conseguido la felicidad del pueblo”, la cual, dijo, “no tiene precio porque no se compra ni con todo el oro del mundo…” A menos que cuenten con una de esas tarjetas de crédito “black” con las que se puede comprar casi todo. ¿La del Bienestar? Preguntan los ingenuos. Pues no, porque esa sólo hace felices a los pobres cada dos meses, responden los malosos de malolandia.
Con el mismo sentimiento de felicidad, el primer mandatario dijo también que avizora “un porvenir de justicia para los mexicanos… Lo que tendrá que venir va a ser bueno para el pueblo que lo merece porque es extraordinario, bueno, sabio, trabajador, amoroso, fraterno…”
También afirmó que está feliz de contento porque “ya nada más faltan como 70 días de cizaña y guerra sucia”, en referencia a las campañas presidenciales. Y después de la elección cuatro largos meses para que se vaya a Palenque, Chiapas.
Prometió que no volverá a participar en ningún asunto político, que no va a estar como dirigente moral; “no acepto el Maximato, no acepto ser caudillo, mucho menos cacique, ya cumplí, estoy cumpliendo mi ciclo”. Remató.
Lo que nunca va a reconocer AMLO es que su gobierno será recordado como el sexenio de los 200 mil muertos, de la violencia incontrolable, del narcotráfico en ascenso, de la violación a los derechos humanos, de los 50 millones de pobres, de algunas políticas públicas desastrosas, del fracaso en el combate a la corrupción y de otras cosas horribles, horribles que no hay Divina Providencia que pueda borrarlo de la memoria colectiva de los mexicanos, aunque el presidente de la República crea lo contrario. El juicio de la Historia llegará de manera inexorable.
A propósito de finales de sexenio, los viejos de la tribu recuerdan los días postreros del sexenio 1970-1976, cuando el entonces presidente de la República Luis Echeverría Álvarez ejerció hasta el último minuto el férreo control que caracterizó su mandato.
Tanto así, que el martes 30 de noviembre de 1976, en la víspera de la toma de posesión de su sucesor José López Portillo, el primer mandatario saliente decidió trabajar el día entero con su gabinete en pleno en las oficinas del Palacio Nacional, que permanecieron con la luz encendida hasta que el reloj de la Catedral Metropolitana marcó las 24:00 horas.
Hasta entonces el presidente abandonó la sede del poder seguido por sus colaboradores, y una vez que estuvieron todos en medio de la fría medianoche del Zócalo capitalino se apagaron las luces de las oficinas, el grupo se dispersó y Echeverría se dirigió al barrio de San Jerónimo Lídice para dormir —por primera vez en seis años— en su casa de la calle Magnolia.
Los extremos se tocan: Aquel presidente de ingrata memoria se despidió de la investidura hasta que llegó el último segundo de su sexenio Constitucional, mientras el actual – se resiste a pensar que su memoria histórica será también ingrata-, se despide urbi et orbi con más de un semestre de anticipación y encomienda su destino a la Providencia y al pueblo sabio.
*@LuisSotoAgenda
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