Cuando los estudios extranjeros mencionan que casi el 80% del territorio nacional es dominado por el narcotráfico, resulta importante interpretar que además del espacio se habla del tejido social.
La crítica de la empresaria y diputada Patricia Armendáriz al asesinato de un ministro religioso en Chiapas trasciende el caso particular y señala la dimensión institucional.
En Hispanoamérica, sociedades transitando del feudalismo a la modernidad, la axialidad del catolicismo implica una explicación de muchos fenómenos sociales.

La Iglesia Católica es uno de los principales obstáculos al desarrollo del Estado Nacional en México, así fue en Europa y se replica en Latinoamérica, por eso atraviesa y se impone transversalmente en los fenómenos políticos, económicos y sociales.
Aspira a Concordatos porque de esa forma se impone sobre cualquier derecho positivo.
Es difícil sustraer a la Iglesia Católica de la situación mexicana que ha provocado el narcotráfico; para bien y para mal. El equilibrio, aunque busca una situación de estabilidad y homeostasis, perjudica siempre a los débiles y minorías mientras fortalece el abuso y poder de los fuertes.
La historia de la simonía deja en el lugar que le corresponde a la trayectoria del catolicismo y la humanidad.
Por eso, la crítica de Armendáriz, un personaje que conoce la oligarquía y su relación con los sujetos del poder invisible; arroja veracidad sobre una conducta religiosa que, aunque sorprende, todo mundo conoce y pocos advierten del daño que provoca al Estado y Bien Público.
Los casos donde se mezcla la mafia y la Iglesia Católica no sólo corresponden a México; existen otros países donde el número de sacerdotes asesinados por relacionarse con los temas mafiosos representan cifras importantes, de igual manera, también deberían contabilizarse los miembros de la alta clerecía católica y su burocracia, hermanados con la delincuencia organizada.
La simonía es una forma de curializar a los guerreros, aunque nunca paguen por sus faltas y despotismos; sobre todo, en el daño social que representan.
Roderic Ai Camp encuentra una correspondencia familiar entre los Hacendados perjudicados por la Revolución Mexicana y los Obispos que comandaron la Guerra Cristera, esas alianzas de poder antiestatal persisten hasta ahora y se manifiestan saboteando al gobierno cuando no se conduce bajo los intereses clericales.

Abundan los casos de ministros católicos al filo de la navaja entre el bien y el mal, pero nunca a favor del Estado, el derecho y el bien público.
No puede dudarse sobre la existencia de los curas católicos que luchan por los débiles; pero el confeti señala comportamientos de los millonarios de Cristo.
La secularización de México sigue siendo una tarea pendiente desde la independencia, la lucha contra el poder invisible no sólo es un propósito ilustrado o modernizador; implica una apuesta por transformar una realidad dominada por el abuso del poder y construir una entidad pública que salvaguarde a todos, independientemente de su condición social.
La simonía impide que México salga del Feudalismo y que las clases marginadas abandonen la pobreza y hambre histórica.
El poder invisible es el Modelo Habsburgo del patrimonialismo corruptor donde la Iglesia Católica es central y ocupa al Estado como un patiño de las circunstancias.
La crítica de la Diputada Armendáriz es válida y debiera mantenerse en la continuidad de reformar el artículo 130 constitucional y motivar las investigaciones federales en las relaciones simoniacas del catolicismo con el crimen organizado en sus diferentes variables.
Cuando la Iglesia Católica se comporte en México, como en otros países donde es minoría, podrá apreciarse su bondad y contribución al bien público; ahora, el catolicismo institucional se alimenta de cinismo y apego a los beneficios que los poderosos les brindan en detrimento de los mexicanos.
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