En marzo de 2025, el presidente Donald Trump renovó su ofensiva proteccionista con una propuesta que, de entrada, pareció extraída del libreto de 2018: la aplicación de aranceles masivos y generalizados sobre productos provenientes de China, Europa y otras regiones. Esta vez, sin embargo, el tono es más agresivo, los montos más elevados, y las consecuencias más inmediatas. Aun así, en medio de la retórica populista, la pregunta de fondo sigue siendo la misma que hace siete años: ¿han funcionado los aranceles de Trump?
La respuesta corta, respaldada por la evidencia empírica disponible, es un rotundo no. La más reciente batería de datos económicos y reacciones internacionales pone en entredicho la eficacia de la guerra comercial como estrategia para fortalecer a la industria estadounidense. Lo que queda, en cambio, es un legado de estancamiento económico, inflación importada, tensiones geopolíticas y la desarticulación de alianzas estratégicas.
Un proteccionismo recargado
La nueva propuesta de Trump consiste en aranceles de hasta el 60% sobre bienes chinos, un 10% generalizado sobre todas las importaciones, y acciones adicionales contra aliados tradicionales como Alemania, Italia o Corea del Sur. Según la Tax Foundation, estas medidas representan un aumento efectivo de impuestos para los hogares estadounidenses que ronda los 1,280 dólares anuales, lo que equivale a un impacto de 0.9% del PIB en términos de reducción del crecimiento proyectado para 2025.
Más allá del impacto doméstico, los mercados han reaccionado con brutalidad: el S&P 500 cayó más del 10% en dos días tras los anuncios, marcando su peor semana desde la crisis del COVID-19. De igual manera, el índice del gasto en consumo personal (PCE) prevé una inflación entre el 4% y 4.5% anual, impulsada en parte por el alza de precios en productos como autos, electrónicos y alimentos importados. Esto se traduce en costos elevados no solo para consumidores, sino para las pequeñas y medianas empresas que dependen de insumos extranjeros.
¿Reindustrialización? Un espejismo
La promesa original de los aranceles en la era Trump era clara: proteger a la industria estadounidense, reducir el déficit comercial con China, y repatriar empleos perdidos por la globalización. En teoría, se trataba de restaurar el “America First” económico. En la práctica, la realidad ha sido mucho más amarga.
Un estudio reciente de la Wharton Budget Model estima que un hogar promedio estadounidense enfrentará una pérdida acumulada de ingresos por más de 58,000 dólares a lo largo de su vida laboral debido a los efectos de los aranceles. La manufactura, lejos de florecer, ha experimentado una contracción de empleos neta. Según un informe del Peterson Institute for International Economics, los aranceles no generaron aumentos significativos en la producción industrial, pero sí afectaron negativamente a sectores intensivos en exportaciones y a aquellos que dependen de cadenas de suministro globales.
Esto se debe, en parte, a que la economía global no opera con la lógica de la autarquía industrial del siglo XX. Hoy, los bienes intermedios cruzan múltiples fronteras antes de llegar al consumidor final. Penalizar esas rutas con tarifas aduaneras no hace que regresen automáticamente a Estados Unidos; lo que provoca es un encarecimiento generalizado, una pérdida de competitividad y el reacomodo de los flujos comerciales hacia terceros países, sin beneficio directo para el trabajador estadounidense.
Reacciones internacionales: represalias y redes alternativas
Uno de los elementos menos considerados en la narrativa trumpista es la reacción del resto del mundo. China, principal blanco de las medidas, no ha dudado en responder con su propia batería de sanciones. En abril de 2025, elevó sus aranceles sobre bienes estadounidenses hasta un 125%, suspendió importaciones clave como soja y madera, e impuso controles a la exportación de tierras raras, esenciales para la industria tecnológica.
Además, Pekín ha comenzado a utilizar lo que denomina «canales grises», redirigiendo exportaciones a través de terceros países como México, Malasia o Vietnam para evadir los aranceles. En paralelo, ha incluido a empresas estadounidenses como Shield AI y Sierra Nevada en su lista de entidades no confiables.
La Unión Europea también ha tomado medidas. La Comisión Europea activó represalias por valor de €21 mil millones, afectando productos como motocicletas, frutas, aves de corral y productos de lujo. Ursula von der Leyen ha advertido incluso que se podrían gravar los ingresos digitales de empresas como Google o Meta si no se alcanza un acuerdo. El Reino Unido y Canadá se han alineado con esta visión crítica, y Australia ha calificado las políticas arancelarias de EE. UU. como “indiscriminadas y estratégicamente contraproducentes”.
Lo más preocupante para Estados Unidos no es solo la represalia inmediata, sino el lento pero firme proceso de reorganización de las cadenas de suministro y acuerdos regionales que excluyen su participación. China, Japón y Corea del Sur han comenzado a negociar tratados trilaterales, fortaleciendo la cooperación comercial en Asia Oriental. América Latina, aunque en posición periférica, observa el conflicto con cautela, pero también con oportunidades para redirigir sus exportaciones.
Política doméstica y cálculo electoral
Si los aranceles no han funcionado desde el punto de vista económico, ¿por qué insistir? La respuesta es eminentemente política. El discurso proteccionista moviliza a una base electoral afectada por la desindustrialización, el desempleo estructural y una percepción de abandono por parte de las élites globalizadas. Trump capitaliza esas emociones, aunque lo haga a costa de la lógica económica.
La paradoja es que muchos de los estados más afectados por los aranceles son bastiones republicanos. Las exportaciones agrícolas, el sector automotriz y las pequeñas manufacturas son especialmente vulnerables, y sin embargo, siguen respaldando al expresidente. Hay, en este sentido, una desconexión entre los impactos reales y las percepciones políticas, alimentada por una narrativa emocional y un entorno de desinformación.

¿Hacia una recesión manufacturada?
Las proyecciones de crecimiento para 2025 son sombrías. El Banco de la Reserva Federal ha advertido que un escalamiento de los aranceles podría precipitar una recesión técnica en los próximos trimestres. La OCDE también ha rebajado sus estimaciones de crecimiento global, señalando que la incertidumbre comercial y las respuestas de política fiscal adversa podrían tener un efecto dominó.
A esto se suma un entorno de inflación persistente, debilitamiento del dólar y tensión en los mercados de deuda, con China reduciendo su tenencia de bonos del Tesoro como parte de su estrategia de presión indirecta.
¿Qué alternativas existen?
No todo está perdido. Existen vías para reconducir la política comercial estadounidense hacia modelos más sostenibles. Una de ellas es fortalecer acuerdos multilaterales que promuevan normas laborales y ambientales, en lugar de sanciones unilaterales. Otra, más estructural, es invertir en reconversión industrial y educación técnica para capacitar a la fuerza laboral ante los desafíos de la automatización y la economía verde.
Estados Unidos tiene todavía la capacidad de liderar, pero no lo hará aislándose ni criminalizando las importaciones. La competencia con China no se gana con tarifas, sino con innovación, diplomacia y visión estratégica.
Conclusión: el espejismo del proteccionismo
A casi una década del inicio de la guerra comercial, los datos son claros: los aranceles de Trump no han funcionado. Han costado más de lo que han generado, han debilitado el posicionamiento geoeconómico de EE. UU. y han dado paso a un mundo más fragmentado. Insistir en ellos es un paso atrás.
En tiempos de incertidumbre, las soluciones simplistas suelen ser las más seductoras, pero también las más costosas. Si Estados Unidos desea mantener su liderazgo global, debe reconocer que su fortaleza no reside en las murallas arancelarias, sino en su capacidad de adaptarse a un mundo interconectado, competitivo y, sobre todo, cooperativo.
*X: @Travelerjm
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