La relación entre la religión y la política constituye una constante histórica, un vínculo perenne que, pese a las promesas del pensamiento ilustrado y la aspiración a la secularización como garante de un mundo más seguro, persiste incólume.
Contrario a las esperanzas de la modernidad secularizadora juarista, los resultados en términos de bienestar social y probidad pública han sido frecuentemente desfavorables, lo que renueva el imperativo de la reflexión y el debate: ¿es verdaderamente deseable que la fe y el poder temporal compartan esferas de influencia?
Desde su advenimiento al poder en 2018, el proyecto de Morena articuló una propuesta de laicidad renovada, sustentada en la convivencia plurirreligiosa.
No obstante, en un lapso sorprendentemente breve, esta interacción con diversas confesiones, particularmente aquellas percibidas como afines al movimiento, ha degenerado en una simbiosis tildada de malsana y profundamente corrupta.
Al igual que la impronta de la ultraderecha de los Tecos y el Yunque supuso una mácula para el Partido Acción Nacional (PAN), la Cuarta Transformación se ve señalada por los lazos intricados que ha desarrollado con el mundo evangélico, pentecostal y, de manera más infausta, con agrupaciones como La Luz del Mundo y la Masonería.
Esta cercanía con el lopezobradorismo y la llamada Cuarta Transformación evoca páginas sombrías y oscuras de la tradicional política mexicana.
Los escándalos que involucran a líderes de La Luz del Mundo, sumados a las sombras de la criminalidad organizada –específicamente el huachicol y el narcotráfico–, sugieren que el nacionalismo cristiano abrazado por algunos cuadros morenistas se encuentra peligrosamente cercano al patrón histórico representado por figuras como Marcial Maciel y la Legión de Cristo.
Lamentablemente, la experiencia histórica dicta que, al igual que en estos casos precedentes, es probable que las pesquisas judiciales se diluyan y que los señalamientos terminen relegados al mero anecdotario político, sin consecuencias estructurales ni justicia palpable.
Los vínculos de corrupción entre esferas religiosas y políticas resultan especialmente corrosivos para el cuerpo social, pues comprometen de manera extrema la ética y la moral como instituciones fundamentales del control cívico.

La evidencia y los señalamientos de altos índices de criminalidad que tocan a prominentes representantes de ministerios religiosos exponen a la sociedad al riesgo de la anarquía, el descontrol y la peligrosa pérdida de sentido.
En este panorama desolador, Morena parece haber caído en las mismas dinámicas que históricamente definieron al PRI y al PAN.
Ya no solo se le atribuye su propio Genaro García Luna o su propia versión de Marcial Maciel; la boyante corrupción en México se hace cada vez más patente.
La corrupción no solo persiste, sino que se afianza como el único mecanismo que parece operar y, de manera desoladora, resistir en la urdimbre de la mexicanidad.
La esperanza de un cambio radical se ve eclipsada por la recurrente sombra de una historia que se repite.
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