Por José Luis Talancón y Samuel Schmidt
Fue en aquella infame huelga del año 1999, cuando Martínez Baracs publicara en Letras Libres una sana crítica al contexto ideológico y a los líderes de aquel movimiento, al cual la Universidad desafortunadamente ha continuado sometida durante los últimos 25 años, replicando el “mismo horizonte paradigmático [en el cual] ni los mayas de Chiapas, ni el rock, ni la estética o el ideario del radicalismo europeo pueden justificar o esconder, en Marcos o el Mosch la suspensión de la reflexión y del análisis teórico y político, bloqueados de raíz por el dogmatismo y autoritarismo intrínsecos a la militancia marxista-leninista”. (1)*

En sus poco más de cien años, las demandas de la educación superior del país han hecho de la UNAM una institución con una gran elasticidad, desde atender secundarias hasta estudios de posgrado y estar integrada tanto por alumnos principiantes como por doctorantes que trabajan con un premio Nobel y otros que hacen bombas. Hay quien dice que es un experimento frustrado. México tenía que optar por construir una gran Harvard y fue atrapada a principios de los años 70`para convertirse en una universidad de masas, donde conviven científicos preparando experimentos para el transbordador espacial y escuelas que en el mejor de los casos super alfabetizan, y otras que preparan alumnos que ganan premios internacionales en olimpiadas de matemáticas, pese a que el pase automático de las prepas y cch`s, permite que ingrese a nivel superior una enorme cantidad de alumnos con unos niveles propios que rayan en los mínimos de comprensión de lectura.
Y por si eso no fuera suficiente, en una mentalidad muy politizada dada la importancia institucional que reviste y el tamaño de su presupuesto, las autoridades se pelean el gran botín que piensan los proyectará a las grandes alturas de la política nacional, tal como De la Fuente y Narro usaron a la UNAM para tratar de ser presidentes.
Desafortunadamente, el bloqueo mental y la sumisión ideológica pareciera haberse también extendido al comportamiento de las autoridades universitarias. Tal como lo revela el permitir desde el año 2000, la ocupación ilegal del Auditorio Justo Sierra durante este último cuarto de siglo, bajo la complicidad y responsabilidad de tres rectores y donde hay evidencias del tráfico de drogas, vandalismo y delincuencia.

Pero lo más grave aún fue un hecho que dolió a la comunidad. El actuar con gran pusilanimidad la Rectoría ante el flagrante plagio de una tesis por parte de la Juez Yazmín Esquivel, cuya directora de tesis Martha Rodriguez Ortiz, tuvo al final el cinismo de demandar al exRector Graue y al exdirector de la FES Aragón Fernando Macedo por 15 millones de pesos a cada uno, por daño moral y que una juez de la CDMX Flor de María Hernández Mijangos los haya sentenciado a cada uno a pagar esa cantidad. Tales circunstancias ofenden y agreden a la Universidad como pocas veces ha ocurrido en su historia.
La Universidad efectivamente dejo pasar dos delitos imperdonables. Como preguntó alguna vez un destacado profesor de la Facultad de Filosofía, el Dr. Ignacio Sosa, ante tal situación ¿Como se puede enseñar e inculcar la ética a las nuevas generaciones? ¿Quiénes deberían experimentarla en su formación académica, en su vida profesional y en el ejemplo de la vida institucional?

Todo está muy distorsionado y pervertido. Nuestra Alma Mater ha guardado mucho polvo debajo de la alfombra. Nos hemos convertido en una gran simulación con los niveles de exigencia académica, el alto porcentaje de profesores de asignatura en relación a los de tiempo completo. La desigualdad de ingresos entre la administración y la academia, los altos sueldos de los altos funcionarios de Rectoría, la creación y apertura de escuelas y centros de Estudios Mexicanos en el extranjero sin un plan y estrategia rectora, principalmente en Estados Unidos y Europa cuyos altos salarios de los directivos no producen ninguna ventaja, no tienen auditorías ni evaluación de los costos y beneficios, no cumplen con informes ni cumplen con los tiempos que si cumplen los directores de las facultades en el campus de CU. Hay directores que llevan treinta años cobrando sueldos de siete mil, ocho mil dls al mes.
Muchas de sus instancias académicas y centros se han convertido en auténticas agencias de colocación, se entregan a directivos que carecen de la preparación y afinidad formativa mínima que les permitan impulsar y consolidar sus procesos institucionales respectivos. La realidad es que flotan y cobran sin preocuparse por mantener activo el contacto con sus respectivas comunidades.
Los mejores años de la UNAM han quedado atrás. Una vez me comentó un colega profesor con orgullo: La Universidad es la mejor institución creada por los regímenes de la Revolución. Auténtica formadora de generaciones de profesionistas e ingenieros, cuadros de científicos que junto con el Instituto Politécnico Nacional y La Escuela de Agricultura de Chapingo contribuyeron a la consolidación de la nación en los últimos cien años. Y sin embargo, llevamos por lo menos dos décadas bajo el gobierno de los médicos que la UNAM se derrumba en los rankings mundiales. Según el QS World University Rankings la Universidad se encuentra en el rango 150-200, en el índice de Shangai está más bajo.

Ya no queda en México nadie impoluto, ni la Secretaría de Marina ni la Universidad que sustentaban el orgullo y honor resguardado por la ética implícita en el ejercicio profesional de sus egresados. Nos vamos enterando que el exSecretario de Marina Ojeda de la administración anterior y el desempeño de sus sobrinos como capitanes del negocio del huachicol energético y fiscal. Y hace mucho nos enteramos de los privilegios para algunos pocos en la UNAM.
Ya nada más nos queda la UNAM, como el ultimo bastión del antiguo régimen que se encuentra al asecho de un gobierno integrado por gente sin escrúpulos que intentan desestabilizarla, con el clásico mecanismo de los porros que difunden la creencia que cerrar sus instalaciones y bloquear su vida académica se van a solucionar los problemas que aquejan a sus comunidades. No es coincidencia que varios periodistas apunten a Martí Batres como la cabeza y la mano que mece la cuna en los actuales paros en las facultades de Ciencias Políticas, Filosofía y Letras y Arquitectura. Y las fuerzas internas que se despedazan para apoderarse de los botines locales (escuelas, facultades e institutos), y por supuesto la rectoría.

El rector Lomelí reconoció que no entiende a los jóvenes, pero no hace nada para incidir en la reforma educativa para adaptar a la Universidad a las nuevas visiones del mundo, a las nuevas tecnologías educativas, a las aspiraciones de los jóvenes que tienen enfrente un mundo digitalizado que les da más acceso a las oportunidades que ofrece el contexto internacional ante el reducido empleo que el país les puede ofrecer. Nadie sabe para quien trabaja, decía un viejo refrán.
El diálogo, la autocrítica, la pluralidad de pensamiento y el liderazgo en la solución de los problemas sociales, rescatar la Ilustración en contextos de excesivos abusos de la razón instrumental y apologías de la IA, deben ser hoy prácticas críticas humanistas que permitan que la Universidad siga siendo el bastión científico técnico y ético orgullo de la nación. Momentos cruciales de gran impunidad rodean el contexto actual de un Estado sacudido por la impunidad y la ausencia de Estado de Derecho, el relativismo cultural, una posmodernidad sin rumbo ni valores y ante una democracia que fue utilizada para construir autoritarismos populistas, exigen que la Universidad -comunidad y autoridades – recupere el liderazgo que tuvo durante décadas. Recordamos al Rector Barros Sierra como ejemplo de autoridad que supo defender el honor y liderazgo de la Universidad en momentos aciagos para la nación.

Frenar el derrumbe, hacer transitar a la Universidad de su estar a la defensiva, a la ofensiva. Ningún Instituto, escuela o facultad puede seguir en paro. Es un mecanismo de extorsión anacrónico e injustificable. La verdad nos hará libres.
*(1) Andrea Martinez Baracs. “Huelga en la UNAM y los ultras”. Letras Libres. Agosto 1999. Año 1 No 8. Pp 108.
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