A los politólogos les resulta difícil entender por qué la democracia liberal capitalista no ha logrado consolidarse en América Latina, especialmente en México.
Sin embargo, la respuesta está más cerca de lo que aparenta y puede vislumbrarse al analizar el debate entre Claudia Sheinbaum y Ernesto Zedillo.
La teoría democrática incluye diversos enfoques y matices que complementan la noción de gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.
Pocas doctrinas políticas se declaran abiertamente antidemocráticas (aunque existen algunas), y hay mínimos y máximos democráticos que merecen análisis.
Es por ello que el estudio de los indicadores y variables para medir la democracia es crucial.
Sin embargo, el debate latinoamericano entre democracia popular y democracia neoliberal, así como entre populismo progresista y liberalismo, sigue siendo un dilema sin solución aparente.
El populismo progresista enarbola la bandera de la justicia social y el bien común.
En México, tanto el PRI corporativista como el partido Morena han sabido manejar estos elementos en términos políticos, sociales y económicos.
Un viejo político mexicano alguna vez afirmó que mientras existan pobres, siempre habrá PRI, una frase que parece confirmar cómo esta dinámica opera en la realidad.
La cultura de la pobreza y su institucionalización son vitales para mantener la gobernabilidad en América Latina.
Por otro lado, la tecnocracia del PAN y muchos de los institutos políticos recientes no han logrado evadir ni administrar el legado del corporativismo priista.
Zedillo llegó a la presidencia apoyado en los resquicios de dicho modelo corporativista, mientras que el PAN ganó dos sexenios gracias a figuras clave como Elba Esther Gordillo, un ejemplo claro del corporativismo antropológico.
Sin embargo, ni ellos ni otros grupos han podido superar el desafío que implica dar representación real a las élites privilegiadas en favor del desarrollo social generalizado.
Tanto Zedillo como otros líderes políticos han sido incapaces de construir un verdadero sistema de clase media que sirviera como base para un cambio social profundo en México.
Ante esto, Zedillo comienza a perder terreno en el debate con Sheinbaum, ya que la justicia social sigue siendo un elemento esencial para que cualquier modelo democrático gane aceptación entre las masas.
Histórica y culturalmente, Sheinbaum lleva ventaja; quizá deban reorientar la discusión hacia temas como economía y seguridad.
Sin embargo, todo apunta a una derrota del expresidente ante los desafíos actuales.
Los tecnócratas del PRI y el PAN nunca lograron comprender la esencia del México Profundo: complejo, surrealista, ácrata e impredecible.
Durante los gobiernos neoliberales previos al surgimiento de Morena, tampoco se impulsó un cambio social significativo que legitimara la democracia liberal capitalista.
Los resultados quedaron reflejados en índices como los latinobarómetros o los indicadores de calidad democrática bajo su liderazgo.
En ese escenario desfavorable, las voces como la de Zedillo se pierden como ecos solitarios en el desierto.
Carlos Salinas de Gortari intentó implementar un neocorporativismo basado en asistencia social como lo planteaba en su tesis doctoral.
Sin embargo, su objetivo era debilitar las organizaciones gremiales y feudales que mantenían al Estado en niveles básicos de subsistencia.
Al final, estos poderes establecidos prevalecieron sobre su modelo reformista.
El corporativismo mexicano es pieza esencial dentro del pacto de dominación que otorga al Estado cierta autonomía relativa.
Los propios gobiernos neoliberales deben trabajar junto a este sistema en lugar de excluirlo completamente.
Su incapacidad para abordar las raíces colectivistas llevó a México al borde de una ruptura social.
De hecho, fenómenos como el narcotráfico actúan como expresiones económicas informales que derivan directamente de esas fallas sistémicas.
Además, el conflicto interno entre actores como el Grupo Atlacomulco y el Consorcio liderado por Ricardo Anaya facilitaron el ascenso de Morena y AMLO.
En este contexto, Morena y Sheinbaum llegaron al poder no por responsabilidad propia, sino debido al fracaso estructural del faccionalismo neoliberal.
Luis Rubio ha señalado que el proceso de transición en México siempre implicó apuestas arriesgadas: soltar todo o controlarlo completamente.
Según su análisis, la cultura política del país aún no logra modernizarse mientras los dirigentes han priorizado elementos macroeconómicos sobre los aspectos esenciales del civismo y representación política.
Por su parte, Denisse Dresser menciona el fenómeno salinastroika sin realizar una «despristización» adecuada del sistema político.
El corporativismo o colectivismo en México es tan influyente que incluso genera inquietud en América del Norte.
Los norteamericanos han absorbido 50 millones de mexicanos y enfrentado cantidades significativas de tráfico durante tiempos de crisis constante y exclusión.
En este contexto, una intervención armada por parte de Estados Unidos, bajo el pretexto de la defensa de la democracia liberal capitalista, parece un escenario inviable, ya que existe una alta probabilidad de que los estadounidenses no logren sus objetivos, según lo señala George Friedman en su análisis sobre el panorama hacia el año 2080.
El avance del cambio social necesario para consolidar una democracia liberal capitalista debe impulsarse con mayor responsabilidad y generosidad.
La oposición al actual PRIMOR sigue fallando en comprender que replicar el modelo del corporativismo priista sería clave para construir hegemonía y estabilidad política.
Incluso Morena no ha priorizado esta tarea, siendo Clara Brugada el único caso destacable al avanzar en una transformación desde Iztapalapa hacia la Ciudad de México y, quizá, hacia el mundo como los Ángeles Azules.
El enfrentamiento discursivo entre Sheinbaum y Zedillo no es más que un diálogo entre posturas incapaces de escucharse mutuamente.
Sin embargo, resulta perjudicial para los neoliberales, quienes han descuidado por demasiado tiempo el desarrollo de escuelas de civismo y cultura política democrática, un deber que dejaron incumplido durante las casi cuatro décadas que detentaron el poder.
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