Andrés Manuel López Obrador presentó Grandeza, un libro que no puede leerse como una obra más dentro del vasto catálogo de textos políticos publicados en México. Se trata, ante todo, de un acontecimiento político e intelectual. Es la primera obra escrita por López Obrador después de haber dejado la Presidencia de la República, lo que de inmediato la coloca en un lugar singular: ya no es el presidente en funciones, pero tampoco es un actor retirado de la vida pública. Su palabra sigue pesando, no sólo entre millones de simpatizantes, sino en la propia élite gobernante y, de manera particular, en la presidenta Claudia Sheinbaum y en el rumbo ideológico del movimiento de regeneración nacional.
Grandeza es un libro extenso, de casi seiscientas páginas, escrito con letra pequeña, cargado de citas, referencias y apoyos documentales. No es una obra de coyuntura ni un ajuste de cuentas inmediato con el pasado reciente. Tampoco es un libro de memorias en el sentido clásico. López Obrador opta por un ejercicio mucho más ambicioso: construir una interpretación histórica, antropológica y moral del mundo y, desde ahí, explicar a México. Ese solo gesto ya resulta significativo. En tiempos de política acelerada, mensajes breves y debates reducidos a consignas, un expresidente decide escribir un libro denso, que va del origen del universo a la grandeza de las civilizaciones mesoamericanas. El intento, al menos, merece ser tomado en serio.

La obra está dividida en dos grandes partes. En la primera, López Obrador se adentra en los orígenes y destinos de las civilizaciones. Habla del universo, de la vida, del hombre, de Darwin y la evolución; reflexiona sobre el racismo, la idea de salvajes y bárbaros, la esclavitud; recorre antiguas civilizaciones africanas y europeas, y cierra ese bloque con un capítulo dedicado a judíos, romanos y cristianos. La segunda parte está dedicada a lo que denomina la grandeza indígena: la llegada del homo sapiens a América, el surgimiento de las civilizaciones prehispánicas, la conquista, el largo periodo virreinal y el legado que, según el autor, explica lo mejor del México contemporáneo.
Desde el inicio, López Obrador deja claro el propósito de su libro: demostrar que los principios éticos, la bondad colectiva y las mejores virtudes del pueblo mexicano provienen de las civilizaciones originarias. Para sostener esta tesis recurre a una amplia gama de disciplinas y autores: antropólogos, historiadores, sociólogos, filósofos, pero también biólogos, físicos, astrónomos y especialistas en códices, jeroglíficos, tradiciones y costumbres. Esa vocación interdisciplinaria es, sin duda, uno de los rasgos más interesantes del texto. No estamos frente a un tratado académico en sentido estricto, pero tampoco ante una simple proclama ideológica.
Uno de los ejes centrales de Grandeza es la reivindicación del llamado México profundo, concepto trabajado por Guillermo Bonfil Batalla y retomado aquí como una clave interpretativa del pasado y del presente. López Obrador sostiene que las civilizaciones originarias no sólo fueron sometidas materialmente, sino negadas cultural y moralmente. De esa negación surgiría, según el autor, un complejo de inferioridad que ha acompañado a México desde la invasión española, se reprodujo en la etapa independiente, se profundizó con el afrancesamiento de las élites durante el porfiriato y permanece vivo en el pensamiento conservador contemporáneo.
En este punto, el libro se vuelve abiertamente político.

López Obrador enumera una larga lista de insultos y descalificaciones que, a lo largo del tiempo, han servido para marcar jerarquías sociales y raciales: naco, indio, pata rajada, ignorante, muerto de hambre, Don Nadie. No se trata sólo de palabras, sino de la expresión cotidiana de una colonización mental profunda, de una manipulación masiva que ha operado en beneficio de las élites dominantes en distintas épocas. Aquí, Grandeza dialoga directamente con el discurso que López Obrador sostuvo durante su sexenio: la crítica a la oligarquía, al clasismo, al racismo estructural.
Otro aspecto polémico del libro es su rechazo frontal a lo que el autor considera una “historia inventada” sobre las civilizaciones prehispánicas, en particular la insistencia en los sacrificios humanos, el canibalismo y otras prácticas presentadas como prueba de barbarie. López Obrador sostiene que esa narrativa fue construida para justificar la conquista y la dominación colonial, y que ha sido reproducida acríticamente durante siglos. Frente a ello, propone exaltar la grandeza cultural, científica, artística y ética de las civilizaciones mesoamericanas, responsables de que México sea una potencia cultural a nivel mundial.
Este planteamiento, sin embargo, abre un debate inevitable. La historia, la antropología y la arqueología son disciplinas vivas, sujetas a nuevas interpretaciones, pero también a la contrastación constante de fuentes y evidencias. Reivindicar la grandeza indígena es no sólo legítimo, sino necesario en un país marcado por el racismo y la desigualdad. El riesgo aparece cuando la reivindicación corre el peligro de convertirse en idealización, o cuando se sustituye una narrativa simplificadora por otra igualmente cerrada. El propio López Obrador parece consciente de esta tensión, aunque no siempre logra resolverla de manera convincente.
La segunda parte del libro profundiza en esa apuesta. López Obrador habla de la llegada del homo sapiens a América como la única invasión bienaventurada, una migración originaria que dio lugar a civilizaciones extraordinarias. Luego aborda la conquista española y el largo periodo virreinal, al que describe como una etapa de dominación y decadencia, pero también como un proceso complejo que no logró destruir del todo las raíces profundas del mundo indígena. De ahí deriva su tesis central: lo mejor de los mexicanos actuales —la solidaridad, la resistencia, la vocación comunitaria— proviene de ese pasado glorioso.
Leído en clave política, Grandeza puede entenderse como el intento de López Obrador por dejar una herencia intelectual al movimiento que fundó. No es un libro para el debate inmediato, sino para la construcción de sentido a largo plazo. Busca dotar de profundidad histórica y moral a un proyecto político que, durante su gobierno, fue acusado con frecuencia de improvisación o de excesiva dependencia de la figura presidencial. Aquí, el expresidente parece decir: hay una filosofía detrás, una visión del mundo, una lectura de la historia.
Por ello, resulta pertinente dedicar varias entregas a comentar esta obra. En una primera aproximación, como la que aquí se plantea, es necesario atender a los motivos que animan el libro y al contexto desde el cual fue escrito. En una segunda, será indispensable entrar de lleno en la discusión de la primera parte, esa ambiciosa reflexión sobre el origen y destino de las civilizaciones. Finalmente, una tercera entrega deberá centrarse en la llamada grandeza indígena y en las implicaciones políticas, históricas y culturales de esa reivindicación.
Grandeza no es un libro neutral, ni pretende serlo. Es una obra atravesada por la visión del mundo de su autor, por su experiencia política y por su convicción de que México sólo puede entenderse si se reconoce la profundidad de sus raíces indígenas. Se podrá estar de acuerdo o no con sus tesis, pero ignorarlo sería un error. En un país donde la disputa por el pasado es, en realidad, una disputa por el futuro, el libro de López Obrador se inscribe como una pieza más —y no menor— en esa batalla por el sentido de la historia y de la identidad nacional.
Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.
*@onelortiz
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