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OpiniónSuplementos Especiales

Trump-México: regresar a subordinación tipo siglo XIX

Carlos Ramírez
Por Carlos Ramírez  - [email protected] Publicado enero 20, 2026 37 Min de lectura
Foto EFE
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El presidente Donald Trump ha completado cinco años de relaciones bilaterales tormentosas con México, siempre con la sombra del siglo XIX que estalló una guerra contra el precario gobierno de Antonio López de Santa Ana para invadir el territorio mexicano y quitarle a la tambaleante República la mitad de su territorio y anexarlo al naciente imperio territorial de Estados Unidos.

Contents
I.- El universo de TrumpII.- Estados Unidos… MexicanosBibliografía básica:

Los primeros cuatro años de Trump (2016-2010) modificaron unas relaciones de entendimiento que en México y Estados Unidos habían desarrollado desde la última invasión estadounidense de 1914, pero las redujo a dos temas centrales para la Casa Blanca: el aumento de la migración ilegal de mexicanos a territorio estadounidense y el crecimiento de la producción y tráfico de drogas de México hacia Estados Unidos.

El primer año del segundo periodo –del 20 de enero de 2025 al 20 de enero de 2026– no modificó los criterios autoritarios de Trump y todos los meses estuvieron cargados de amenazas de la Casa Blanca de usar las fuerzas armadas estadounidenses para ingresar sin permiso a México en modo de guerra convencional y destruir las zonas controladas por el crimen organizado y los cárteles del narcotráfico.

Foto: Wikimedia Commons

Las relaciones de México con Estados Unidos o de Estados Unidos con México en el largo periodo de la Constitución de 1824 que fundó el régimen federal mexicano hasta el ascenso de Trump a la presidencia en enero de 2017 estuvieron marcadas por tres fases: el expansionismo estadounidense que culminó en 1848 con los Tratados de Guadalupe Hidalgo para arrebatarle a México la mitad de su territorio: los estados de California, Arizona, Nuevo México, Texas, Nevada, Utah y partes de Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma, además de correr hacia el sur la frontera original de la primera mitad del siglo XIX hasta el río Bravo; la etapa del temor latente de Estados Unidos sobre La Revolución Mexicana que amenazaba con incendiar la frontera bilateral; y el ciclo de articulación del Tratado de Comercio Libre de 1994 a su vigencia hasta 2036 para subordinar la economía mexicana a las necesidades de la economía estadunidense.

Foto: Wikimedia Commons

Trump vino a interrumpir los entendimientos que mal que bien existían entre las dos naciones de 1914 a 1993, pero a partir de un criterio que debe ser entendido en México con mucha claridad: Trump no ha sido una anomalía conductual de un empresario sin experiencia política ni de gobierno y dominado por el exhibicionismo autoritario, sino que ha sido consecuencia de las contradicciones sociales, productivas históricas del sistema capitalista estadounidense en modo permanente de expansión y dominación imperial.

I.- El universo de Trump

Foto: EFE

1.- Las pasiones nacionalistas que ha levantado en el mundo Donald Trump con sus decisiones desde la Casa Blanca han oscurecido la posibilidad de un análisis político. Pero la comprensión del alcance de su propuesta de gobierno 2017-2021 y 2025-2029 debe ser pasada por el ojo de la aguja de la real politik si es que se quiere arribar a conclusiones creíbles.

2.- En este sentido, Trump se localiza en cinco escenarios cuya mixtura permitirá la racionalización de su significado político: 

–una anomalía política y social en una realidad que se escapó de la correlación de fuerzas sociales.

–una ruptura en la configuración previsible de las clases sociales por el resurgimiento de la derecha tradicional de condado.

–un realineamiento electoral producto de una nueva redefinición de las clases sociales.

–un nuevo clivaje (Lipset y Rokkan) o ruptura liberalismo-conservadurismo.

–y una contrarrevolución de la derecha tradicional.

3.- El análisis debe darse en una doble dimensión: desde las élites –Trump y su discurso tradicionalista originario, luego de la presidencia del afroamericano Barack Obama–, pero también desde las masas –la mayoría silenciosa conservadora ahora enriquecida por la derecha tradicionalista y puritana originaria del siglo XVII–. En este sentido, hay que tomar a Trump no como un accidente sociológico sino como un sujeto histórico.

4.- En términos históricos, Trump representa una ruptura en la lógica pendular del liberalismo funcionalista basado en derechos y el conservadurismo de valores asociados solo al capitalismo imperialista, por la aparición de un derechismo fundamentalista, supremacista racista y basado en los valores tradicionales de las Trece Colonias que fundaron EU. La sobrevivencia del péndulo liberalismo-conservadurismo se logró a partir de posiciones no extremistas: los liberales se consolidaron por enfoques conservadores y los conservadores lograron apoyo por enfoques liberales. La dialéctica liberalismo-conservadurismo se movió en torno a un mismo eje: el sistema capitalista resumido en el american way of life o modo de vida estadunidense; la zona de confort social constituyó un núcleo similar para ambos pensamientos. La diferencia liberal-conservador se resumió en puntos concretos: el tamaño del Estado, alza-baja en impuestos y religión, pero sin rupturas porque el centro rector del consenso fue la superioridad y excepcionalismo (Lipset) estadunidense. La ruptura del consenso ocurrió cuando Trump apeló a los principios del derechismo fundamentalista: pureza, fe y limpieza étnica antimigratoria.

Foto X: @WhiteHouse y @realDonaldTrump

5.- La parte fundamental para definir las características de Trump y de su gobierno deben buscarse en tres escenarios: el racial, el ideológico y el imperialista. Y los tres se reúnen en las características de los perfiles de Trump como un empresario sin carrera política encargado de pronto con el centro de decisiones políticas de efectos mundiales, por tanto: anti sistema y anti Estado. Los fundadores de EU fueron claros en la dialéctica sociedad-Estado, aceptaron la configuración del Estado como un contrato social (Hobbes) pero manteniendo la capacidad social para encarar en Estado (propiedad de armas como elemento clave para formar milicias de autodefensa y evitar la dependencia del Estado). Ahí se localiza la diferencia fundamental entre el conservadurismo liderado por el Estado y el tradicionalismo que quiere excluir o someter al Estado.

6.- El tradicionalismo de Trump se nutre de las ideas fundadoras del siglo XVII: los primeros puritanos ingleses que llegaron en 1630, los valores religiosos protestantes que dominaron a la sociedad (incluidos en la obra de teatro El Crisol, de Arthur Miller, sobre los juicios contra brujería en 1692 como persecución religiosa) y los doce valores de esas ideas conservadoras tradicionalistas: gobierno subordinado, Dios dominante, empresa como eje moral, religión, familia, autodefensa, rechazo al Estado, comunidad cerrada, propiedad privada, pureza de la sangre, dinero y superioridad divina.

Foto: EFE

7.- La guerra civil 1861-1865 provocó una fractura en el conservadurismo por la esclavitud de los negros y el control productivo basado en la explotación racial. En su discurso de Gettysburg el 19 de noviembre de 1863, Lincoln fijó la idea de la igualdad que fue administrada por los tradicionalistas derrotados: iguales, sí, le contestaron, pero separados: ahí nació la segregación racial. La historia del expansionismo territorial, social y de dominación de los blancos comenzó desde el primer asentamiento puritano en 1630, pasó por el expansionismo territorial basado en la conquista del oeste indio y del oeste mexicano, la guerra civil que derogó la esclavitud pero no reconoció derechos y terminó con la revolución liberal 1963-1973.

8.- A lo largo del siglo XX, la dinámica liberalismo-conservadurismo se basó en la defensa del american way of life ante los acosos externos y la definición de la disputa imperialista en el planeta: primera guerra mundial, Union Soviética, segunda guerra mundial, China, Corea, Vietnam, Cuba, guerras centroamericanas, religión musulmana nacionalista. El modelo analítico de esta fase es el de Pericles: guerras contra los enemigos de la democracia estadunidense (Pericles en Tucídides y La guerra del Peloponeso). Fue una guerra de modelos productivos, con sus respectivas ideologías políticas: capitalismo-comunismo. Los acuerdos liberalismo-conservadurismo fueron relativamente fáciles por el acoso del comunismo.

9.- Al interior de EU se dio una fase de ciclos sociales de alrededor cincuenta años: con los Catorce Puntos de Wilson en 1918 inicio el ciclo conservador imperialista y duró hasta comenzar los sesenta; en 1963 arrancó el ciclo liberal con reformas ideológicas y duró hasta el final de gobierno de Obama entrado ya el siglo XXI. El periodo de Trump reinicia el ciclo conservador tradicionalista.

10.- La reforma liberal que busca rehacer/deshacer el gobierno de Trump comenzó en 1955 con el incidente con Rosa Parks (mujer negra que se sentó en zona de blancos en un autobús y fue agredida), iniciando el movimiento por los derechos civiles que culminó con la ley de derechos civiles de 1964 para terminar al menos legalmente con la segregación de los negros. En 1965 el presidente Johnson aprobó quince leyes de su proyecto de Gran Sociedad, aprovechando la mayoría demócrata en las dos cámaras y el clima liberal dejado por los nuevos derechos civiles: derecho al voto, asistencia a educación pública y religiosa, presupuesto nacional para las artes, leyes contra la contaminación ambiental, Medicare (ayudas a mayores de 65 años) y Medicaid (salud para familias pobres). La Corte Suprema colaboró con la oleada de derechos liberales: píldora anticonceptiva, fin de rezos en escuelas públicas, acción afirmativa (trato preferencial a minorías para evitar discriminación) y aborto, culminando el ciclo en 1973 con el caso Roe vs. Wade para legalizar el aborto por violación. Todos estos avances de la revolución liberal de Johnson quieren ser revocados por la contrarrevolución tradicionalista de Trump.

11.- La contrarrevolución tradicionalista interna de Trump apunta a desmantelar ese Estado social liberal. Hasta la nominación de Trump para su primera presidencia en 2016, la derecha estaba dominada por el espacio conservadurismo-neoconservadurismo básicamente intelectuales y se basaba en derechos morales y en la defensa del american way of life en el exterior por el avance del comunismo y sus aliados: coreanos, vietnamitas, cubanos y musulmanes radicales. El gobierno conservador de Nixon (1969-1974, por su renuncia en escándalo Watergate) apostó al endurecimiento imperial en América pero a la geopolítica liberal en Europa con el acercamiento a Moscú y a China; el gobierno conservador de Reagan (1981-1989) jugó por el conservadurismo interno económico fiscal, el acoso contra comunistas latinoamericanos y la competencia militar con Moscú para reventar al imperio soviético; el gobierno conservador de un periodo de George Bush Sr. (1989-1993) capitalizó la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento de la Unión Soviética pero abrió el frente del medio oriente con los radicalismos árabes capitaneados por el iraquí Sadam Hussein; y el gobierno conservador George Bush Jr. (2001-2009) se despreocupó por Rusia, se centró en combatir a Hussein y el terrorismo árabe radical y consolidó la reforma fiscal y desreguladora. En este sentido, el conservadurismo en la Casa Blanca (veinticinco años con cuatro presidentes, con alternancias demócratas de Carter, Clinton y Obama) destinó más tiempo a defender el sistema capitalista en el exterior que a fortalecer valores conservadores locales del pasado.

12.- El ascenso de Trump a la candidatura y a la presidencia en 2016 y 2024 provocó un realineamiento conservador en dos grandes grupos: los conservadores-neoconservadores de los sesenta y los tradicionalistas (nueva derecha, derecha alternativa, kukuxklanes, supremacistas, wasp) que fundaron la nación y que hoy reclaman –entre otros aspectos– la forma en que los valores originales de raza, color de piel y religión se han ido perdiendo por la migración sobre todo hispana que podría ser la primera minoría después del año 2060. Los estadunidenses de condado –célula social exageradamente conservadora– salieron a votar para completar los votos de los conservadores-neoconservadores. Los ciudadanos de condado, de acuerdo con la investigación de Katherine Cramer —The Politics of Resentment–, fueron a votar contra la burocracia que vive de los impuestos de los ciudadanos que trabajan y se han convertido en un poder autónomo de la sociedad, lo que animó la vertiente anti Estado, anti política, anti sistema y anti burocracia estatal de Trump.

Foto: EFE

13.- En este escenario se debe localizar la punta de lanza del proyecto Trump: como empresario que fue avasallado por el Estado, ahora desde el poder tiene el objetivo de revelar la existencia de un Estado profundo y su correlativo Estado administrativo que controla al Estado y sus decisiones inclusive al margen y por encima del Congreso. La meta de Trump es la “deconstrucción” –concepto sociológico– del Estado paralelo (la burocracia como poder autónomo) dominado por una democracia más liberal que conservadora. El establishment liberal agrupa intereses precisos: militares, industriales del armamentismo, prensa, grupos financieros, seguridad y espionaje, energético, intelectuales del poder y burocracia.

14.- Los valores de la derecha tradicionalista se fortalecieron con Trump: aislacionismo, mejor manejo del presupuesto público, fin a subsidios a prácticas liberales, Estado-nación, antiglobalización y burocracia sometida a los funcionarios.

15.- Ciento cincuenta años después del discurso de igualdad de Lincoln y alrededor de medio siglo después de la revolución liberal de Johnson, la derecha tradicionalista retoma la fuerza que alcanzó hasta 1950 pero que fue aplastada por el riesgo comunista en Corea en 1951 y luego en Vietnam como amenazas al american way of life. Por eso Trump ha fijado tres ejes de su oferta tradicionalista: a) rescate del dominio de la raza blanca, anglosajona y protestante, b) regreso al aislacionismo y c) deconstrucción del Estado liberal y de su burocracia.

16.- En este sentido, los análisis sobre el gobierno de Trump deben tomar en cuenta un posicionamiento ideológico histórico de Trump en sus comportamientos autoritarios, porque sabe que por la diplomacia y la política no avanzarán en la recuperación del país, del Estado y del gobierno para los estadunidenses de condado. A base de comportamientos autoritarios Trump ha avanzado en contra del Estado liberal y su establishment formado por grupos dominantes de poder: la prensa liberal, la academia, las mujeres subsidiadas, las universidades públicas liberales que han cerrado sus puertas a los conservadores y hasta los intelectuales conservadores que han llegado a una connivencia con los liberales para lograr un cruce de intereses y formar corrientes de pensamiento conservador-liberal y liberal-conservador. Ciertamente su propuesta implica un regreso de la historia y una verdadera contrarrevolución tradicionalista, pero los liberales se han querido quedar con todo el poder y se fueron cerrando a los valores conservadores rompiendo el equilibrio ideológico que permitió la consolidación imperial de finales de la segunda guerra mundial a las elecciones presidenciales de 2016 y de 2024. Mientras los liberales se sustentan en el poder de la cultura, los tradicionalistas se apoyan en el autoritarismo de personajes tipo Trump.

17.- El problema que enfrenta Trump radica en la división en el bloque conservador: el movimiento conservador-neoconservador es más intelectual, cultural y filosófico que de masas y se mueve en los espacios del liberalismo, en tanto que el tradicionalismo es más pragmático, localista y anti Estado. Los presidentes conservadores Nixon, Reagan, Bush Sr. y Bush Jr. se movían sin radicalismos, en tanto que los liberales Carter, Clinton y Obama avanzaron en agenda de derechos sexuales y de libertades individuales en asuntos de drogas. El conservadurismo se ha fragmentado en corrientes: neoconservadora, intelectual, derechista y tradicionalista. La agenda de Trump es la más ambiciosa hasta ahora porque va contra derechos ya ganados y responde a la derecha de condado, la facción más exigente. Y en el tema migratorio, el asunto llega al tema de preeminencia mayoritaria wasp frente al avance de la minoría hispana. El sector derecha de Trump se divide, y no siempre de acuerdo, en: conservador, neoconservador, derechista, derechista-tradicionalista, derecha alternativa y fascista. La derecha llegó al poder después de 65 años arrinconada por los liberales.

Foto X: @WhiteHouse y @realDonaldTrump

18.- La agenda migratoria de Trump es radical. El avance de los hispanos hace temer (George Friedman, Los próximos 100 años) una recuperación hispana en la zona suroeste que pasó a territorio estadunidense en 1848. El mapa original de finales de siglo XVIII mostraba los territorios de las Trece Colonias con poco más del 10% del territorio actual; la expansión en el siglo XIX arrolló al noroeste controlado por los indios y el avance wasp implicó la liquidación de millones de indios habitantes originales; y el avance al suroeste le quitó a México los estados que formaban la mitad de su territorio. A lo largo de poco más de ciento cincuenta años, la población india originaria es de apenas 0.8%, en tanto que la población hispana llegó a 18% en el 2016 y podría subir a 35% hacia mediados de siglo XXI. Hasta la primera toma de posesión de Trump en 2017, dieciséis estados –entre ellos los más grandes: Texas y California– tenían población hispana mayoritariamente mexicana, entre 10% y 50%. De acuerdo a los mapas, en 1960 aproximadamente el 10% del territorio estadunidense tenía presencia importante de hispanos, de manera sobresaliente el sureste: Florida, Georgia, Luisiana y Texas. Para el año 2060, la estimación revela que apenas el 10% del territorio tendrá mayoría blanca, con todo el sur, del este al oeste, de costa a costa y de frontera a frontera, con dominación hispana. Hacia el 2060 se prevé una mayoría hispana de 35%, contra una minoría blanca de menos de 35%. Una frase del conductor de noticiero Univisión ha resumido el debate: “este país es de nosotros los hispanos, no de ellos, los blancos de Trump”.

19.- El problema de Trump es el tiempo: no le alcanzarán dos presidencias de cuatro años cada una para reconfigurar primero el rostro Interno de EU ni para consolidar un nuevo imperio geopolítico y militar. De ahí que lo importante sea prefigurar el Trump 3.0.

20.- Pero se tiene que partir del principio fundador de EU con el determinismo religioso del siglo XVII: el mandato de la santísima Providencia para que Estados Unidos cumpla el Destino Manifiesto de ser el eje del planeta Tierra.

II.- Estados Unidos… Mexicanos

Foto: EFE

Estados Unidos y México comparten un tiempo histórico decisivo en sus respectivas independencias, pero diferentes en cuanto a motivaciones originarias y sobre todo objetivos de largo plazo. De alguna manera, México pareció atar su destino a una dependencia de su vecino del norte: los independentistas mexicanos copiaron la estructura constitucional de Estados Unidos y la decisión fue la de llamar a México no república, sino un modelo de federación a la que llamaron Estados Unidos Mexicanos, quizá un poco, en percepción a posteriori, se puede suponer la versión de que quiso ser algo parecido a los Estados Unidos de América, pero diferenciando –en buena hora– el límite americano justamente en la frontera Norte de México.

Los independentistas, que trataron de reproducir aquí el modelo de República Federal, pudieron haber tenido el resquemor de llamar a la parte baja del Norteamérica –la que se configuró a partir de Mesoamérica– como México, que era una derivación del grupo originario de los mexicas que habitaron la parte central de lo que hoy es la República Mexicana. Lo peor de todo radica en el hecho de que la República Mexicana es caracterizada inclusive de manera legal como República de México o México a secas, pero oficialmente quedamos atados a ser o no ser Estados Unidos Mexicanos.

Los primeros colonos que llegaron a la parte atlántica de lo que se conoce hoy como Estados Unidos de América se asentaron en una lengüeta de alrededor del 10% de lo que hoy es el territorio oficial de EU y a partir de la revolución de independencia de finales del siglo XVIII se expandieron hacia el oeste hasta la costa del Pacífico, tomando el límite al norte que tenía Canadá e imponiendo al sur por la vía de la conquista territorial la frontera del río Bravo. La conquista del oeste atropelló a las tribus indias que históricamente se atribuían la propiedad territorial que se localizaba entre México y Canadá y fundó un imperio económico basado en grandes extensiones de tierra, granjas productivas y ganadería, y a partir de ahí fueron cubriendo necesidades con plantas industriales básicamente utilizadas en el petróleo que fue descubierto después de la conquista territorial.

El origen de los colonos estadounidenses es de sobra conocido: los ingleses que huyeron de la crisis de la monarquía de Henry VIII –primera mitad del siglo XVI– por la ruptura con la iglesia católica, los puritanos que desde entonces han colocado el pensamiento religioso como eje cultural, religioso e ideológico de su expansionismo capitalista –todo es sobre la Biblia y en nombre de Dios, incluyendo el famoso Destino Manifiesto que los colonos dijeron que la divina providencia les había otorgado para hacer el centro del universo–.

La zona territorial mexicana se fijó en términos primero de importantes sociedades indígenas –no tribales, sino con capacidad de organización funcionalista– y luego del crecimiento a lo largo de 300 años de dominio español de una clase intermedia que fue producto de la mezcla sanguínea de indígenas con españoles, a fin de construir una nueva corriente continental criolla que mantuviera el dominio conquistado por España en América pero no estrictamente como colonia esclavizada, sino desde los orígenes de la conquista con la intención de replicar en el continente americano el modelo monárquico español bajo la configuración formal del Reino de la Nueva España, con un rey designado directamente por Fernando VII desde Madrid o con un emperador de origen criollo.

Las intención originaria de Estados Unidos de América fue la expansión de un modelo económico de propiedad privada, en tanto que Estados Unidos Mexicanos quería seguir siendo –ya en el tiempo histórico de la independencia– el Reino de la Nueva España. Ahí, en ese punto, de acuerdo con los estudios y revisiones históricas de Edmundo O´Gorman se definieron –la herida abierta de América– dos modelos económico-sociales y de gobierno que han diferenciado hasta la fecha los objetivos de Estados Unidos de América y de Estados Unidos mexicanos: la modernización basada en la economía capitalista de EUA y la modernización edificada sobre el modelo de España.

Estados Unidos de América utilizó todo el siglo XIX para un expansionismo económico basado en la libre empresa, en tanto que Estados Unidos Mexicanos tardó medio siglo en poner orden en sus diferentes formaciones de gobierno y de manera tardía construyó el Estado-nación sobre las bases de un Estado oxímoron: Juárez fundó el Estado desde el modelo neoliberal del capitalismo mexicano, pero al mismo tiempo le incrustó los perfiles de un Estado social colocado por encima de las clases sociales, una diferenciación que a la fecha exhibe el capitalismo americano sin límites y el estatismo mexicano también sin límites.

En este escenario histórico se pueden identificar cuando menos tres fases de la construcción de Estados Unidos de América los espacios que fueron acotando desde el origen la viabilidad de Estados Unidos Mexicanos: por encima de todo, la llamada Doctrina del Destino Manifiesto de 1643 que configuró la ideología el capitalismo empresarial privado como una expresión terrenal de la corriente religiosa Protestante, aunque manteniendo el prurito del origen católico que Inglaterra abandonó en el siglo XVII por los caprichos sexuales de Henry VIII y sus matrimonios, un hecho que provocó la ruptura inglesa con la iglesia católica de Roma y fundó la iglesia anglicana.

La primera fase de Estados Unidos de América fue el expansionismo territorial del siglo XIX, la segunda se identifica con la estructuración de un poder militar que comenzó con los 14 puntos de Wilson en 1918 llegó a su punto culminante con la Conferencia de Yalta en febrero de 1945 para otorgarle a EUA el dominio militar de Occidente y la tercera se inició con la guerra en Corea para frenar de golpe el expansionismo comunista y definir al capitalismo estadounidense como dominante en la economía occidental.

En este contexto histórico llegó a la Casa Blanca el empresario Donald Trump, una figura forjada en la especulación inmobiliaria y los negocios del sector servicios, pero con un discurso político estridente que ocupó los vacíos dejados por el agotamiento de las corrientes republicanas y demócratas, esa parte del cargo de conciencia de Estados Unidos de ser un imperio pero el mismo tiempo presentarse como una tierra de oportunidades y las sucesivas crisis económicas desde la del oro en 1968 hasta la petrolera de principios del siglo XXI.

Foto X: @WhiteHouse y @realDonaldTrump

Las contradicciones oxímoron únicas de la tercera fase del imperio estadounidense han sentado las bases de la desarticulación de convicciones imperiales que no tuvieron ninguna duda en el siglo XIX: aplastar aquello que se oponga a la consolidación de un dominio económico en el continente y después en el planeta. En este escenario ocurrió la principal contradicción estadounidense: plantear la destrucción total del modelo económico e ideológico comunista, pero tratar de abrirle espacio dentro de Estados Unidos a un entendimiento social que eludiera después de Vietnam cualquier confrontación bélica.

Lo mismo ocurrió con las relaciones de Estados Unidos de América con el mundo árabe propietario del petróleo: propiciar golpes de Estado y contrarrevoluciones para impedir el control público del petróleo como sangre de la maquinaria capitalista mundial, pero sin destruir a los defensores religiosos del petróleo.

El enfoque pragmático De Trump no es nuevo ni un invento moderno, sino que significa la reproducción de lo ya ocurrido en los siglos XIX y XX para consolidar el dominio económico y geopolítico de Estados Unidos sobre todos los países del mundo, incluyendo las líneas rojas de contención a las experiencias comunistas de la Unión Soviética y Rusia y de China y parte del sudeste asiático.

El problema de la vecindad de México con Estados Unidos radica en la ausencia de un modelo de desarrollo nacional mexicano y su dependencia basada en la vecindad territorial de más de 3,200 kilómetros de longitud. El modelo capitalista estadounidense desarrolló su capacidad científica y tecnológica para fundar un modo de producción empresarial exitoso, en tanto que México le dio prioridad más a la cuestión política y social interna y dejó que su sistema productivo se articulara de manera dependiente de la economía de su vecino del norte.

Foto: EFE

Esta estructura de subordinación en modo de dependencia absoluta de la economía norteamericana como estructura de producción y como mercado de consumo se ahondó en el modelo de integración productiva a través del Tratado de Comercio Libre que dejó muy clara la división de funciones: Estados Unidos con el control de la producción y el consumo y México como economía ensambladora de productos terminados que regresaban a EU y también como mercado de consumo de la planta productiva americana.

Los conflictos del primer año del segundo periodo presidencial de Trump (2025) obedecen a un contrasentido en modo también de oxímoron: el modelo productivo del Gobierno populista mexicano de la 4T carece de autonomía industrial, pero se niega atender los criterios formales e informales del Tratado que subordina en la planta productiva mexicana y su mercado de consumo a las necesidades de Estados Unidos.

El punto conflictivo comercial entre las dos naciones entró con Trump a una fase de mayores contradicciones: la producción y tráfico de drogas en México para consumo de los más de 70 millones de adictos americanos. Pero en lugar de un acuerdo de seguridad formal y cumplible entre las dos naciones, Trump se saltó cualquier tipo de negociación y pasó a la etapa de las amenazas para usar fuerzas militares estadounidenses que puedan invadir el territorio mexicano sin permiso y atacar las zonas territoriales del narcotráfico en entidades mexicanas controladas por el crimen organizado.

Ahí se encuentra trabada la relación entre los dos países y no habrá ninguna solución hasta que termine el segundo periodo de gobierno De Trump en enero de 2029.

Bibliografía básica:

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Periodista, oaxaqueño, Mtro. en Ciencias Políticas por la BUAP, escritor, analista y autor desde 1990 de la columna #IndicadorPolitico

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