Afirmar que Javier Milei leyó a Maquiavelo sería una crueldad. Imponerle semejante carga intelectual es algo que ni sus más fanáticos seguidores deberían hacer. Su hazaña fue distinta, en el foro económico de Davos, Suiza, dio por muerto a quien lleva cinco siglos enseñando el oficio de gobernar. Un truco mediático para capturar el reflector global y erigirse, una vez más, en el protagonista de la conversación. Pero no todo lo dicho en Davos a propósito del pensador florentino es una tontería de esas que se le ocurren seguido. Al matarlo, tal y como estrepitosamente lo anunció, lo que realmente nos está planteando el presidente es la subordinación de toda la vida colectiva a la lógica económica y el desconocimiento de la política como un ente gravitacional irremplazable de la acción humana. A contracorriente de este nuevo fundamentalismo de Milei, la realidad da fe de que el florentino no sólo está vigente, sino que es indispensable para comprender nuestro mundo convulso en pleno siglo XXI.
El primer error de quien da por muerto a Maquiavelo es creer que la política es un ruido molesto en la armonía del mercado. El gran aporte de Maquiavelo fue justamente lo contrario, buscó secularizar el poder, separarlo de la moral religiosa y entenderlo como un todo con reglas propias. La política no era para él, un estorbo, sino el único instrumento capaz de estructurar la naturaleza conflictiva del ser humano y construir un orden estable. Al matar a Maquiavelo y lo que él nos enseñó, el presidente argentino pretende subordinar toda la vida colectiva a la lógica económica, regresar a una visión premoderna, donde un dogma, ahora el del mercado, debe dictar las reglas de la convivencia, ignorando que el Estado es, por definición, ese orden político que no admite nada superior a sí mismo.
El segundo error en las palabras de Milei se evidencia cuando insinúa que el conflicto social es un virus a erradicar. Maquiavelo, en su realismo nos enseñó lo opuesto. En una república sana, los tumultos entre el pueblo y los grandes no son una patología, sino el motor que genera las leyes a favor de la libertad. La política es el dique que canaliza las pasiones humanas inevitables para evitar que estalle la violencia desenfrenada. Un sistema que pretenda suprimir este mecanismo en nombre de una eficiencia pura, como lo plantea Millei, no está eliminando la política, más bien está acumulando presión para una explosión social.
El tercer desliz del discurso de Millei es la confusión entre producción y distribución. La idea de que cualquier corrección a los resultados del mercado destruye el bienestar es un sofisma. La producción puede responder a leyes técnicas, pero la distribución es, y siempre ha sido, un asunto de instituciones humanas y decisiones políticas. Maquiavelo entendía que el Estado debía velar por el bien común. Una sociedad puede ser técnicamente eficiente y moralmente injusta. Decidir cómo se reparte la riqueza, cómo se protege a los débiles y cómo se sostiene el pacto social no es una perturbación al orden natural, es la tarea primordial de la política. Abandonar esta responsabilidad en manos de una supuesta mano invisible del mercado, esa que pregona el presidente argentino, no es pragmatismo, es más bien, una abdicación de la soberanía del Estado y de la potestad del mismo.
La mayor ironía de declarar muerto a Maquiavelo en Davos es que se hizo en el mismo foro donde Donald Trump, aliado ideológico de Milei, ofreció una perspectiva diferente sobre el poder, la soberanía y la importancia del Estado. Mientras el argentino condenaba la “razón de Estado”, el estadounidense la ejercía con descarnada transaccionalidad, amenazando con aranceles para conseguir ventajas geopolíticas. Este contraste no es una casualidad, por el contrario, es la demostración práctica de que el núcleo del pensamiento de Maquiavelo es un logos que nos permite seguir entendiendo al mundo que hoy vivimos.
La máxima que pronunció Milei, “lo justo no puede ser ineficiente”, erige una moral absoluta que choca con la ética de la responsabilidad que requiere gobernar. Maquiavelo sabía que el gobernante, a diferencia del hombre privado, a veces debe “entrar en el mal” si la salvación de la comunidad lo exige. Esto no es cinismo, por el contrario, es la aceptación del peso abrumador del mantenimiento del propio Estado. Un líder que se aferra a un dogma económico como verdad incuestionable, abandonando su deber de generar cohesión y prevenir crisis, no está siendo moralmente superior, está evadiendo su responsabilidad política, que en Maquiavelo se entendería como una falta de virtú.
La vigencia de Maquiavelo en el siglo XXI es la vigencia de la política como la única herramienta capaz de transformar el conflicto en acuerdos, las pugnas en leyes y la diversidad de intereses en un orden común que garantice la libertad. Declararlo muerto es, en el fondo, admitir que se prefiere la comodidad de un dogma libertario a la compleja y noble tarea de gobernar entre seres humanos reales. Maquiavelo seguirá presente entre nosotros mientras el poder, la ambición y la necesidad de convivir sigan siendo el núcleo de nuestra historia compartida.
*Marco Arellano Toledo es doctor en Ciencia Política.
Profesor en el Centro de Estudios Políticos de la FCPYS en la UNAM.
x: @marellano7
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