La detención de El Mencho el pasado 22 de febrero no fue solo un golpe al crimen organizado, fue, también, un laboratorio para observar la mutación silenciosa que hemos estado experimentando en nuestras sociedades. Una suerte de transición del zoon politikón, ese animal político que Aristóteles colocó en el centro de la vida en común, hacia el zoon elektronikón, una criatura nueva que habita pantallas y cuya sociabilidad se ha desplazado del ágora a los algoritmos impulsados por IA.
El concepto no es mío. Vicente Huici Urmeneta y Andrés Davila Legerén lo acuñaron en 2016, en un artículo de la revista Política y Sociedad de la Universidad Complutense de Madrid, para advertir sobre las transformaciones en las condiciones de la socialidad de colectivos públicos. Lo que ellos anticiparon como una reflexión teórica, la captura el pasado domingo, del narcotraficante más buscado de México lo ha convertido en una realidad tangible.
El ágora, aquel espacio físico donde los ciudadanos se reunían para deliberar sobre el bien común ha quedado en el olvido. En su lugar, el debate público se ha fragmentado en miles de plataformas digitales que no son espacios públicos en sentido estricto, sino territorios de propiedad privada. Durante las horas que siguieron a la detención, la conversación no ocurrió en los medios tradicionales, se mudó a los teléfonos de las personas, saturándolos de información sin filtro, en un ruido ensordecedor donde la inmediatez sustituyó a la deliberación y la especulación compitió en igualdad de condiciones con los hechos.
Para Aristóteles, el logos, entendido como razón y palabra, era la herramienta fundamental para construir acuerdos y discernir lo justo de lo injusto. Hoy, esa función la ha usurpado el algoritmo. En la tarde del domingo pasado quien determinó lo qué era relevante, noticioso e informativo saber sobre la captura del capo fue un código informático programado para maximizar el tiempo de permanencia en la pantalla, que priorizó los videos más impactantes, los memes más ocurrentes y los rumores más descabellados por encima del análisis ponderado o la información contrastada; fue sin más, la hegemonía del like y del share.
El zoon politikón se construía en la interdependencia, en el encuentro con otros diferentes. El zoon elektronikón, por el contrario, tiende a encerrarse en ecosistemas de confirmación donde solo encuentra a quienes ya piensan como él. Aquella tarde surgieron realidades paralelas e incomunicadas entre sí. Por ejemplo, una donde se celebraba el éxito gubernamental, otra donde se tejían teorías conspirativas sobre la veracidad del operativo, y una más donde la narcocultura encontraba motivos para la épica y la reproducción de la violencia, el caos y el desgobierno. Sin un relato oficial temprano, cada uno se refugió en su burbuja, haciendo imposible la construcción de una verdad compartida.
La infodemia, esa sobreabundancia de información no contrastada que paraliza en lugar de ilustrar, encontró ahí su caldo de cultivo. Durante las horas de silencio oficial, el vacío fue llenado por audios y videos filtrados falsos, especulaciones sin fundamento y desinformación organizada. El ciudadano digital, bombardeado por estímulos contradictorios, perdió la capacidad de distinguir lo relevante de lo accesorio, lo verídico de lo fabricado, quedando atrapado en una niebla donde todos los relatos parecen igualmente válidos, pero también, igualmente sospechosos. Las instituciones, diseñadas para los ritmos pausados del zoon politikón, se mostraron anacrónicas. Mientras el gobierno se preparaba para su conferencia matutina, las redes ya habían decretado su propia versión de los hechos.
La participación política se va degradando durante estos fenómenos, pues dar un like o compartir una publicación se confunde con el involucramiento cívico. La indignación o el apoyo se reducen a un clic, generando una ilusión de activismo que carece del compromiso y la profundidad de la acción colectiva real. Es una participación de sofá que no mueve nada, salvo el dedo que desliza la pantalla. Y todo ocurre en un presente continuo que devora la memoria. Toda la atención estaba puesta en los acontecimientos luego de la aprehensión de El Mencho. El zoon elektronikón es un animal condenado al instante, incapaz de sostener narrativas de largo plazo, lo que imposibilita la rendición de cuentas y beneficia a quienes prefieren que los temas incómodos se diluyen en el ruido.
La transición del zoon politikón al zoon elektronikón no es un simple cambio de herramientas comunicativas, es, por lo contrario, una mutación en la esencia misma de lo político. Sí el ágora se digitaliza, sí el logos es secuestrado por el algoritmo, la ciudadanía se convierte en consumidora pasiva de relatos ajenos, es decir, dejamos de ser animales políticos para convertirnos en terminales de una gran máquina de desinformación. El caso de la detención de El Mencho en México es una alerta roja en términos informativos. El reto no es solo recuperar el espacio público digital, más bien debemos repensar cómo participar en política cuando el enemigo ya no sólo es una idea contraria, sino el ruido mismo.
*Marco Arellano Toledo es doctor en Ciencia Política.
Profesor en el Centro de Estudios Políticos de la FCPYS en la UNAM.
x: @marellano7
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