En México y el mundo el 8M representa, entre otras muchas cosas, una conquista del espacio público donde los feminismos y diversas reivindicaciones hechas por mujeres ocupan la conversación en los múltiples foros, en los medios y en las calles. Se observan mujeres de todas las edades, estratos y posiciones ideológicas, así como luchas de todo tipo: reivindicaciones políticas de género, demandas sociales en que coincidimos todas, exigencias inobjetables de justicia, defensa de intereses de grupos, creatividad, entusiasmo, desahogo, festejo, incluso manifestaciones radicales de violencia, entre otras.
Como es previsible en una conmemoración que atañe a más de la mitad de la población, las movilizaciones por el 8M suelen ser polarizantes, manifiestan coincidencias y diferencias que convocan en la sociedad tanto afinidades como desencuentros. Mujeres de todas las identidades políticas y culturales aprovechan para posicionar su agenda y demás temas que les interesan.
Ante la multiplicidad de consignas, cabe preguntarnos cuáles deben ser las prioridades de la agenda feminista. Esta pregunta obliga a reflexionar sobre la causa y el fin de sus movilizaciones, es decir, asumir a la igualdad sustantiva como el centro de sus objetivos de lucha. En ese sentido, urge priorizar aquellas propuestas y expresiones orientadas a favorecer el ejercicio de los derechos en condiciones de igualdad.
La causa de las mujeres, como todas las luchas en defensa de los derechos, por naturaleza tiene un carácter incluyente que normalmente las aglutina, pues requiere una transformación de la sociedad en su conjunto. Las reivindicaciones de los derechos de las mujeres, si bien reclaman profundas rupturas culturales, de ninguna manera pueden ser excluyentes de los hombres ni generar confrontaciones con ellos. No es posible imaginar la derrota del machismo patriarcal sin la cooperación estrecha con los hombres, pues vivimos un sistema que está sostenido por la diversidad de valores, intereses e identidades.
Las reivindicaciones de género están obligadas, sin duda, a mantener siempre un pensamiento crítico para superar las generalizaciones simplistas que asumen que, en uno u otro sexo, unos deben ser los buenos y otros los malos. La lucha por la igualdad de derechos es una causa tan justa que debe atravesar no sólo el género sino también la clase, las edades y las condiciones materiales en que se vive; y, de esta manera es necesario superar discursos maniqueos o morales y las diversas formas de opresión que han favorecido la cultura machista.
Una tarea pendiente consiste en visibilizar las violencias estructurales de las que también son objeto los hombres, por ejemplo, tan sólo la violencia criminal y los suicidios son mayores por mucho en las estadísticas por género. Así, es necesario analizar las diversas afectaciones que los roles de género imponen en la realidad a todas las personas, no sólo de las mujeres.
Igualmente es indispensable construir propuestas profundas orientadas a un cambio cultural que favorezcan a la igualdad, más allá de soluciones penales o punitivistas, pues las violencias deben prevenirse desde la reeducación en las familias, en las escuelas y en todos los ámbitos desde mucho antes que ocurran. En ello, el papel del Estado y los medios de comunicación es fundamental para favorecer la deconstrucción de los prejuicios de género y promover de manera responsable nuevas y más igualitarias relaciones entre los hombres y las mujeres.
Alcanzar una realidad de igualdad sustantiva demanda la corresponsabilidad entre los sexos y el replanteamiento de un nuevo discurso cuyo centro de derechos y dignidad se cuestione de manera permanente las dualidades de igualdad contra privilegios, perspectiva de género contra favoritismos de sexo, identificación de las violencias contra censura y criminalización, justicia restaurativa contra punitivismo penal, y la persuasión cultural contra la imposición moral en la gestación de nuevos valores.
En este 8M, pese a los pendientes, las mujeres mexicanas tenemos mucho que reconocer, por ejemplo, que un país tradicionalmente machista como el nuestro ha incorporado a miles de mujeres en las responsabilidades más importantes del ámbito público –nada menos que en la Presidencia de la República–, lo que constituye en sí mismo un hecho trascendente e irrefutable para nuestra historia.
Ahora que las mujeres en México nos empoderamos y logramos estos avances, tenemos la enorme tarea de transformar el futuro de nuestra sociedad. La articulación de un sistema de cuidados que apoye a las familias y redistribuya las cargas entre sus integrantes, la sociedad y el Estado será la piedra de toque para un México más justo e igualitario.
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