Tiene siete años que sus zapatos impecablemente boleados no pisan México. La última vez que Su Majestad el Rey de España Felipe VI estuvo en nuestro país fue en diciembre de 2018 para asistir, como Jefe de Estado, a la toma de posesión del presidente Andrés Manuel López Obrador. Luego, para el cambio de estafeta… perdón, quise decir: para la asunción presidencial de Claudia Sheinbaum, no fue requerido. Pero sí se le invitó para el Mundial 2026 y el rey, por fortuna nada rencoroso, aceptó.
El miembro más largo de los Borbón —quien mide 1.97 cm. de estatura y calza del número 12 americano (un dato indispensable para las damas de mi CISEN)— asistirá al partido de España Vs. Uruguay el próximo 26 de junio en la ciudad de Guadalajara, en el estado de Jalisco. Esta coordenada, que a simple vista no nos dice nada, en realidad guarda algunos secretos de la vida de su esposa, Letizia Ortiz Rocasolano, actualmente la reina consorte de España, quien vivió en la Perla Tapatía en la década de los 90 del siglo pasado.

Y es que recordemos que, en 1996 Letizia Ortiz, con alrededor de 24 años de edad, aterrizó en la capital de Jalisco para terminar sus estudios de Periodismo en la Universidad de Guadalajara. De igual forma trabajó como reportera en el diario Siglo 21 —que entonces dirigía el periodista Jorge Zepeda Patterson— y colaboró en publicaciones culturales locales. Ella firmaba como “Ada” en el suplemento de entretenimiento llamado Tentaciones.
Era una mujer “muy guapa y llamaba la atención de todos los chicos”, recordó en entrevista para el periódico El País (2003) Olimpia Nájera, quien convivió con Letizia, pues la española vivió los primeros cuatro meses de su llegada a Guadalajara en la casa de la mamá de Olimpia. «Era muy firme, tenía muy definidas las metas en la vida. Lo que quería lo obtenía”.
Un año después de la publicación de El País y un mes antes de la boda del príncipe Felipe y Letizia Ortiz (en mayo de 2004), la revista Quién publicó más detalles de la vida en México de la próxima reina consorte. En su portada de abril de 2004 titularon “El pasado oculto de Letizia de España” y, en el subtítulo, las editoras hicieron estallar la bomba: “tomaba tequila, viajaba en peseros y tuvo un amante en México”.

En un texto firmado por mi querida colega Erika Roa se puso nombre y apellido a un romance que durante años flotó como rumor en los círculos periodísticos: Letizia sostuvo una relación con el periodista mexicano Luis Miguel González (actualmente director General Editorial del periódico El Economista) quien, en aquella mitad de la década de los 90, era un hombre casado.
Luego vinieron más perfiles biográficos sobre la reina Letizia en periódicos, revistas aficionadas a las Casas Reales de Europa, incluso libros. El de Leonardo Faccio, que lleva por título Letizia: la reina impaciente (editorial Debate, 2020), logró lo que prácticamente nadie, pues entrevistó a Luis Miguel González para preguntarle “qué le había atraído de Letizia Ortiz”, a lo que respondió: “Ella era muy atrevida (… ) Tenía esa actitud de quien se permite tocar puertas con poca prudencia, y se acercaba a todo lo que le llamaba la atención”. (Leer fragmento del libro en Vanity Fair).
La que no se anduvo por las ramas y nos dio “la carnita que nos gusta” —hablando en lenguaje para guapos, no sean mal pensados— fue la antropóloga Silvia Lailson, quien fue editora del periódico Siglo 21 y confidente, entrevistada para el mismo libro. Sobre Luis Miguel González y Letizia Ortiz dijo: “Fue una relación muy pasional. Él estaba casado, pero la pasión te hace olvidar todo. Luego puedes decir ‘lo lamento”.
Esta última frase me permite hilar un dato que yo no había leído, ni visto, ni escuchado sobre aquel amor prohibido fecundado en una tierra tan rústica y guadalupana como Guadalajara. Y es que resulta que, según información de mi CISEN (que por cierto ya me reclamaron por no darles crédito a los Compadres que también Investigan Sobre la Élite Nacional)… según mi CISEN, hay una escena que prácticamente nadie conoce y hoy les voy a revelar cuál es.
A decir de mis informantes, tras darse a conocer la infidelidad de Luis Miguel, su esposa le pidió separarse en la misma década de los 90. Hubo una ruptura que luego se convirtió en arrepentimiento para él. La lejanía de Letizia, quien había vuelto a su natal España, y el amor que todavía se tenía la pareja, dio paso a una segunda oportunidad.

Sin embargo —lo que me cuentan quienes los conocen de cerca—, es que cuando se hizo oficial el compromiso del entonces príncipe de Asturias y Letizia, en noviembre de 2003, la esposa de Luis Miguel le pidió la separación definitiva, pues no iba a soportar ver a la que había sido amante de su marido todos los días en todos los medios de comunicación.
A la distancia se sabe que Letizia guarda un muy buen recuerdo de Luis Miguel, de los mariachis, del tequila y de las tortas ahogadas. Los tapatíos —siempre indiscretos y con una memoria prolífica para el chisme— también guardan un muy buen recuerdo de Letizia. Por eso, con la venida del Rey Felipe VI será inevitable el cuchicheo de uno de los capítulos más comentados e incómodos de la biografía sentimental de su esposa.
Desde mi punto de vista, cuando el rey de España aterrice en Guadalajara no sólo llegará un jefe de Estado. También volverá —aunque sea de manera simbólica— el morbo cortesano y, sobre todo, el fantasma tapatío de la Zarzuela: la vida de la reina en Guadalajara donde, quizá, fue el último lugar donde Letizia pudo ser simplemente una mujer libre y, probablemente, una mujer muy feliz.
*@betotavira
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