Están hartos de tener que fingir. Los cuatro hijos del expresidente Andrés Manuel López Obrador no piensan como su padre, no quieren el estilo de vida de su padre y no les interesa continuar con la fobia al neoliberalismo que tiene su padre… al menos eso han demostrado en el terreno de sus vidas privadas. En sus personas públicas —o personajes — los herederos de la dinastía López deben aparentar ser la continuación de su padre. Y es ahí, en esa hipocresía, donde constantemente se convierten en caldo de cultivo para el escándalo.
Y es que no lo pueden ocultar, a todos les gusta la vida sibarita. Tanto a la primera camada de los López, conformada por José Ramón, Andrés Manuel y Gonzalo Alfonso —a quienes López Obrador procreó con su primera esposa Rocío Beltrán Medina (q.e.p.d.)—, como al benjamín de la familia, Jesús Ernesto —a quien AMLO tuvo con su actual esposa Beatriz Gutiérrez Müller—, les encantan la ropa y accesorios de marcas de lujo, los hoteles de gran turismo y los restaurantes de moda, como el Nusr-Et, en el Hotel St. Regis, al que esta semana acudió Jesús Ernesto y donde la experiencia del corte de carne bañado en oro ronda los 16 mil pesos.
Nada que ver con el frijol con gorgojo que hiciera célebre López Obrador en una de sus frases. Nada que ver con la austeridad republicana. Nada que ver con la pobreza franciscana. En realidad, nada que ver entre los cuatro hijos y el padre, aunque, de manera pública, los beneficiarios de la herencia insistan en continuar con el legado político e ideológico del patriarca. Eso sí, en privado y entre los suyos —según información confidencial de las damas de mi CISEN—, los hijos de AMLO dicen estar “hasta la madre del acoso, las críticas y que los señalen por gastarse su dinero en lo que ellos quieran.”
Pero como diría Cantinflas: “Ahí está el detalle”. El verdadero problema de los cuatro vástagos del expresidente de México no radica en su derecho a viajar en primera clase, comer como jeques árabes o habitar residencias de alta gama. En un país libre, cualquiera con los recursos legítimos tiene el derecho de gastar su dinero como mejor le de la regalada gana. El verdadero conflicto, el nudo que asfixia el discurso oficial, es el origen del dinero y la abismal distancia entre lo que se predica y lo que se practica. Y en esta incongruencia la dinastía López ha ganado todos los premios en los últimos siete años.
El problema para López Obrador son sus hijos. Y el problema de los Lopecitos es su padre. Agua y aceite. Comunismo y Neoliberalismo. Austeridad y lujo. 4T y 6 Estrellas. Ambos opuestos en un mismo árbol genealógico que hoy bien podríamos bautizar como la aristocracia del bienestar: una élite que se siente moralmente superior para juzgar los excesos del pasado mientras replica exactamente los mismos vicios en el presente.
Para quienes hemos sido cronistas de las castas políticas el comportamiento de la descendencia de López Obrador no es más que el eterno retorno del «juniorismo» mexicano, ese fenómeno tan de nuestros “monarcas sexenales” donde los hijos de Andrés Manuel terminaron convertidos en los herederos del poder que tanto repudiaron y juraron no volver a repetir.
“Nosotros no vamos a ser parte del gobierno, no creemos en el nepotismo” decía en 2017 ‘Andy’ López Beltran en el documental Esto soy y, tres doritos después, ‘Andy’ actualmente está en campaña para diputado federal por Tabasco… viviendo en la Ciudad de México y enarbolando su propio eslogan: “Por mis Prada hablará el espírutu”.
El clóset de los jóvenes López Beltrán y del jóven López Gutiérrez no solo está lleno de ropa y tenis de marca; está lleno de contradicciones que pesan toneladas. Y cada vez les cuesta más cargarlas y confrontarlas en este país que dejó su padre sumamente polarizado. Desde su privilegio son “víctimas” de su circunstancia. Pues cando un gobernante como López Obrador convierte la austeridad en una exigencia moral y en el eje central de su legitimidad, la vida privada de su familia se transforma automáticamente en un asunto de escrutinio público. Les guste o no.
Por años, Andrés Manuel López Obrador construyó una narrativa política tan poderosa que terminó convirtiéndose en religión para millones de mexicanos. Desde la conferencia mañanera hasta las giras por los pueblos más apartados del país, el entonces presidente repitió una idea hasta el cansancio: “primero los pobres”. Más aún, elevó el concepto a un nivel casi monástico cuando habló de la pobreza franciscana como ideal de conducta para los servidores públicos.
El mensaje era simple y contundente: el poder debía ejercerse con modestia. Nada de excesos. Nada de privilegios. Nada de lujos ofensivos frente a un país donde más de cuarenta millones de personas viven en condiciones de pobreza. Pero los propios hijos de López Obrador tenían otros datos y eligieron los excesos, los privilegios y los lujos porque “para ser hay que parecer”. El síndrome del nuevo rico del que tanto nos ha aleccionado el sociólogo Pierre Bourdieu.
Por eso, desde mi opinión, los hijos de AMLO están hartos de la farsa. Saben que ha llegado su momento. Copilco ha quedado atrás. El reflector los ilumina. El Palacio Nacional los cobija. La juventud los acaricia, aunque la belleza no haya querido hacer el más mínimo favor. Pero eso no importa, el dinero los sigue y las mujeres guapas los persiguen. ¿Por qué no disfrutar las mieles de traer en las venas ese ADN Político? Dejémonos de hipocresías. Ha nacido una nueva dinastía: Los Príncipes del Bienestar.
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