En la entrega anterior hablábamos sobre el discurso, el duro discurso de Claudia Sheinbaum en el Monumento a la Revolución y que tenía mucho de su sustento en las acusaciones realizadas por EE.UU. contra políticos mexicanos y la participación de agencias de aquel país en operativos en nuestro territorio. Pero quizá el verdadero fondo de las palabras de la mandataria no estaba solo en México, sino más al sur. Y es que mientras Sheinbaum denunciaba intentos de injerencia desde Washington, otra nación latinoamericana comenzaba a dar señales muy claras de un viraje muy incómodo para la izquierda: cada vez más países de la región giran a la derecha y varios de esos liderazgos no ocultan su cercanía con Donald Trump.
Colombia es hoy el caso más reciente. Aunque todavía falta la segunda vuelta, en la primera, el candidato de la derecha se impuso al delfín de Gustavo Petro, en un resultado que para muchos fue sorprendente. Y aunque en temas electorales nada está definido hasta que se emiten los votos, se cuentan, y se declara a un ganador, lo cierto es que las posibilidades de un cambio de régimen en aquella nación son sumamente grandes.
Lo relevante es que Trump ya decidió respaldar abiertamente a De la Espriella, el candidato opositor, en este cierre del camino a la presidencia de aquel país, lo que convierte a esta elección en una pieza más de su tablero regional.
Colombia no es cualquier país. Es aliado histórico de EE.UU. y punto de cruce entre narcotráfico, seguridad, migración y ahora disputa ideológica. Si el país de Petro gira hacia una derecha trumpista, el mensaje no será únicamente colombiano. Será una advertencia para todos los países progresistas del hemisferio, incluido el mexicano.
Ahí está el punto que quizá explica buena parte del tono de Sheinbaum el pasado fin de semana. La presidenta no solo enfrenta a un Trump que amenaza con aranceles, redadas o expedientes judiciales. Enfrenta a un Trump que empieza a encontrar socios políticos al sur del Río Bravo. Socios que comparten su lenguaje, su forma de entender el poder: orden antes que consenso; fuerza antes que matiz; alineamiento antes que distancia.
Varias naciones del continente han dado ya ese giro: Argentina con Milei, Chile con Kast, Ecuador con Noboa, Bolivia con Paz. Todos gobiernos con cercanía a Washington, en mayor o menor medida. Y Colombia podría sumarse en unos días más a esa lista. No son procesos idénticos, pero sí forman parte de un mismo universo: sociedades cansadas de la inseguridad, del deterioro económico, de la corrupción y de promesas de transformación que terminaron chocando con la realidad.
La derecha no está ganando por ser una ideología diferente. Como lo hemos sostenido en estas líneas, la mayoría de la gente no suele votar por dogmas. Tampoco está ganando por mérito propio o porque sea una fórmula mejorada o funcional. Avanza sobre el desgaste de la izquierda que prometió justicia social, pero terminó administrando crisis. Esa es quizá la mayor incomodidad para el progresismo latinoamericano: aceptar que no todo puede explicarse como manipulación externa. Hay injerencia, hay intereses y hay un Trump que no disimula su interés de influir en la región. No hay duda de todo esto. Pero también hay ciudadanos votando con enojo, hartazgo o decepción.
Ese es el verdadero riesgo para Sheinbaum. México todavía conserva una mayoría oficialista y un amplio respaldo popular, tanto el movimiento como la propia presidenta como figura. Pero el mundo alrededor ya no es el mismo. Una región que no hace mucho parecía caminar hacia un nuevo ciclo progresista, empieza a caminar en sentido contrario. Con un Trump buscando tomar poder en cada región del mundo, cada elección parece una nueva oportunidad para expandir su propia batalla política, su poder e influencia.
Por eso la palabra “soberanía” empieza a tener una doble lectura. Sirve para rechazar cualquier intervención extranjera. Lo obvio, lo literal. Pero también puede convertirse en una coartada cómoda cuando se usa para evitar la autocrítica. Porque no todo avance de la derecha se explica por Washington. También, en buena parte, se explica por gobiernos desgastados, liderazgos incumplidos y movimientos que confundieron victoria electoral con cheque en blanco.
Pero Colombia en particular puede ser el espejo más incómodo porque Petro representó, para muchos, la promesa de una izquierda distinta. Además, después de Maduro, el contrapeso político más importante a Trump en la región. Si ese ciclo termina abriéndole la puerta a una derecha abiertamente trumpista, el golpe será político, pero también simbólico. Confirmaría que el péndulo no se mueve mayoritariamente por ideologías sino por resultados, por practicidad, por inmediatez, por el día a día. Y cuando todo lo anterior no llega, el electorado busca otro lenguaje así sea más duro o más riesgoso.
Para México el punto es claro. Defender la soberanía es necesario, pero no suficiente. La mejor defensa no está solo en discursos patrióticos ni en mítines masivos. Está en gobernar bien, dar resultados, reducir la violencia y cuidar la economía —mucho de lo anterior cumplido, en buena medida, por la actual administración—. Pero también está en no permitir la corrupción porque cuando un gobierno deja huecos, alguien más los llena. A veces la oposición, a veces el crimen… y muchas otras veces, Washington.
Sheinbaum, ante la caída de la izquierda en Latinoamérica tiene la oportunidad de tomar el liderazgo y convertirse en el polo progresista de la región. Pero para eso tendrá que entender a Trump mucho más de lo que hasta ahora lo ha hecho.
Entonces, y solo entonces, la soberanía dejará de ser consigna para convertirse en una pregunta: ¿se defiende mejor gritando contra Washington o gobernando de tal manera que Washington no encuentre por donde entrar?
Nos vemos la próxima semana. Tenemos una cita con el poder. Agendado.
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