Es 11 de junio de 2026. Comienza la Copa del Mundo. Han pasado cuatro años desde Qatar 2022 y el balón vuelve a rodar ante la mirada de miles de millones de personas. México vuelve a ser anfitrión después de cuarenta años y el Estadio Banorte, antes Estadio Azteca, se prepara para recibir a aficionados de todos los rincones del planeta. La fiesta ya comenzó en la Ciudad de México. Hoteles llenos, restaurantes abarrotados, calles adornadas y una expectativa que se siente en cada rincón de la capital.
Pero detrás del espectáculo surge una pregunta inevitable: ¿qué hay detrás de la organización del Mundial? ¿Qué ocurre en México y qué está ocurriendo con quienes han venido a participar en la máxima fiesta del fútbol?
México llega a este Mundial como una nación profundamente contrastante. Mientras se proyecta una imagen moderna y competitiva ante el mundo, millones de mexicanos continúan enfrentando pobreza, desigualdad, violencia e incertidumbre económica. El Mundial promete una importante derrama económica, pero la experiencia de otros torneos demuestra que los beneficios rara vez llegan de manera equitativa a toda la población. La fiesta es para todos, pero las ganancias suelen concentrarse en unos cuantos.
Por encima de todos aparece la FIFA.
La organización que gobierna el fútbol mundial se presenta como defensora de la inclusión, la diversidad, la igualdad y el respeto. Su campaña de Fair Play es visible en cada estadio, en cada conferencia de prensa y en cada transmisión. Sin embargo, los acontecimientos previos al inicio de este Mundial parecen demostrar que el juego limpio termina cuando se sale de la cancha.
La FIFA ha construido el Mundial más rentable de la historia. Con 48 selecciones, 104 partidos y contratos multimillonarios de televisión, patrocinio y hospitalidad, los ingresos alcanzarán cifras récord. La organización controla prácticamente todo: derechos comerciales, patrocinadores, zonas exclusivas, palcos corporativos y mercadotecnia. Los gobiernos anfitriones invierten miles de millones en infraestructura, seguridad y logística, mientras la mayor parte de los beneficios económicos terminan concentrados en la propia organización y en sus socios comerciales.

Sin embargo, cuando se trata de defender a árbitros, jugadores o selecciones afectadas por decisiones políticas migratorias de Estados Unidos, la FIFA parece convertirse en un simple espectador.
El ejemplo más indignante es el del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan. Reconocido como uno de los mejores árbitros africanos y designado para participar en la Copa del Mundo, se convertiría en el primer somalí en arbitrar un Mundial. Sin embargo, fue impedido de ingresar a Estados Unidos pese a contar con la documentación requerida. Su sueño mundialista terminó antes de comenzar. La FIFA se limitó a señalar que se trataba de una decisión soberana del país anfitrión, ahí se refleja la falta del apoyo de la FIFA, justificando a Estados Unidos, ¿Dónde está el Fair Play?
Pero el caso de Somalia no es el único.
Las selecciones de Senegal y Uzbekistán denunciaron revisiones migratorias y controles de seguridad extraordinarios a su llegada a territorio estadounidense. Integrantes de ambas delegaciones fueron sometidos a inspecciones exhaustivas y tratamientos que generaron cuestionamientos sobre si todas las selecciones están siendo recibidas bajo los mismos criterios. Lo preocupante no es únicamente la revisión de seguridad; lo preocupante es la percepción de que existen participantes de primera y de segunda categoría dentro del propio Mundial.
La situación de Irán resulta todavía más indignante.
Debido a restricciones migratorias, la selección iraní ha tenido que establecer buena parte de su concentración en México. Los jugadores pueden ingresar temporalmente a Estados Unidos para disputar algunos encuentros, pero posteriormente deben regresar a territorio mexicano. En términos prácticos, una selección clasificada al Mundial no puede desarrollar una preparación normal dentro del país donde se celebran varios de sus partidos. Además, aficionados iraníes denunciaron problemas relacionados con permisos de ingreso y acceso a boletos para los encuentros.
La FIFA sostiene que el fútbol une al mundo, pero el inicio de este Mundial ha puesto en evidencia que no todos los participantes son tratados de la misma manera.
El primer árbitro somalí designado para una Copa del Mundo quedó fuera del torneo por una decisión migratoria. La selección de Irán ha tenido que establecer su base de operaciones en México y desplazarse constantemente para disputar sus encuentros. Senegal y Uzbekistán denunciaron revisiones y controles que generaron incomodidad entre sus delegaciones desde el momento mismo de su llegada.
Son episodios distintos, pero todos apuntan hacia una misma dirección: la igualdad que la FIFA promueve en sus campañas institucionales parece encontrar límites cuando entra en contacto con decisiones políticas, migratorias o de seguridad.
La organización que controla hasta el más mínimo detalle comercial del torneo, desde los patrocinadores oficiales hasta los espacios VIP dentro de los estadios, ha optado por mantener un perfil bajo frente a estas controversias. El silencio resulta llamativo. Más aún cuando el organismo no duda en intervenir con firmeza cuando están en juego intereses económicos o derechos de explotación comercial.
Nadie cuestiona la necesidad de medidas de seguridad en un evento de esta magnitud. Lo que genera inquietud es la aparente diferencia de criterios. Cuando determinadas nacionalidades enfrentan obstáculos adicionales para competir, arbitrar o simplemente acompañar a sus selecciones, el mensaje de inclusión pierde fuerza.
La Copa del Mundo debería ser el espacio donde todas las federaciones, árbitros y aficionados participan bajo las mismas reglas. Sin embargo, los acontecimientos de los últimos días dejan la sensación de que algunos llegan al torneo con condiciones que otros nunca tuvieron que enfrentar.
Mientras los estadios se llenan y el espectáculo avanza, la pregunta permanece abierta: ¿hasta dónde llega realmente el Fair Play que la FIFA exhibe en cada partido?
Porque el juego limpio no debería limitarse a evitar una falta dentro de la cancha. También debería reflejarse en la forma en que se trata a quienes hacen posible el Mundial dentro y fuera del terreno de juego.

México celebra. El mundo observa. El balón comienza a rodar.
Pero mientras las cámaras transmiten imágenes de unidad, diversidad y fraternidad, persiste una contradicción imposible de ignorar. El organismo que exige respeto absoluto a sus reglamentos parece incapaz de garantizar un trato igualitario para todos los participantes del torneo.
Si la FIFA realmente pretende ser una organización global comprometida con la inclusión y la igualdad, su responsabilidad no termina cuando inicia el partido. El Fair Play no puede ser únicamente un lema estampado en una lona publicitaria o repetido en los discursos oficiales. Debe reflejarse en los hechos.
De lo contrario, el Mundial más grande y lucrativo de la historia también corre el riesgo de ser recordado como el torneo que evidenció que, para algunos, las reglas del juego comienzan mucho antes de que ruede el balón.
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El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista y no del periódico que la publica.

