«No hay cambio sin sueño, como no hay sueño sin esperanza.»
— Paulo Freire, Pedagogía de la esperanza.En un mundo marcado por la incertidumbre, las guerras, la desigualdad y la desconfianza hacia las instituciones, hablar de esperanza puede parecer un acto de rebeldía. Sin embargo, hoy más que nunca vale la pena preguntarnos: ¿qué significa tener esperanza?
La esperanza no es ingenuidad ni conformismo. No consiste en esperar sentados a que las cosas mejoren por sí solas. La esperanza es una fuerza que nos impulsa a actuar, a organizarnos y a creer que el presente no determina para siempre nuestro futuro. Es la certeza de que las cosas pueden cambiar cuando las personas deciden participar en la construcción de una realidad distinta.
México conoce bien el poder de la esperanza. Durante muchos años se nos quiso convencer de que la corrupción era inevitable, de que la pobreza no podía combatirse, de que los privilegios de unos cuantos eran parte natural de la vida pública. Se nos pidió resignarnos.
Pero la historia demuestra que los pueblos no avanzan gracias a la resignación. Avanzan cuando recuperan la confianza en sí mismos y en su capacidad para transformar la realidad. La esperanza fue precisamente lo que permitió que millones de mexicanas y mexicanos imaginaran un país diferente y decidieran trabajar para construirlo.
Por eso resulta tan importante defenderla.
Hoy vemos cómo algunos sectores de la oposición han hecho de la descalificación permanente su principal estrategia política. No buscan debatir proyectos de nación ni presentar alternativas; buscan sembrar desencanto. Intentan instalar la idea de que nada funciona, que ningún esfuerzo vale la pena y que toda posibilidad de cambio está condenada al fracaso.
Su objetivo es claro: debilitar la esperanza colectiva.
Porque cuando una sociedad pierde la esperanza, también pierde confianza en su propia fuerza. Cuando las personas dejan de creer que pueden transformar su entorno, gana el inmovilismo y se fortalecen quienes siempre se beneficiaron de que las cosas permanecieran igual.
Por eso la esperanza tiene una dimensión profundamente política. No porque pertenezca a un partido o a un gobierno, sino porque representa la convicción de que el futuro puede ser mejor que el presente. Es una idea poderosa porque invita a actuar y a asumir responsabilidades compartidas.
La transformación de un país no ocurre por decreto ni depende únicamente de quienes ocupan cargos públicos. Se construye todos los días en las comunidades, en los barrios, en las escuelas, en los centros de trabajo y en cada espacio donde las personas deciden involucrarse en los asuntos públicos.
La esperanza, entonces, no es un punto de llegada. Es el punto de partida.
Frente a quienes apuestan por el pesimismo y el desencanto, debemos reivindicar la esperanza como una herramienta para seguir construyendo un país más justo, democrático e incluyente. Una esperanza que no cierre los ojos ante los problemas, sino que nos impulse a enfrentarlos con determinación.
El México que queremos no surgirá de la indiferencia ni del miedo. Surgirá del compromiso de millones de personas convencidas de que vale la pena trabajar por un futuro mejor. Porque la esperanza, cuando se acompaña de organización, participación y acción, deja de ser un deseo para convertirse en una fuerza capaz de transformar la realidad.
*Coordinadora del Grupo Parlamentario de Morena en el Congreso de la Ciudad de México
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