La reciente partida de Alan Riding invita a una revisión de las cuerdas que mueven el teatro político mexicano.
Cuando el corresponsal británico publicó Vecinos distantes, el régimen del partido oficial se cimbró ante un espejo que traducía fielmente sus mitos fundacionales.
Riding no descubrió el hilo negro, pero tuvo la agudeza de explicarle al mundo que México no se regía por la lógica democrática occidental, sino por un delicado entramado de herencias coloniales, corrupción institucionalizada como lubricante social y un presidencialismo que operaba como una monarquía absoluta renovable cada seis años.
Hoy, al cruzar la mirada de Riding con los análisis sobre el deterioro del presidencialismo y la persistente influencia de la derecha histórica, la tesis original del periodista adquiere una vigencia casi profética.
México comparte con Estados Unidos una de las fronteras más complejas del planeta, pero la realidad actual demuestra que la soberanía nacional suele capitular ante las necesidades de seguridad y mercado de la metrópoli del norte.
Lejos de la idealización que a veces se construye desde la distancia, el sistema político mexicano funciona, en gran medida, como los círculos de poder en Washington lo necesitan.
Esta dinámica de interdependencia imperfecta ha terminado por configurar lo que algunos analistas identifican con crudeza como una suerte de Sicilia norteamericana: un espacio donde conviven la economía formal de puertas abiertas con una robusta informalidad y estructuras criminales que, paradójicamente, garantizan un orden precario.
Es un capitalismo caníbal donde las élites económicas y políticas de ambos lados de la frontera obtienen jugosas ganancias, mientras que la sociedad mexicana absorbe los costos de la violencia, la desigualdad y la migración forzada.
El Estado mexicano, atrapado en un laberinto de corporativismo y clientelismo caciquil que no desapareció con la alternancia democrática, gestiona la estabilidad interna para no encender las alarmas de seguridad nacional de su vecino.
Para comprender la profundidad de este arraigo y cómo la economía determina el comportamiento de la cultura política, no hace falta mirar hacia el centro del país, sino hacia los márgenes de la frontera, donde la asimilación es plena.
El caso de Coahuila es paradigmático en este sentido.
Si la economía de todo el país mantiene una dependencia estructural con los Estados Unidos, la de Coahuila es una extensión directa del engranaje norteamericano debido a su profunda integración industrial y comercial.
En ese laboratorio norteño, el electorado y las élites locales responden a estímulos donde el orden, la certidumbre económica y el mantenimiento del statu quo pesan más que las promesas de transformación nacionalista.
Los resultados políticos en dicha entidad no son una anomalía; son la consecuencia natural de una sociedad cuyas cadenas de valor, empleos y horizontes de prosperidad están anclados al dólar.
Alan Riding comprendió que el mexicano suele usar una máscara para negociar con la autoridad, diciendo que sí en la superficie mientras resiste o se adapta en lo privado.
De igual forma, el sistema político simula un nacionalismo defensivo en sus discursos cotidianos, pero en la mesa de negociaciones reales prioriza la estabilidad que Washington exige.
Al final, la obra de Riding sigue siendo un referente fundamental porque nos recuerda que para entender a México es necesario despojarse de los discursos oficiales y observar las variables de la geografía, el dinero y la historia compartida, elementos que transforman la vecindad en un destino del que ningún sexenio puede escapar.
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