En el gobierno anterior, quizá en mayor medida que en el actual, la crítica hacia las políticas de administraciones previas, caracterizadas como “neoliberales” llegó a niveles que alcanzan la ridiculez. Se llegó a decir que conceptos económicos importantes, como la competitividad, la productividad y el crecimiento económico eran solo “métricas tecnocráticas” sin sentido social.
Lo cierto es que han sido congruentes con su desprecio a tales aspectos de la economía, que resultan fundamentales para el desarrollo nacional, ya que el crecimiento económico promedio de ambos gobiernos ha sido prácticamente la mitad que el de la era neoliberal, el cual que ya de por sí estaba por debajo del potencial del País y de los requerimientos de la población. Mientras que de 2018 a la fecha el crecimiento promedio ronda el 1%, entre 2000 y 2018 fue del 2.2%. Si tomamos en cuenta el periodo entre 1988 a 2000, el crecimiento de la economía fue mayor al 3.5%. Es decir, que el crecimiento actual es de casi la cuarta parte de aquél.
Hay que recordar que, en 2018, la mayoría de los electores decidió dar un cambio de rumbo en la dirección política y económica del País, al votar en una amplia mayoría por el candidato cuya principal promesa de campaña en materia económica fue que la economía del País crecería un 6% hacia el final de su gobierno. Y, aun con esta promesa rota, y un resultado alejado del objetivo, los votantes refrendaron su apoyo a este modelo en 2024.
Veamos cómo se ha comportado ese crecimiento. En el 2019, no solo no hubo crecimiento económico, sino que la economía cayó un 0.2%.
Luego, en 2020 la economía volvió a caer, ahora en un tremendo 8.4%, derivado de los efectos del COVID, de lo cual el gobierno no fue responsable, pero si lo es de la falta de apoyos gubernamentales a las empresas ante ese fenómeno. En el 2021 creció solo un 4.8%, que, aunque podría tomarse como un buen nivel de crecimiento, fue solo un rebote que no alcanzó ni para retomar los niveles de producción del 2018.
En el 2022 el crecimiento se desaceleró y fue de 3.1%, con lo cual, luego de 2 años, la economía nacional aun no se lograba ni siquiera recuperar de la caída del 2020. En 2023, PIB creció a un ritmo similar al anterior, con 3.2%, por lo cual fue hasta ese año cuando la economía se recobró apenas a los niveles previos al COVID, y empezó a crecer de nuevo.
En 2024, el ritmo del crecimiento económico fue mucho menor del que se estimaba, y el desempeño de la economía nacional ha decaído en diversos indicadores, por lo cual se estima un aumento de tan solo 1.2% del PIB. En el siguiente, la economía creció tan solo un 0.8%.
Actualmente la economía nacional sigue siendo precaria, contra lo que busca afirmar la narrativa gubernamental, que a pocos convence. En el primer trimestre no solo no creció, sino que se redujo en 0.8%. Los especialistas estiman ahora un crecimiento de entre 1 y 1.1% del PIB, cuando el gobierno insiste en un rango cuyo tope es de 2.8%, y un mínimo de 1.8%, lo que da un promedio de 2.3%. Sin embargo, la economía no crecerá ni a la mitad de esa cifra. Así, el crecimiento económico promedio durante el gobierno actual y el anterior será, como se indicó, menor al 1%.
Si se toma en cuenta el crecimiento de la población, resulta que el PIB per cápita está totalmente estancado, con nulo crecimiento, mientras que en la “era neoliberal”, el crecimiento de este indicador fue insuficiente, pero lo hubo. Con el resultado actual, no será posible aumentar el empleo bien remunerado, fomentar el bienestar social de manera sostenible, ni fortalecer la hacienda pública para invertir más y dar mejores servicios públicos.
Hay diversas opiniones de expertos en Economía que afirman que la competitividad y la productividad son elementos básicos para un crecimiento económico sólido, al optimizar los recursos, promover la innovación, hacer más rentable y fomentar la inversión (que por cierto también va en caída libre), contar con claras ventajas en un mercado globalizado y facilitar el aumento de los salarios y del empleo formal, entre otros aspectos.
Sin embargo, poco aporta la actual política económica para promover estas características en la economía nacional. Por ejemplo, en el caso de la competitividad, según la clasificación mundial más reciente, México está lejos de las economías más competitivas a nivel internacional, como lo son Singapur, Suiza, Hong Kong, Emiratos Árabes, Noruega, Suecia Irlanda o Dinamarca, entre otras. Lo bueno es que contamos con un mejor sistema de salud pública que este último país, según lo prometió y afirmó el ex presidente López Obrador, en el colmo de la burla contra las familias mexicanas.
Pero regresando a los asuntos serios, según el reporte que establece esta clasificación, elaborado por una institución internacional independiente, en un mundo repleto de conflictos que resultan una amenaza para la paz internacional y provocan un ambiente de enorme incertidumbre, ser competitivo no es ya solo un asunto de costos eficientes o de una mayor innovación tecnológica. Lo más valioso es ahora el fortalecimiento institucional, en que haya reglas claras y efectivas, cuyo cumplimiento sea vigilado por un Estado sólido y legítimo.
Es así que, desde una perspectiva económica, lo que resulta más relevante, tal como lo indica esta clasificación, es el Estado de Derecho, en el cual los actores públicos y privados puedan tomar decisiones de largo plazo, seguros de que las leyes se aplicarán de forma objetiva, predecible y justa, que fomente el valor que tienen la inversión, la innovación y la cooperación.
En este sentido, lo valioso no es contar con mayores reglas, sino que el marco institucional sea sólido y que haya certeza sobre su aplicación, lo que provoca la confianza de los actores económicos que resulta esencial para que decidan invertir sin las presiones ni los costos que implican un sistema de justicia débil, una injerencia del crimen organizado en el desarrollo de la economía, custodiada por el propio régimen político, y un nivel elevado de corrupción gubernamental. Con esos requerimientos, podemos imaginar en qué lugar estará México.
Con base en el desempeño económico, la eficiencia empresarial (que incluye la productividad), la eficiencia gubernamental y la infraestructura, que son las variables revisadas, resulta en que en esta clasificación estamos en el lugar número 62, de un total de 70 países. Es decir, que solo hay 8 economías que son menos competitivas a nivel mundial. Entre ellas están Mongolia, Nigeria y Namibia.
Por cierto, para quienes rechazan las “métricas neoliberales”, porque, según ellos, no toman en cuenta los requerimientos sociales, es necesario reconocer que los países con una economía más competitiva cuentan también con niveles de bienestar elevados entre su población. Curioso para ser un elemento que no aporta nada al bienestar social, según aquéllos.
La cancelación unilateral, abusiva y caprichosa del aeropuerto de Texcoco, que ahora se quiere achacar a una decisión popular ilegítima; la reforma al Poder Judicial que coopta a los juzgadores sobre la aplicación de las leyes a los intereses del partido en el gobierno, que promovió sus candidaturas e influyó decididamente en el resultado de la elección; los lazos de interés entre líderes políticos y funcionarios de primer nivel con el crimen organizado; la desaparición de los organismos autónomos; la construcción artificial de mayorías en el Congreso de la Unión; la subordinación servil, cual lacayo, del Poder Legislativo a las instrucciones del Ejecutivo; la confrontación, el divisionismo y la falta de contrapesos y equilibrios políticos, promovidos desde el régimen. entre otras muchas decisiones del actual gobierno y del anterior, han construido, a partir de la destrucción institucional, el ambiente ideal para que el País sea menos competitivo a nivel internacional. Esto debe corregirse, o de lo contrario, la inversión, la economía, y el bienestar social, no crecerán. Aun estamos a tiempo de cambiar de rumbo. Es lo justo.
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