El que avisa no traiciona, dice el refrán. Donald Trump, desde el primer día de su segundo mandato, fue absolutamente claro respecto a la nueva posición de su gobierno frente al libre comercio. No hubo engaños ni dobles discursos.
Desde su regreso a la Casa Blanca dejó establecido que la política comercial de Estados Unidos ya no estaría guiada por la apertura de los mercados, sino por la protección de su industria, la recuperación de empleos manufactureros y la utilización del comercio como un instrumento de presión política y de seguridad nacional.
A partir de entonces desplegó una agresiva estrategia internacional encaminada a recomponer las relaciones comerciales de Estados Unidos con el resto del mundo.
Aranceles, sanciones económicas, restricciones tecnológicas, controles a las inversiones extranjeras y renegociaciones de acuerdos dejaron de ser medidas extraordinarias para convertirse en la nueva normalidad de la política exterior estadounidense.
Sería un error interpretar las palabras de Trump como simples desplantes retóricos o como parte del espectáculo político que suele acompañar sus declaraciones.
Su discurso responde a una visión del mundo donde el comercio internacional ya no es visto únicamente como un mecanismo para generar riqueza, sino como un instrumento para preservar la hegemonía económica, contener a China, recuperar cadenas de suministro estratégicas y fortalecer la seguridad nacional de Estados Unidos.
Diversos bloques comerciales y numerosas economías comenzaron a actuar en consecuencia.
Comprendieron que el modelo de libre comercio que predominó durante las últimas tres décadas había entrado en una etapa de transformación profunda y que, al menos durante el resto del mandato de Trump, difícilmente volvería a funcionar bajo las mismas reglas.
Europa aceleró la búsqueda de nuevos mercados.
El Reino Unido reforzó acuerdos bilaterales tras el Brexit.
Japón fortaleció sus vínculos con el sudeste asiático.
Corea del Sur amplió su presencia comercial en América Latina y Medio Oriente.
Incluso países tradicionalmente alineados con Washington comenzaron a diseñar estrategias para reducir su dependencia del mercado estadounidense.
Al momento de escribir estas líneas todavía no existe una postura oficial de la administración de Donald Trump respecto al futuro del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC).
No obstante, las declaraciones realizadas durante los últimos meses han generado una enorme incertidumbre.
En este contexto, el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, confirmó que este primero de julio inicia formalmente el proceso de revisión del tratado, mecanismo previsto desde su propia negociación.
A partir de ello se abren tres posibles escenarios.
El primero representaría la mejor noticia para América del Norte.
Los tres países acordarían extender automáticamente la vigencia del T-MEC por dieciséis años adicionales, hasta 2042, manteniendo las revisiones periódicas cada seis años.
Este escenario ofrecería certidumbre jurídica para las inversiones, fortalecería las cadenas regionales de suministro y enviaría un mensaje de estabilidad a los mercados internacionales.
Sería, sin duda, el desenlace más favorable para México.
El segundo escenario plantea una situación intermedia.
El tratado se prorrogaría inicialmente hasta 2042, pero durante las revisiones posteriores no existiría consenso para extender nuevamente su vigencia.
En consecuencia, comenzarían revisiones anuales hasta llegar a la fecha de expiración, manteniendo abierta la posibilidad de alcanzar posteriormente un nuevo acuerdo.
Aunque menos sólido que el primero, este mecanismo permitiría conservar un marco institucional que evitaría un rompimiento abrupto de la integración económica regional.
El tercer escenario es el más complejo.
Si durante la revisión actual no existe consenso para ampliar la vigencia del tratado, el T-MEC mantendría su fecha original de expiración en 2036 y comenzaría un proceso de revisiones anuales desde 2027.
Jurídicamente el acuerdo seguiría vigente durante una década más; sin embargo, la incertidumbre sería permanente.
Ninguna empresa planifica inversiones multimillonarias cuando desconoce cuáles serán las reglas comerciales dentro de cinco o diez años.
La consecuencia inmediata sería una reducción de nuevas inversiones, mayores costos financieros y una pérdida gradual de competitividad regional.
Detrás de estos tres escenarios existe una realidad mucho más profunda.
La revisión del T-MEC no es únicamente una negociación comercial. Es una negociación sobre el nuevo equilibrio geopolítico de América del Norte. Estados Unidos busca reorganizar sus cadenas productivas para disminuir su dependencia de Asia, particularmente de China. Necesita garantizar minerales estratégicos, semiconductores, industria farmacéutica, inteligencia artificial, infraestructura energética y manufactura avanzada.
México aparece como un socio indispensable para alcanzar esos objetivos.
Pero al mismo tiempo Washington exige mayores controles en materia de seguridad, migración, combate al narcotráfico, propiedad intelectual, reglas de origen y competencia económica.
El tratado comercial ya no puede analizarse únicamente desde las exportaciones de automóviles o productos agropecuarios.
Ahora forma parte de una visión integral de seguridad económica.
Eso explica por qué las discusiones comerciales terminan inevitablemente vinculándose con temas migratorios, combate al crimen organizado, producción de fentanilo, inversiones chinas en territorio mexicano o infraestructura energética.
Para México este nuevo escenario implica enormes desafíos, pero también oportunidades.
Nuestro país conserva ventajas extraordinarias: ubicación geográfica privilegiada, una amplia red de tratados comerciales, una industria manufacturera altamente integrada con Estados Unidos, mano de obra especializada y un mercado interno cada vez más dinámico.
Pero ninguna de esas fortalezas garantiza por sí sola el futuro.
La mayor vulnerabilidad sigue siendo la enorme dependencia del mercado estadounidense.
Cerca del ochenta por ciento de las exportaciones mexicanas tienen como destino Estados Unidos.
Esa concentración convierte cualquier cambio en la política comercial de Washington en un riesgo para la economía nacional.
Ningún país puede construir una estrategia de desarrollo sostenible dependiendo casi exclusivamente de un solo comprador.
Por ello, independientemente del desenlace de la revisión del T-MEC, México debe acelerar una auténtica política de diversificación comercial.
No se trata de abandonar el mercado estadounidense, que seguirá siendo nuestro principal socio económico durante muchos años, sino de reducir gradualmente la dependencia.
La diversificación ya no es un discurso diplomático.
Es una política de supervivencia económica.
Porque el verdadero problema no consiste únicamente en que Donald Trump quiera modificar las reglas del comercio internacional.
El problema sería que México actuara como si nada hubiera cambiado.
La realidad internacional está evolucionando con enorme rapidez.
El orden económico surgido tras la Guerra Fría está siendo sustituido por un sistema donde predominan los intereses nacionales, la competencia tecnológica, la seguridad económica y la rivalidad entre grandes potencias.
En ese nuevo contexto, México necesita desplegar sus mejores capacidades diplomáticas, fortalecer su política industrial, consolidar el fenómeno del nearshoring, generar mayor contenido nacional en sus exportaciones, impulsar la innovación tecnológica y ampliar su presencia en nuevos mercados.
La revisión del T-MEC representa mucho más que una negociación comercial.
Es una prueba de Estado.
De la capacidad de negociación del gobierno mexicano dependerá buena parte de la estabilidad económica de la próxima década.
No conviene caer en alarmismos, pero tampoco en la complacencia.
Si el tratado se fortalece, México deberá aprovechar la oportunidad para consolidar su integración regional.
Si las negociaciones se complican, será indispensable acelerar la diversificación comercial y productiva.
En cualquiera de los escenarios existe una constante: México ya no puede seguir poniendo todos los huevos en la misma canasta, sobre todo cuando el dueño de la canasta ha decidido cambiar las reglas del juego.
El reto consiste en negociar con inteligencia, preservar la integración económica de América del Norte y, al mismo tiempo, construir nuevas rutas comerciales que garanticen el crecimiento, la estabilidad y el bienestar de las próximas generaciones.
Eso pienso yo, usted qué opina.
La Política es de bronce.
*@onelortiz
Únete al canal de WHATSAPP DE EL INDEPENDIENTE, también a nuestro canal de TELEGRAM y recibe las noticias clave del día, análisis y últimas actualizaciones directamente en tu celular.

