No lo voy a negar. Los partidos que ha jugado la Selección Nacional de México en el Mundial 2026 me han sacado una que otra lagrimita de felicidad. El primero, contra Sudáfrica, me conmovió en el primer gol; el de Corea del Sur, me hizo llorar al final; el de Chequia ya no recuerdo el momento preciso, pero claro que hubo Kleenex usados; y en el de Ecuador, lloré en los dos goles con los que ganó México.
Y luego también se deslizaron lágrimas por mis mejillas con las fiestas en las calles. No asistí a alguna porque cada vez tengo más fobia a las multitudes, pero los videos de las redes sociales con la muchedumbre vestida de playera verde, extasiada de felicidad, me contagiaban su alegría. Por su parte, me zarandeaban las emociones, al grado de generar un nudo en el cogote, las tomas aéreas hechas con drones y musicalizadas con la canción “Así fue”, de Juan Gabriel, acompañado por la Orquesta Sinfónica Nacional en el Palacio de Bellas Artes.
Sin duda, pocas veces he sido testigo de una unidad nacional como la que ha generado el Mundial. Hay silencio en toda la República Mexicana previo a que México pise el césped. Hay microsismos en los estadios por los brincos de felicidad tras el silbatazo del árbitro que anuncia la victoria tricolor. Hay hermandad en todos los mexicanos, de todas las latitudes, de todos los estratos socioeconómicos, de todos los géneros, de todas las religiones, de todas las ideologías políticas.
Luego de comprobar ese impacto sin precedentes, desde mi oficio de reportero —que prácticamente siempre escudriña las cúpulas del poder— quise meterme en las venas de nuestra sociedad a través de la interrogante que se ha hecho viral: Y si sí? ¿Y si este triunfo es el catalizador de algo mucho más grande para el país? Anticipo que no es una utopía, ahora me explico.
La euforia que ha desbordado el monumento de “El Ángel de la Independencia” nos demuestra que la capacidad de unirnos por una misma causa sigue intacta, vibrando en el pecho de millones. Los políticos (sobre todo Andrés Manuel López Obrador) nos han dicho tantas veces que estamos condenados a la división (entre chairos y fifís), que los mexicanos solo nos ponemos de acuerdo en la desgracia o en el sismo y no en el impulso y en la motivación para el cambio.
Hoy, viendo las banderas ondear con una fuerza renovada, es imposible no trasladar esa esperanza hacia la urgencia más dolorosa que arrastramos en las calles de todo México. ¿Y si sí logramos canalizar este fervor para exigir, con esa misma voz unánime, el derecho elemental a caminar sin miedo por nuestras colonias, arrebatándole el territorio a la delincuencia con la misma contundencia con la que nuestros futbolistas le arrebataron la gloria al rival?
Para nadie es un secreto que hay heridas que un campeonato jamás podrá sanar por sí solo, pero que la solidaridad nacida de este triunfo bien podría cobijar con urgencia. Pienso inevitablemente en las madres buscadoras, en esas miles de familias que no celebran porque les falta un pedazo en su corazón; su lucha no se detiene por un partido de futbol. ¿Y si sí aprovechamos este reflector global para abrazar su dolor, haciendo que la búsqueda de nuestros desaparecidos sea una prioridad de todos los mexicanos y no una batalla solitaria?
En este México donde los derechos humanos han sido tantas veces una asignatura pendiente en los escritorios ministeriales, ver a minorías, comunidades diversas y ciudadanos de todos los estratos fusionados en un solo grito nos recuerda que la dignidad no es negociable. ¿Y si sí entendemos de una vez por todas que el respeto al prójimo es nuestra mayor victoria, y que la cancha de la justicia social debe ser igual de pareja para todos, sin importar el apellido, el origen, las orientaciones sexuales o la condición?
Y si sí? ¿Y si esta vez la historia que nos contamos como país no termina en el lamento, sino en la posibilidad? México llegará a una nueva cita con el futbol (esta vez contra Inglaterra el próximo 5 de julio) no solamente con un balón entre los pies, sino con una mochila llena de sueños, heridas, contradicciones y ganas de demostrar que todavía existe algo que nos une. Puede que esto suene a libro de autoayuda de esos que se venden en las cajas de los supermercados, pero, sinceramente, sí creo que hay posibilidad de crear conciencia de la fuerza del “Y si sí?”, comenzando con atrevernos a imaginar que sí es posible.
Ya para finalizar quiero dejar claro que no pretendo que un partido de futbol vaya a resolver los temas más injustos y dolorosos de la agenda nacional, pero sí es un hecho que la mentalidad de un pueblo también se construye con frases de esperanza como “Y si sí?” pero, también, con símbolos. Un equipo que pelea, que resiste, que no baja los brazos, puede ser la metáfora que muchos necesitamos, en México y el mundo, para entender que rendirse nunca ha sido una opción.
*@betotavira
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