La realización de un evento deportivo como el Mundial retrata la situación que vive el país anfitrión. Los tres Mundiales celebrados en México han sido una fotografía del momento económico y político por el que atraviesa el país. Y es que detrás de la fiesta en las tribunas existe una realidad muy distinta en cada época.
Más allá del espectáculo deportivo, las tres Copas del Mundo organizadas por México han coincidido con tres escenarios completamente distintos de la economía nacional.
En 1970, el país vivía el llamado desarrollo estabilizador. La economía crecía a tasas cercanas al 7% anual, la inflación estaba bajo control y existía confianza para invertir. Aquel Mundial reflejaba a un México optimista, con una economía en expansión y con capacidad para emprender grandes proyectos de infraestructura.
Dieciséis años después, la realidad era radicalmente distinta. El Mundial de 1986 se celebró en medio de una de las peores crisis económicas de la historia reciente. México arrastraba la crisis de la deuda, enfrentaba una inflación superior al 60%, un déficit fiscal cercano al 17% y todavía sufría las consecuencias sociales y económicas de los devastadores sismos de 1985.
En contraste, en 2026 México mantiene estabilidad macroeconómica, pero enfrenta una economía prácticamente estancada. El crecimiento sigue siendo insuficiente para detonar mayor bienestar y la inversión privada muestra señales de cautela. Los datos de la Inversión Fija Bruta confirman esa desaceleración, aunque existen avances respecto a los niveles de la pandemia.
Las razones no son exclusivamente internas, pero sin duda la incertidumbre es el principal factor que pesa sobre las decisiones de inversión. La reforma al Poder Judicial, y la revisión anual del T-MEC generan dudas entre empresas nacionales y extranjeras.
A ello se suma una etapa tensa en relación bilateral con Estados Unidos por diferencias políticas que poco ayudan al principal vínculo comercial del país. La estabilidad de esa relación es uno de los activos económicos más importantes para México y debería tratarse con una visión estratégica, no ideológica.
Aunque el Mundial de 2026 generó una importante derrama económica para México, impulsando la ocupación hotelera, el turismo, el transporte, el comercio y los servicios en las ciudades sede, ese beneficio fue temporal. Miles de negocios aprovecharon el incremento en el consumo y la llegada de visitantes nacionales y extranjeros, pero un evento de esta magnitud por sí solo no modifica la tendencia de una economía estancada.
Sin duda el gran ganador económico de este Mundial fue la FIFA, que hace mucho dejó de comportarse como un organismo promotor del deporte para convertirse en una poderosa máquina de hacer negocios.
El organismo que dirige Gianni Infantino confirma torneo tras torneo que su prioridad es maximizar ingresos. Los elevados precios de los boletos dejaron fuera a buena parte de la clase media mexicana, convirtiendo un evento que debería ser una celebración popular en un espectáculo reservado para quienes pueden pagar cifras exorbitantes.
La instalación de pantallas gigantes y los Fan Fest organizados por las autoridades permitieron que miles de aficionados vivieran el torneo, pero también evidenciaron que asistir al estadio dejó de ser una posibilidad para muchas familias mexicanas. La FIFA ha construido un modelo donde los patrocinadores y los derechos comerciales pesan mucho más que la afición que hizo grande a este deporte.
Al final, el Mundial se ha transformado en un negocio global donde la pasión ocupa cada vez menos espacio frente a los intereses comerciales.
México volvió a cumplir como anfitrión; ahora el desafío es recuperar el dinamismo económico para que la próxima gran celebración encuentre a un país creciendo, invirtiendo y generando oportunidades para todos, no solamente para quienes hacen negocio con el futbol.
*@fer_martinezg
Únete al canal de WhatsApp de El Independiente y recibe las noticias clave del día, análisis y últimas actualizaciones directamente en tu celular.

