El avance de la ultraderecha en todo el mundo es el fruto envenenado del discurso del miedo y el odio que ha proliferado a lo largo y ancho del planeta.
Las últimas décadas han significado grandes cambios políticos, económicos y sociales. Para el conservadurismo global más recalcitrante, los masivos flujos migratorios y la conquista de libertades y derechos al territorio, a la identidad y a la libre disposición del propio cuerpo, entre otros, han sido hechos que se resisten a aceptar.
Durante las últimas dos décadas, las redes sociales consiguieron democratizar la información y el debate público, pero también han contribuido a la proliferación de discursos de miedo, rechazo y confrontación en un mundo donde coexisten amplias diferencias generacionales, ideológicas, religiosas y étnicas, entre otras.
Por su parte, el neoliberalismo tardío ha demostrado su ineficacia para garantizar el bienestar de la población en condiciones de equidad. Nunca la humanidad había producido y acumulado tanta riqueza, sin embargo, el 10% de la población acapara tres cuartas partes de la riqueza global y mientras las necesidades de consumo de la población crecen, el poder adquisitivo de la mayoría permanece estancado desde hace décadas.
Estos personajes se han aprovechado de la democracia institucional para, mediante el escándalo y la manipulación mediática, atizar los sentimientos de miedo, enojo, rencor y revancha, pregonando el odio y el desprecio a las grandes mayorías nacionales, pero sobre todo son actores carentes de ideas y de proyectos de nación. No hace falta poner nombres, hay muchos perfiles que perfectamente se identifican bajo ese esquema.
El momentáneo resurgimiento de la derecha en América Latina es resultado también de la intromisión de una hegemonía de la ultraderecha internacional. Diversos grupos oligárquicos latinoamericanos han encontrado en Estados Unidos un aliado de sus intereses y no les importan los riesgos de ese respaldo peligroso que, eventualmente, vulneraría la soberanía nacional de sus países.
Han tenido el descaro de proponer una megaprisión estilo Bukele y la instauración de un modelo tributario para desmantelar el soporte financiero a los beneficios sociales que se han convertido en derechos universales en nuestro país.
Por otra parte, las conductas que destacados panistas han tenido en los últimos meses, muy encuadradas a la traición a la patria, han favorecido, en el Estado de Chihuahua, la intromisión de agentes de la CIA en operativos encubiertos pactados con ese gobierno local.
También el panismo ha organizado la expedición de comitivas para participar en foros y congresos internacionales de la ultraderecha más intolerante como la de Vox, por mencionar alguna.
El inadmisible coqueteo que mantienen con el gobierno de los Estados Unidos para que intervenga en decisiones que sólo a las y los mexicanos corresponden, es otra de las prácticas que han sido muy recurrentes por la derecha panista.
Afortunadamente, la sociedad mexicana está politizada e informada. Contamos con un esquema de comunicación y de debate público que es circular y de ida y vuelta y, en gran medida, esto constituye un antídoto a las estrategias de inducción y manipulación de agencias y cadenas de información que históricamente han jugado un papel en beneficio de grupos e intereses económicos claramente identificados.
La gran apuesta en México es continuar y reforzar el diálogo permanente entre autoridades públicas y el pueblo para cerrarle la puerta al discurso de odio, la intolerancia y las estrategias de la ultraderecha que atentan contra los derechos y las libertades que hemos conquistado.
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