Durante el Mundial de 2026, el Gobierno de la Ciudad de México quiso convertir a toda la capital en una gran celebración. Instaló 18 festivales futboleros, colocó pantallas gigantes en distintos espacios públicos e invitó a la ciudadanía a vivir el torneo en las calles, bajo la idea de que “la ciudad será una gran tribuna”. Las calles llenas, las banderas y las multitudes fueron presentadas como evidencia de que la capital era la mejor sede mundialista. Sin embargo, después del encuentro entre México y Ecuador, los festejos en las inmediaciones del Ángel de la Independencia dejaron un saldo de cuatro personas muertas, tres de ellas por asfixia.
Lo ocurrido no puede explicarse simplemente como una aglomeración inesperada. Después del partido entre México y Corea del Sur, el Gobierno capitalino contabilizó a 730 mil personas en distintos espacios públicos de la ciudad; cerca de 400 mil se concentraron en el Ángel de la Independencia y Paseo de la Reforma. El aumento de la asistencia era evidente. El propio Gobierno decidió instalar nuevas pantallas con el objetivo de distribuir mejor a las personas y reducir las concentraciones excesivas. Conforme aumentaba la presencia de personas en las calles, la capacidad para medir aforos, controlar accesos y prevenir riesgos debió crecer al mismo ritmo.
El problema no fue que el Gobierno fomentara y promoviera la celebración, sino que lo hiciera sin acompañarla de controles suficientes para mantener la seguridad en los espacios saturados. Después de cada partido, la cantidad de personas en las calles era compartida como un trofeo internacional, como una forma de demostrar que la capital era la mejor sede del Mundial. En materia de seguridad, se desplegaron policías y personal médico; sin embargo, la ciudadanía no contó con información clara y en tiempo real sobre la capacidad segura de las zonas ni sobre el momento en que dejaría de permitirse el acceso. Desplegar a miles de policías en espacios congestionados no basta para hacerlos seguros: también es necesario controlar los flujos de personas y actuar antes de que la multitud sea imposible de contener.
La respuesta posterior del Gobierno demostró que existían herramientas para reducir los riesgos de esta clase de eventos. Para el partido contra Inglaterra, las autoridades establecieron un perímetro para controlar el flujo de personas y limitaron a 25 mil asistentes el acceso a la zona del Ángel. Una vez alcanzada esa capacidad, la población sería dirigida hacia otros puntos de Paseo de la Reforma o a alguno de los más de 50 espacios de transmisión distribuidos por la ciudad. Estas medidas demostraron que era posible distribuir mejor a la multitud y reducir el riesgo de saturación. El problema es que los límites claros llegaron después de las muertes, aunque el crecimiento progresivo de las concentraciones ya había advertido la necesidad de establecerlos. El Gobierno decidió cerrar la llave cuando el vaso ya se había derramado.
Estas tragedias no deben asumirse como inevitables. Por ello, he propuesto implementar un semáforo de ocupación y capacidad en los espacios públicos donde se realicen eventos masivos. Este sistema permitiría informar en tiempo real si una zona se encuentra en condiciones seguras, próxima a alcanzar su límite o completamente saturada. De esta manera, cuando un espacio se acerque a su capacidad máxima, la población podrá tomar una decisión informada sobre ingresar, retirarse o trasladarse a otra sede. Esta medida no impide que las personas formen parte de las celebraciones; permite que puedan hacerlo sin quedar atrapadas en un espacio que ya rebasó su capacidad.
La Ciudad de México buscó proyectarse ante el mundo como una capital alegre, hospitalaria, turística y capaz de convertir cada evento en una celebración histórica. Pero gobernar no consiste únicamente en llenar avenidas, romper récords de asistencia y producir imágenes espectaculares para el exterior. También implica anticipar riesgos, establecer límites y proteger a quienes responden a la convocatoria de sus propias autoridades. Cuando la imagen internacional de una ciudad se coloca por encima de la seguridad de sus habitantes, el costo puede ser mortal. Una celebración no se define por cuántas personas participan, sino porque todas puedan contarlo al día siguiente.
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