Señoras y señores pasajeros, muy buenos días. Les habla el capitán. Nos encontramos en un tramo estable de nuestro vuelo internacional. En unos minutos, la tripulación recorrerá los pasillos con el catálogo de artículos disponibles a bordo. Encontrarán productos oficiales de la Copa Mundial 2026, algunos ya con existencias limitadas. Les agradecemos tener preparada su forma de pago y continuar disfrutando del viaje.
Suelto el interruptor del micrófono, la luz del tablero se apaga y mi voz deja de escucharse en la cabina de pasajeros. Ahora le comento con mi copiloto: Es una escena muy moderna ¿no te parece? llevamos pasajeros a la final del Mundial y antes de llegar ya les ofrecimos una parte del espectáculo.
Sobre la consola dejamos uno de los catálogos y juntos reflexionamos entorno a lo que se ha convertido esta Copa Mundial, gracias a la FIFA, una asociación que comenzó en París en 1904 como sin accionistas ni derechos de transmisión de espectáculos; pero que hoy en día es capaz de generar una derrama económica de 80 mil millones de dólares, tan solo para este mundial.
Algunos dicen que se trata de un monopolio, ya que esta misma organización, que paradójicamente mantiene el carácter de organización no lucrativa, administra toda la competencia, contrata la producción audiovisual, protege la marca y decide qué empresas pueden asociarse con el torneo. Su argumento principal ha sido que muchas federaciones dependen de esos recursos para mantener instalaciones y competencias. Aun así, una cifra de esa magnitud debería obligar a revisar cómo se distribuye y cuánto regresa a los lugares donde el futbol se juega con presupuestos mínimos.
Esa concentración también quedó expuesta fuera de la cancha. Quince integrantes de la federación iraní no recibieron visa y su selección tuvo que desplazarse desde Tijuana bajo restricciones especiales para disputar sus partidos en Estados Unidos. Al mismo tiempo, Donald Trump pidió personalmente a Gianni Infantino revisar la expulsión del estadounidense Folarin Balogun y la FIFA suspendió después su sanción automática. Aunque no se ha probado una orden directa, ambos episodios debilitan el discurso de una competencia universal e independiente de la política.
La consigna de que el futbol une al mundo también encontró límites entre los espectadores. Las restricciones migratorias dejaron fuera o generaron temor entre aficionados, mientras la selección argentina exhibió tras vencer a Inglaterra una manta sobre las Malvinas, pese al llamado de veteranos a no trasladar al partido una guerra ocurrida en 1982. Para Argentina sigue siendo una memoria nacional profunda; para buena parte de la audiencia mundial es una historia distante. La FIFA pretende separar futbol y política, pero ambas se cruzan cuando se decide quién puede entrar al país, quién recibe un trato excepcional y qué mensajes alcanzan una tribuna global.
Messi representa también la transformación del futbol, pasando de ser un jugador estelar a empresario de la propia industria, pues es propietario de la UE Cornella, socio de Luis Suárez en el Deportivo LSM de Uruguay y cuenta con Play Time, un vehículo de inversión en deportes, medios y tecnología.
Este 19 de julio, millones de personas seguirán la final a través de televisores, teléfonos, restaurantes y festivales con pantallas gigantes, mientras que solo unos pocos tendrán la oportunidad de acudir al estadio, pagando boletos que, de acuerdo con algunos diarios, llegaron a precios oficiales de entre 19 mil 995 y 32 mil 970 dólares.
Y es que el futbol conserva todavía mucho de ese lenguaje universal: una cancha en el barrio o la escuela, jugadores locales y el amor a la camiseta. Vozinha, arquero de Cabo Verde, se posicionó como una de las figuras más queridas de este campeonato, lo que expresa esta fuerza para mantener viva la esencia del futbol como deporte; mientras que Argentina muestra cómo una selección puede convertirse en pantalla emocional de distintos proyectos de poder frente a distintas crisis: la dictadura en 1978, Malvinas en 1982, el neoliberalismo de los noventa y el gobierno de Milei ahora.
Mi copiloto y yo interrumpimos nuestra conversación para mirar los instrumentos y detectamos que las condiciones para la aproximación parecen favorables.
—Señoras y señores pasajeros, hemos iniciado nuestra aproximación. Les pedimos guardar sus compras, cerrar las mesas frente a ustedes y ajustar sus cinturones. Gracias por acompañarnos en este vuelo.
Apago la bocina. El catálogo queda cerrado sobre la consola y, frente a nosotros, comienza el descenso hacia la preparación de millones de espectadores para el final del espectáculo ofrecido en estas semanas a través de este deporte tan apasionante llamado futbol.
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