Hay fotografías que dicen más que mil conferencias Mañaneras del Pueblo. Y la de la cola de caballo de la presidenta Claudia Sheinbaum asistiendo a la final de la Copa del Mundo en Estados Unidos es una de ellas. No por el futbol. No por el protocolo. No para demostrar que sí tiene visa gringa. Mucho menos por la imagen acompañada de mandatarios extranjeros. La relevancia está en el mensaje político que envió, quizá sin proponérselo: México ya no puede darse el lujo de gobernarse desde el resentimiento.
Y es que todos los guapos lo sabemos: durante los seis años del Lopezobradoriato, México vivió recluido en una especie de fobia transfronteriza —si es que existe esa fobia— impuesta por el entonces presidente Andrés Manuel López Obrador. La ocurrencia del tabasqueño —basada en la premisa de que «la mejor política exterior es la interior»— no solo redujo la presencia diplomática de nuestro país en foros clave, sino que arrastró un tufo de complejo provinciano.
Parecía como si salir al extranjero, codearse con los poderosos de la escena internacional o sentarse a la mesa de los monarcas europeos fuera una frivolidad o un lujo innecesario. López Obrador aplicó la misma ignorancia de aquellas personas que no se dejan tomar una fotografía por temor a que les roben el alma. En su cabecita de algodón, AMLO convirtió muchas ausencias al extranjero en supuestas victorias morales. Como si no asistir fuera una forma de gobernar.
Por fortuna, la ajustada cola de caballo de la doctora Sheinbaum le ha permitido —al menos en este caso de la final del Mundial— tener las ideas más apretadas al cerebro y tomar decisiones a nivel global. Sin duda, Sheinbaum rompió con ese lastre de su antecesor al aceptar la invitación que le hizo vía telefónica el presidente Donald Trump.
Desde mi opinión, fue acertado que la presidenta Sheinbaum asistiera a la final entre España y Argentina en Nueva York porque significa que comprende que los símbolos también gobiernan. Que estar presente importa. Que ocupar un asiento en el escenario donde el mundo pone la mirada no disminuye la soberanía. Y, sobre todo, que como diría el personaje de Frank Underwood en la serie House Of Cards cuando comparaba el poder con los bienes raíces: «Todo se reduce a la ubicación, la ubicación y la ubicación. Cuanto más cerca estés de la fuente, mayor será el valor de tu propiedad».
Que conste en Actas que aquí, ni mi CISEN ni yo, somos aplaudidores de todo lo que hace Claudia Sheinbaum. La crítica sigue siendo indispensable. A pesar de su debut internacional su gobierno enfrenta enormes desafíos en materia de seguridad, economía, corrupción y narcotráfico. Pero cuando una decisión merece reconocimiento, también hay que decirlo con la misma claridad con la que se señalan los errores. Y, definitivamente, Claudia metió un gol en Nueva York. Nos guste o no.
Hagamos cadena de oración para que no se baje de ese reflector internacional. México necesita una Presidencia que dialogue con el mundo, que ocupe los espacios internacionales y que entienda que la diplomacia también se construye con presencia física. Ninguna carta diplomática sustituye el chismecito necesario con el Rey de España Felipe VI y su esposa Letizia en el palco del poder; ninguna llamada telefónica se compara con las risas por los chistes del presidente más poderoso del mundo, Donald Trump.
Tengo la sospecha, y cuando tengo la sospecha casi siempre tengo la certeza, de que la mandataria mexicana entendió lo que su antecesor nunca quiso aceptar: que ocupar los espacios donde se toman las decisiones no es rendición, es astucia política. Al presidir la entrega del Balón de Oro y saludar a las estrellas del balompié mundial, Sheinbaum no solo representó a un país; le devolvió a la Presidencia de México esa proyección internacional de la que se le había privado por prejuicios y complejos del pasado que solo Sigmund Freud nos podrá explicar.
Dicen las sabias damas de mi CISEN (Comadres que Investigan Sobre la Élite Nacional) que la mejor manera de romper con el pasado no es pronunciar un discurso contra él. Basta con hacer la maleta, asistir al evento correcto con el Outfit correcto y recordar que la confianza de un país también se refleja en la forma en que su líder ocupa el lugar que le corresponde frente al mundo.
Al final, la fotografía que quedará para la historia no será la de la cola de caballo de Claudia Sheinbaum en un palco VIP en una final mundialista. Será la de una presidenta que empezó a entender que las herencias malditas y los complejos personales nunca deben convertirse en política de Estado.
*(@betotavira)
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