Durante décadas, el examen de admisión de la UNAM representó una serie de cosas. Era una de las pruebas más duras para los estudiantes que comenzaban su camino en la preparación profesional. Semanas, meses antes, los aspirantes se preparaban mediante horas de realizar apuntes, leer libros, estudiar las guías, hasta tomar cursos especiales para ello. De alguna forma, sortear este examen era un motivo de orgullo, algo digno de presumirse. Y esto ocurría porque el mecanismo parecía ser impecable, pero, sobre todo, porque tenía algo fundamental para una institución que decide y forma el futuro de miles de jóvenes: credibilidad.
Hoy, tratando de adaptarse a los nuevos tiempos, la máxima casa de estudios pudo haber cometido un error tan grande que podría haber dado al traste con ello. La confianza en el examen de admisión está severamente en juego.
Por primera vez en su historia, la Universidad Nacional aplicó totalmente en línea el examen de ingreso a licenciatura. Aunque detrás de ello estaba la intención de modernizar el procedimiento, el resultado que trajo este nuevo mecanismo ha sido tan desastroso que ya no puede explicarse solamente como una resistencia a la nueva era tecnológica.
Todo esto, la sospecha, comenzó con los resultados. En varias carreras, las distribuciones de puntaje se desplazaron abruptamente hacia arriba. No hablamos solamente de un puñado de aspirantes extraordinarios, sino de poblaciones completas que, de un año a otro, obtuvieron marcadamente más aciertos.
Por ejemplo, en la carrera de Medicina. El promedio histórico de aciertos en los últimos años se había mantenido entre 59 y 62. Si tomamos el punto medio de esta cifra, la variación observada por encima o por debajo de ella es de ±2.48%; es decir, respecto del promedio de esos años, entre un examen y otro la cifra se había mantenido dentro de una banda de apenas 2.48% hacia arriba o hacia abajo. Pero en este 2026, el número de aciertos promedio subió hasta 78, con lo que el porcentaje de aumento sobre la media reciente es de 28.9%, más de once veces la variación máxima que se había observado alrededor de ella.
Esto, por sí mismo, no prueba una “trampa”, pero, de entrada, estadísticamente enciende alarmas. Y la situación podría quedarse solamente en “alarmas”, de no ser porque la misma tónica se replicó en múltiples carreras y en distintas áreas del conocimiento.
En Actuaría, por ejemplo, el promedio pasó de aproximadamente 67 a 82 aciertos, un incremento superior al 22%. En Ingeniería Aeroespacial, la cifra pasó de alrededor de 67 a 78, es decir, más de 16%. El fenómeno, por tanto, no se concentró solamente en Medicina ni en una facultad específica: apareció en carreras distintas y entre poblaciones completas de aspirantes.
Pero los promedios generales no fueron el único indicador que se movió. También aumentaron, en algunos casos de forma extraordinaria, los llamados puntajes de corte: el número de aciertos obtenido por el último aspirante que consiguió uno de los lugares disponibles.
En Administración, el corte había permanecido durante los últimos años entre 87 y 90 aciertos. En 2026 llegó a 108, 20% por encima de su máximo anterior. En Derecho, pasó de un techo previo de 89 a 105, un incremento cercano al 18%. En Arquitectura subió de 96 a 108, 12.5% más. Y en Psicología pasó de 107 a 112, aun cuando hubo menos personas presentando el examen que el año anterior.
Aun con todo este cúmulo de movimientos estadísticos, por sí mismos, no queda demostrado un fraude generalizado. Pero a toda esta sospecha se sumaron testimonios sobre personas que habrían recibido ayuda externa, utilizando inteligencia artificial o contratando servicios que ofrecían resolver el examen. La propia UNAM detectó estos movimientos e incluso presentó denuncias.
Pero, así como, probablemente, hubo quienes pudieron haber hecho trampa y obtenido un lugar en la universidad, otros podrían estar en un caso inverso: habiendo realizado todo de forma legal, sus exámenes fueron cancelados. Muchos denunciaron recibir esta sanción por movimientos frente a la cámara, reflejos en los lentes, ruidos domésticos, interrupciones de internet o conductas que el sistema habría interpretado como sospechosas.
De tal suerte que la UNAM terminó quedando atrapada entre dos acusaciones igual de graves: tramposos que se habrían salido con la suya, y presuntas víctimas inocentes de la persecución de tramposos. Y no es lo único en lo que la universidad ha quedado aprisionada. En este punto, cualquier posible alternativa, cualquier solución, parece que terminará dejándola dañada. A ella y, también, a los aspirantes. A muchos de ellos, al menos.
Lo primero que la máxima casa de estudios tendrá que hacer es, con toda claridad, investigar y explicar qué ocurrió. Si comprueba que no hubo trampas, ni errores, el reto será convencer a la opinión pública de ello. Eso, en este punto, luce difícil. La duda, por más evidencias que brinde, siempre quedará. Pero si confirma que, en efecto, hubo quien engañó al sistema y afectó a otros inocentes, el reto podría ser aún mayor: ¿cómo reponer el proceso?, ¿lo haría por completo?, ¿sacaría a los tramposos?, ¿habría certeza de que esos, los señalados, fueron los únicos que hicieron trampa?, ¿volverá a aplicar el examen a aquellos a quienes habría señalado injustamente? Este escenario —la confirmación de trampas en el examen— obligaría a la universidad, como única alternativa para mantener su credibilidad y prestigio, a volver a aplicar íntegramente el examen, evidentemente, de manera presencial.
Pero incluso este escenario, el “menos malo” para la UNAM, dejaría víctimas en el camino. Aquellos aspirantes que sí hicieron las cosas bien, que se prepararon durante meses y que, con todas las de la ley, obtuvieron un lugar en la carrera de su elección, se verían obligados a pasar por el mismo proceso. Tal vez no desde cero, pero, de alguna forma, tendrán que repetir muchos de los pasos anteriores. Y esto, a todas luces, sería injusto. Un castigo para aquellos que hicieron las cosas bien y que tendrán que pagar el error de otros, de la UNAM.
Porque sí, en este punto, sin duda, la UNAM cometió un error: o aplicó un nuevo método de selección propenso a trampas, o realizó alguna modificación metodológica previa que podría explicar este cambio en los resultados pero que, a su vez, no fue explicada a la opinión pública a priori.
Modernizar no es malo. Pero tampoco significa trasladar todo, a toda costa, a una pantalla. Mientras instituciones como la Facultad de Derecho de la Universidad de Chicago vuelven a prohibir computadoras y celulares en sus primeros cursos, la UNAM debería recordar algo elemental: avanzar no siempre es cambiar; a veces también es conservar lo que todavía funciona.
Nos vemos el próximo jueves. Tenemos una cita con el poder.
Agendado.
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