El Príncipe, escrito por Nicolás Maquiavelo en 1513, es uno de los grandes e imperdibles clásicos de la filosofía política, por su carácter de universalidad, resistencia al tiempo, capacidad de relectura y por la influencia cultural que ha tenido hasta la fecha. Siempre hay que releer a Maquiavelo.
Con él inicia una nueva etapa del realismo político en la modernidad; en la antigüedad lo fue con Tucídides. Esta epistemología ve a la política como disciplina autónoma; política y ética abordarán su propio objeto de estudio: aquella el poder, ésta la moral. Lo primero no tiene relación con la segunda.
Ese gran clásico, instructivo para el ejercicio del poder, aconseja establecer colonias y comunidades en los territorios conquistados, como método eficaz y eficiente por sobre la ocupación militar, la cual, al paso del tiempo, es incosteable e insostenible.
Con el realismo político se entiende, en el marco de la geopolítica, la dialéctica de los imperios, donde el poder global no es estático, sino resultado del conflicto y adaptación entre las superpotencias, por lo que la lucha por el poder, definitivamente, no encuentra justificación moral; la tiene en el pragmatismo de asumir y mantener el poder para la supervivencia de los imperios.
En las luchas imperialistas europeas de la modernidad las colonias y sus comunidades son muestra de proyecto geoestratégico y marcaron la diferencia de lo que Gramsci denominó la pequeña y la gran política. El contraste entre una y otra está en que la primera se interesa por el día a día, mientras que la segunda se ocupa de las grandes cuestiones estructurales, como la fundación de nuevos Estados, la imposición de hegemonía o la transformación del sistema socioeconómico.
En aquella dialéctica imperialista se encuadra el devenir histórico de las colonias que, para el caso del imperio hispánico, siguió al dedillo la prescripción maquiavélica de hacer comunidad a través del mestizaje y en ello tener justificación.
La conquista de los territorios precolombinos no significó sólo extracción de recursos; los hispanos desembarcaron con semillas y ganado y con la intención de hacer familias para forjar hogares, los que serán nuestros hogares en la era contemporánea.
Religión, idioma, sistema jurídico y el intercambio cultural en el mestizaje, han dado identidad latinoamericana y posibilidad de proyecto en común con miras al desarrollo para lograr mejores y mayores condiciones de vida.
Sin embargo, desde el siglo XVI hasta nuestros días persisten fuerzas con la finalidad de dividir, de fragmentar, de balcanizar; primero con la llamada Leyenda Negra para evitar la unidad entorno a un pasado común, tanto hispano, como indígena; ahora, con fanatismos como los que produce la industria neoliberal y corrupta del futbol.
La geoestrategia de dividir a los pueblos latinoamericanos resulta rentable para quien pretende imponer hegemonía en la dialéctica de los imperios del siglo XXI. Nacionalismos simplones como los argentinismos o los mexicanismos cierran fronteras que miran hacia dentro y discriminan hacia afuera con una brutal xenofobia fratricida.
Negarnos entre unos y otros pueblos latinoamericanos hace totalmente entendible lo que Jorge Abelardo Ramos sentenció: “Somos un país porque no pudimos integrar una nación, y fuimos argentinos porque fracasamos en ser latinoamericanos”.
@marcialmanuel3
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