Hay imágenes que no necesitan pie de foto, de esas que llegan sin tocar la puerta y se instalan en la sala. En la pantalla: jóvenes atravesando el agua, empujándose, corriendo hacia Ceuta como si la frontera fuese una raya de gis que la primera ola pudiera borrar. En pocas horas, una ciudad habituada a reconocerse en el espejo dejó de saber quién era.
Y aquí, del otro lado del Atlántico, la escena nos resulta inquietantemente familiar. Una frontera larga, fatigada y llena de discursos, donde México, con la naturalidad de quien se quita un problema de encima, empuja hacia el norte lo que no ha sabido resolver en casa.
Cuando la casa no alcanza para todos, el gobierno mira hacia el norte con esa expresión del anfitrión que descubre, demasiado tarde, que olvidó comprar la cena.
Faltan empleos dignos, oportunidades y un Estado que no convierta cada trámite en una novela rusa; pero cuando esto sucede la salida más cómoda consiste en dejar que el problema camine a la frontera.
La lógica tiene la pulcritud de ciertas indecencias. Es como si un padre, incapaz de sostener a sus hijos, los enviara a casa del vecino y luego organizara una conferencia de prensa porque el vecino puso cerrojo. “¡Qué falta de solidaridad!”, exclama, mientras evita la pregunta elemental: ¿y usted, señor, ¿qué hizo con la casa propia?
Y es donde aparece el solemne vocabulario de los derechos humanos, usado como cortina que impide ver el escenario completo. Porque también hay derechos cotidianos: los de quien pagó impuestos, levantó una pequeña empresa, educó a sus hijos y aceptó reglas para vivir sin sobresaltos. Esos derechos no suelen caber en una pancarta; porque la responsabilidad es poco fotogénica.
México y Marruecos, cada uno con su historia y sus propios disfraces, conocen bien el arte de trasladar la factura. “Aquí no pude darte lo necesario; ve allá.” Si el país receptor protesta, se le somete de inmediato al tribunal de los adjetivos: insensible, egoísta, xenófobo.
La sentencia llega antes que el expediente.
Qué cómoda resulta la moral cuando la cuenta la paga otra mesa.
Entre quienes cruzan debe haber personas trabajadoras, familias asustadas y gente que busca una oportunidad legítima, pero también existen riesgos, abusos y delitos que ningún sentimentalismo cancela. Reconocer una cosa no obliga a negar la otra.
La cuestión central es la responsabilidad: un Estado que no ofrece futuro a sus ciudadanos no puede convertir a otro Estado en sustituto obligatorio de sus deberes.
Europa se edificó con tropiezos, guerras y una cantidad heroica de formularios que desalentaría al mismo Napoleon. Tiene derecho a ordenar sus fronteras y proteger sus instituciones. El muro, la valla o el control no aparecen por generación espontánea: son respuestas a conflictos que otros prefirieron no resolver.
A esto se le suman los principales exportadores de personas que son las ideologías socialistas, esas que suelen prometer una vida luminosa y entregar, con puntualidad burocrática, una explicación de por qué la luz no llegó.
Cuando un modelo fracasa, lo decente sería revisar la instalación. Sin embargo, demasiados gobiernos optan por abrir la puerta trasera, dejar salir a la gente y acusar de falta de humanidad a quien pregunta cuántos pueden entrar.
Da pena observar cómo se censura al que intenta conservar lo construido y se disculpa al que abandonó la obligación de construir.
Da pena que la solidaridad se presente como una virtud sin límites, como si los recursos, las escuelas, los hospitales y la convivencia fueran infinitos.
Al final, el muro no es el problema. El problema es el padre que empujó a sus hijos hacia la puerta ajena.
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