Hay países donde las elecciones son un ritual sagrado, otros donde son un trámite engorroso y otros los más honestos, digamos donde simplemente decidieron no complicarse la vida. Arabia Saudita no las celebra. Brunéi tampoco. El Vaticano elige a su jefe de Estado entre cardenales, no entre ciudadanos. Afganistán, bajo los talibanes, las prohibió. Eritrea hace décadas que no se molesta. Y ahora, con la naturalidad de quien anuncia que se acabó el café, Daniel Ortega ha decidido que Nicaragua se sume al club.
“¡Que se olviden! Aquí no volverá a haber elecciones para que por ahí intenten ellos atrapar el Gobierno, atrapar el poder”, dijo el comandante el 19 de julio, mientras conmemoraba los 47 años de la Revolución Sandinista. Y uno no sabe si reír o llorar. Porque hay algo casi refrescante en la desfachatez. Durante años se fingió el teatro: se armaban casillas, se imprimían boletas, se detenía a los opositores un mes antes y después se proclamaba el triunfo del pueblo. Ahora Ortega ha preferido la honestidad brutal: se acabó el teatro.
Es como si un matrimonio, después de décadas de discusiones fingidas, decidiera de pronto: “Sabes qué, ya no vamos a discutir. Yo mando y punto”. Menos hipocresía, más claridad.
Claro que el problema no es la claridad. El problema es lo que se pierde por el camino. Porque las elecciones, por imperfectas, fraudulentas o aburridas que sean, tienen una virtud: obligan al poderoso a mirar de vez en cuando hacia abajo. Aunque sea para decir “yo gano de todos modos”. Cuando se elimina esa obligación, el poderoso ya no necesita ni siquiera fingir que escucha.
Ortega ha dicho que pondrá “un muro” a los partidos que pretendan llegar al poder por la vía electoral. Un muro. Qué metáfora tan contemporánea y cínica viniendo de un País empobrecido por la izquierda.
Uno recuerda a aquellos viejos dictadores que al menos tenían la delicadeza de organizar cada cierto tiempo una farsa electoral. Ahora ya ni eso.
En el club de los países sin elecciones hay monarquías absolutas que heredan el poder como se hereda un reloj de oro, teocracias que lo reciben por inspiración divina y regímenes que simplemente decidieron que el pueblo ya votó suficiente. Corea del Norte es el miembro más disciplinado del club: ahí no solo no hay elecciones libres, sino que se ha perfeccionado el arte de hacer creer que el silencio es consenso. Nicaragua, con su anuncio, acaba de solicitar membresía plena.
La historia, esa vieja dama irónica, debe estar sonriendo con amargura. Porque al final a veces las revoluciones no terminan con el dictador. Terminan convirtiéndose en él.
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