Durante el régimen neoliberal y los primeros años de Andrés Manuel López Obrador, la Oficina de la Presidencia de la República, adquirió una influencia política incomparable, pero caracterizada por la mala fama.
Carlos Salinas de Gortari inventó la Oficina de la Presidencia el 5 de junio de 1992, con dedicatoria para Joseph-Marie Córdova Montoya, quien inauguró la fama sombría del área a su cargo.
Nada sucedía en Los Pinos que no pasara por la aduana del temido político franco-español nacionalizado mexicano.
Ernesto Zedillo la mantuvo vigente, y la encabezó Luis Téllez Kuenzler, quien también era medio perverso (pregúntenles a sus víctimas), pero no le llegaba ni a los talones a Córdova.
Al finalizar 1997, el presidente decidió la desaparición del área y repartió sus funciones en ocho gabinetes: agropecuario, de desarrollo social, económico, de política interior, de política exterior, de salud, de seguridad nacional y de turismo, agrupados bajo el control de dos coordinadores de Asesores del presidente de la República.
Vicente Fox la resucitó y la diseñó de manera que pudiera adecuarse a las características del psicólogo Ramón Muñoz Gutiérrez, quien cobró justa fama por su invención de los “mapas mentales” que guiaron una buena parte de las decisiones políticas del presidente, con resultados desastrosos.
Felipe Calderón mantuvo el área, pero la modificó sustancialmente para entregar a Juan Camilo Mouriño un instrumento tan poderoso que lo colocó por encima del resto de los servidores públicos de primer nivel, incluyendo al primer secretario de Gobernación del sexenio, Francisco Javier Ramírez Acuña.
El traje a la medida de Mouriño le quedó grande a Gerardo Ruiz Mateos, quien lo sucedió en el cargo y Calderón decidió repartir el poder.
El secretario particular del presidente asumió las tareas de mantener las relaciones interinstitucionales con las dependencias y entidades de la administración pública federal y con otras instituciones del sector público, privado y social; diseñar la agenda y el calendario de giras presidenciales, y coordinar con el Estado Mayor las giras del jefe del Ejecutivo federal y su asistencia a actos públicos en el país y en el extranjero.
Erique Peña Nieto designó a Francisco Guzmán, quien paso con más pena que gloria por dicha Oficina. Posteriormente, Aurelio Nulo se hizo cargo del negocio.
Andrés Manuel López Obrador “revivió” a esa dependencia, donde puso como titular a su amigo empresario y mecenas de su campaña, Alfonso Romo Garza, quien había sido un hombre exitoso en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari.
AMLO le otorgó a Romo poderes plenipotenciarios sobre otros miembros del gabinete legal y ampliado, ninguneando a los secretarios de Hacienda, Economía, Gobernación; a los directores de Pemex, CFE y una docena más de varias dependencias claves para el desarrollo económico del país.
Poder similar al que Salinas de Gortari le otorgó a Jospeh Marie en 1992, cuando la creó.
Durante los primeros dos años, Romo se dedicó a sembrar discordia entre varios miembros del “gabinete de tiliches”, y finalmente López se vio en la penosa necesidad de despedirlo.
Claudia Sheinbaum le encargó a Lázaro Cárdenas Batel una Oficina de la Presidencia disminuida, y ayer anunció una reorganización que contempla la desaparición de la vocería de la Presidencia (que no tenía voz, apuntan algunos), y la creación de la Coordinación General de Vinculación e Información que coadyuvará con el diseño de contenidos y materiales dirigidos a la opinión pública, y convocará a medios de comunicación para que asistan a giras y eventos públicos. Dejó “vivita y coleando” a la Coordinación General de Comunicación Social. ¡Ni sombra de lo que fue la susodicha Oficina!
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