Bienvenidas y bienvenidos. La semana pasada dejamos una ruta marcada en nuestra carta de navegación, para un vuelo hacia el sur sobre esa franja que une a México con el resto del continente. Las distancias son pequeñas en este territorio que concentra disputas profundas por alcanzar la democracia, la soberanía y el control del poder.
Nuestra primera escala es Nicaragua. Quienes seguimos la historia latinoamericana sabemos lo que significó la Revolución Sandinista que terminó con la dictadura de los Somoza y abrió una esperanza que muy pronto enfrentó la intervención estadounidense.
Daniel Ortega y Rosario Murillo concentran hoy un poder cada vez más distante de aquella promesa emancipadora. Las reformas constitucionales consolidaron la copresidencia, ampliaron el control sobre las instituciones y redujeron el espacio para la oposición. Naciones Unidas ha documentado persecución, vigilancia y utilización de recursos públicos dentro de ese aparato de control.
Por su parte, Nicaragua plantea una discusión necesaria. Defendemos su soberanía frente a cualquier intento de intervención extranjera y, con la misma convicción, defendemos la soberanía del pueblo nicaragüense para organizarse, disentir y elegir. Una revolución encuentra parte de su legitimidad en las libertades que consigue ampliar y en los derechos que logra convertir en realidad.
Seguimos hacia El Salvador. Una historia diferente con señales conocidas. Nayib Bukele construyó una enorme legitimidad alrededor de la reducción de la violencia, resultado que ayuda a explicar el amplio margen social obtenido, pero debemos observar su costo: el régimen de excepción, que se ha prolongado acompañado por detenciones arbitrarias, violaciones al debido proceso y abusos penitenciarios.
Historias distintas y una misma pregunta para buena parte de nuestra región: ¿cuánto poder estamos dispuestos a depositar en una persona cuando ofrece resolver aquello que las instituciones no pudieron solucionar durante décadas?
Cambiamos de altura, volemos ahora sobre Honduras, país que durante los años ochenta fue plataforma de la estrategia regional de EEUU. Décadas después, la Base Aérea Soto Cano continúa albergando a la Fuerza de Tarea Conjunta Bravo del Comando Sur.
En enero asumió la presidencia Nasry Asfura después de una elección extraordinariamente cerrada y cuestionada, precedida además por el respaldo público de Donald Trump. Escena que resulta muy conocida en América Latina. Honduras mantiene un enorme valor para Washington por su ubicación, los movimientos migratorios y su utilidad para la estrategia regional de seguridad.
Desde México sabemos que entre países formalmente soberanos existen relaciones profundamente desiguales. Una potencia dispone de recursos económicos, militares y diplomáticos capaces de reducir el margen de decisión de sus vecinos. Honduras permite observar esa asimetría prácticamente sobre el terreno.
Desde la ventanilla aparece Costa Rica, país que en febrero otorgó la presidencia a Laura Fernández, pero que muy pronto ocasionó preocupaciones sobre la independencia judicial, los contrapesos y la continuidad de un ejercicio cada vez más personalista del poder. Apenas esta semana hubo movilizaciones en San José en defensa de la independencia de las instituciones.
Seguimos hasta Panamá. El Canal aparece desde el aire como una línea estrecha, aunque por ella cruza una parte fundamental del comercio mundial y, junto con los barcos, dos siglos de disputas geopolíticas. Donald Trump ha hablado reiteradamente de recuperar su control para Estados Unidos. Panamá ha respondido defendiendo su soberanía mientras amplía acuerdos de cooperación en seguridad que permiten operaciones estadounidenses en determinadas instalaciones.
Nicaragua, El Salvador, Honduras, Costa Rica y Panamá cuentan historias diferentes, aunque empiezan a dibujar una preocupación compartida. Sociedades cansadas de inseguridad, desigualdad, corrupción y gobiernos incapaces de responder con rapidez están otorgando mayores márgenes a liderazgos fuertes. Sobre esa misma región, Estados Unidos recupera presencia política, militar y estratégica.
Mientras tanto, México tiene razones para seguir mirando hacia el sur, pues Centroamérica llega todos los días a nuestra frontera y forma parte de nuestra seguridad, nuestra política migratoria y nuestra relación con Estados Unidos. En el siguiente vuelo internacional, seguiremos más al sur, emblemática región de nuestra bella América Latina.
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