El PRI ya no es un partido. Es un cadáver que cobra. Y lo peor no es que se esté muriendo: es la forma en como muere, sin un mínimo de dignidad.
Hubo un tiempo en que el PRI no se discutía: se padecía o se administraba. Era esa gran casa de huéspedes forzosos donde cabían casi todos, siempre y cuando aceptaran las reglas no escritas de la lealtad, el silencio oportuno y la espera paciente del turno. Se sabía que el partido no era de nadie y, al mismo tiempo, era de todos los que sabían esperar. En sus mejores días, el PRI era un monstruo disciplinado.
Hoy el monstruo está flaco, desorientado y, lo más grave, tiene dueño. Y no cualquiera: tiene a Alejandro “Alito” Moreno.
Lo que queda del tricolor ya no parece un partido sino una franquicia personal. La alternancia interna, esa vieja costumbre priista de renovar cuadros, aunque fuera por agotamiento, se ha convertido en una especie de delito. Quien se atreve a cuestionar el control de Alito es tratado como disidente, cuando no como traidor. El resultado está a la vista: un partido que perdió gubernaturas, militantes, credibilidad y hasta la capacidad de generar ilusión.
Porque el verdadero drama no es que el PRI se esté extinguiendo. El drama es que se está extinguiendo sin debate interno real y sin la menor intención de dejar que alguien más intente salvarlo. Alito no parece el último priista: parece el dueño de un solar abandonado que prefiere que se caiga antes que cederlo.
Ahora empiezan a detener a sus colaboradores. Y aunque algunos griten persecución, la verdad es más cruda: cada detención funciona como una forma de eutanasia. Le están acelerando una muerte que, de seguir así, solo prolongaría la pena. Porque hay agonías que ya no merecen respeto.
El viejo PRI, con todos sus crímenes y cinismos, al menos sabía cuándo tocar fondo y reacomodarse. Este PRI de ahora prefiere la humillación cotidiana antes que arriesgar una renovación real. Y cuando un partido llega a ese punto, ya no es tragedia: es caridad acelerarle el final.
Que detengan a los colaboradores de Alito no es solo un golpe político. Es, en el fondo, un acto de misericordia.
El PRI se apaga. Y lo más inquietante no es la oscuridad que deja. Es que ya nadie, ni dentro ni fuera, parece interesado en prender de nuevo la luz.
El PRI se está muriendo. Y la verdad cruda es que, tal como está, nadie debería llorarlo
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