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Opinión

Fidel más allá de los recuerdos

Redacción
Por Redacción Publicado agosto 14, 2026 16 Min de lectura
Foto: Wikimedia Commons
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Norberto Fuentes

26 de julio de 2006. Fue un espectáculo dantesco. Aquel gigante en uniforme de campaña retorciéndose de dolor en el piso de su An-26 ejecutivo que volaba de Holguín a La Habana. Y no había médico a bordo. Lo demás es historia.

En ningún reporte aparece ahora su desconsuelo y que lloraba amargamente cuando supo que le habían instalado la despreciable bolsita para las evacuaciones. Mucho menos se conoce que, adaptado a la idea de su destino, dedicó todo el tiempo posible —y en el más absoluto secreto— a preparar su prole, Dalia y a sus hijos. Por primera vez en su vida iba a serle fiel a una mujer. Tenía que ponerla a salvo.

Años antes, el 10 de mayo de 1969, al mecanografiar su testamento, Ho Chi Minh citaba una aseveración de Tu Fu. «En todas las épocas, escasas son las personas que llegan a los 70 años.» Y añadió: «Este año cumplo los 79. Ya soy de esas personas “escasas en todas las épocas”.» A Fidel —pese a su confesada admiración por el «Tío Ho»— nunca le hizo mucha gracia el tope de los 80 años. De modo que, cuando comenzó a acercarse a la fecha fatídica, y con la asesoría de Eugenio Selman, su médico personal, inauguró el Club de los 120 Años. La premisa era que el ser humano estaba biológicamente diseñado para vivir esa cantidad de años. Así comenzaron, ellos mismos de cobayos, a comer casi solo vegetales y eludir las grasas animales y controlar el azúcar. (Luego se permitieron algunos pescados a la plancha y uno que otros sorbos de vino.)

Al final Fidel se quedó corto por 30 años, pero de algo sirvió el esfuerzo. Llegó a los 90. 

Los americanos, que tienden a ser bastante chapuceros en cuanto a las proyecciones, se mandaron a correr con sus especulaciones. El precavido Ho Chi Minh murió dos años después de su cita del poeta Tu Fu, y efectivamente no llegó a los 80. A los pocos días de la gravísima crisis intestinal y de tres intervenciones quirúrgicas, la CIA filtró —el 6 de octubre de 2006— que «Castro padece de cáncer terminal». Así que, con respecto a Fidel, la CIA se embarcó en las predicciones —¡por 10 años! (De cualquier manera por órdenes del presidente Bush se organizó a la carrera la inevitable comisión para monitorear la situación cubana y estar preparados para la contingencia de un cambio de gobierno.)

En la especie de cobertizo que era su casa, en un discreto retiro de los jardines del Palacio Presidencial de Hanoi, el mobiliario de Ho Chi Minh consistía en un escaparate, una cama vietnamita sin colchón y una mesa de maderas cubanas regalada por Fidel Castro. De modo que al otro lado del planeta, aquel hombre para el que no había límites en sus apetencias (y en los lujos sin límites que se dispensaba) aún cabía la delicadeza de escoger un presente que sin duda agradaría al venerable anciano. En la mesita podría disfrutar de su té y oficiar con los pocos visitantes que recibía mientras los invitaba a sentarse en el piso.

De manera inadvertida, entre uno y otro líder revolucionario se abría el abismo de un hombrecito frugal y poco dado a los placeres mundanos y de un bien alimentado hijo de terrateniente criollo que no conocía límites para sus ambiciones y cuya única escala de medida era la desmesura. Mas, debe advertirse, en esas diferencias también radicaba que se hubieran convertido en los símbolos de sus respectivos pueblos. Cada uno en la hechura de culturas y tradiciones radicalmente opuestas.

Y ese tipo de regalos que Fidel solía hacer y que procuraba ajustarlo al beneplácito de sus receptores, se respaldaba en los informes de su excelente servicio de inteligencia, amén de que —para no ofender a personajes del talante del humilde Ho Chi Minh— se protegía con su bien blindada leyenda de gladiador antimperialista. Lo esencial era neutralizar la filtración de cualquier información sobre lo que él llamaba «vida personal». A Nasser le enviaba con exactitud mensual una caja de 150 puros de calibre reducido, sus favoritos. Nadie más bien recibido a bordo del yate fondeado sobre el Nilo que Luis García Guitar, el embajador cubano —con su preciada carga. (Los escudos de Cuba y Egipto enlazados en la tapa de las cajas de cedro.) Al peruano Velazco Alvarado y al chileno Salvador Allende los colmaba de pintas de helados de coco, el sabor favorito de ambos. Fidel embarcaba en un Illushin-62 de Cubana de Aviación a Lupe Veliz, la mujer de Antonio Núñez Jiménez, el embajador cubano en Lima. Cada 15 días, sin fallar, ahí estaba ella con la estiba de los sudorosos termos. Fidel aprovechaba de paso, mientras Núñez se entretenía en los avatares diplomáticos de Lima, para sus escarceos románticos con Lupe en cualquiera de sus refugios de la isla. Pero los gastos estaban justificados por los beneficios de su bien aceitada maquinaria de relaciones internacionales.

En la recepción que en enero de 1989 ofreció a las delegaciones de sus archi enemigos americanos y sudafricanos por la primera reunión de la comisión cuatripartita que dio fin al conflicto del África Austral, Fidel, excelso anfitrión, dijo a sus invitados: «¿Por qué no se dan un paseo por todo el país? No se preocupen por los gastos. De todas maneras nosotros estamos en bancarrota».

¿Para los soviéticos? Bueno, allí los tabacos eran poco apreciados, y el ron cubano tenía poca competencia con las botellas del cristalino vodka. (Solo el escritor Illia Eheremburg era un consumidor profesional del material criollo, pero él no habitaba en las cumbres del Kremlin, así que se le eludía en las listas oficiales cubanas. Pese a todo, fue uno de los que recibió con mayor alegría el establecimiento de las relaciones con «la Isla de la Libertad», y especialmente de los expendios de tabaco cubano surgidos de repente en Moscú.)

Gabriel García Márquez resultaba más afortunado. Hacia 1995 Fidel mandó a buscar a Zimbabwe dos hermosos ejemplares de impalas, de más de 160 libras cada uno, para lo cual hizo valer su alianza con Robert Mugabe y despachó el consabido Ill-62 de Cubana con el propósito de tener esa carne al fuego en la celebración del cumpleaños, el 6 de marzo, de Grabriel, como él le llamaba. Un impala para Gabo, el otro para el zoológico de la ciudad. Pero el primero hubo de ser sacrificado porque el impala original del guateque de Gabo, que pastaba en los dominios del comandante Guillermo García —uno de los llamados «comandantes históricos»—, en las afueras de La Habana, fue descuartizado por unos desalmados en vísperas de la fecha establecida para su sacrificio oficial y distribuida y consumida su carne en los poblados de los alrededores, gracias a la red del mercado negro asociada a los diestros descuartizadores.

Con la misma, Fidel solía adoptar una actitud diferente con personajes menos apreciados. El 20 de abril de 1961, mientras iba y venía de Bahía de Cochinos donde se combatía contra la brigada de la CIA, Fidel se presentó en la celda donde se hallaba Eufemio Fernández, un viejo conocido de su época de las luchas universitaria pero ahora acusado de operativo americano, y le dijo, mientras se trasteaba en los bolsillos de su uniforme: «Coño, Eufemio, venía a traerte unos tabaquitos, pero se me quedaron en el carro. De todas maneras, prepárate porque te van a fusilar esta noche.»

A Carlos Aldana, su secretario ideológico de fines de los 80, lo cogió en el brinco con unas tarjetas de crédito. Le envió un par de mastodontes, oficiales de Seguridad Personal, para imponerlo de un mensaje: «Dice el comandante que no quiere verte cerca del Palacio de la Revolución ni de público en una concentración.»

Fidel no tenía límites. Pero él, su familia, sus casas, sus amantes, sus gustos, sus movimientos, sus vías de acceso a Palacio, todo se hallaba protegido por un tan riguroso secretismo que encegueció a la CIA y le hizo frustrar más de 600 atentados. Mientras la salud se lo permitió, el jamón que consumía era el Cinco Jotas, solo producido en Jabugo. Su carne favorita era la de reno, que importaban exclusivamente para él desde Finlandia. Su cama se vestía con las costosísima fundas y sábanas de hilo egipcio de Pratesi. A la salida de un recodo de La Habana, al pasar el puente de hierro que cruza sobre el río Almendares, en dirección oeste, todavía está la casa donde almacenaba en refrigeración sus golosinas de chocolate y los vinos «más caros del mundo».

En cuanto a la especie de harem flotante que le rodeaba, supuestamente incluyó a la legendaria periodista americana Barbara Walters («La palabra carisma se hizo para él», dijo ella) o la desafortunada Lisa Howard, de la que Fidel se enamoró «como un perro», según su lugarteniente Manuel Piñeiro, y a la que asesinaron frente a una droguería en Estados Unidos, seguramente por aventurarse demasiado como mensajera secreta entre Fidel y el presidente Kennedy, y que contó en sus memorias inéditas que Fidel, antes de que se acostaran por primera vez, le preguntó qué le gustaba más de él —su mente o su cuerpo. Lisa no dejó constancia de su respuesta.

Y no olvidar a la traductora de inglés Juanita Vera, con la que tuvo un hijo, con pleno conocimiento de su marido, también miembro de su equipo de traductores. Preguntado uno de los coroneles de su escolta de por qué «el jefe» se «relacionaba» tanto con mujeres de su equipo oficial, respondió: «Figúrate, es que él no puede salir solo a la calle.» Fidel explicó algo parecido cuando reveló lo que más extrañaba en su vida: «Pararme en una esquina.»

Ninguna de esas correrías o despilfarros ha hecho mella en la fascinación con que todavía hoy se le recuerda. Fidel dividió la historia. En un mundo que en 1959 estaba al mando de unos viejos calvos llamados Eisenhower o Jruschov, aparecieron de repente bajando de las montañas, esta horda de jóvenes guerreros, de largas melenas y barbas pobladas y en poco menos de dos años hicieron una reforma agraria radical, le arrebataron a los americanos todas las industrias instaladas en Cuba, derrotaron militarmente a los mismos americanos en Bahía de Cochinos, erradicaron el analfabetismo en menos de un año, pusieron el mundo al borde del holocausto nuclear, llenaron el continente de guerrillas y no terminaron hasta dislocar cerca de medio millón de hombres en África y volver a ganar una guerra —esta vez contra una Sudáfrica, armada con bombas nucleares— y de paso liberar a Namibia, eliminar el apartheid en Sudáfrica y garantizar la integridad territorial de Angola.

Lo cierto es que a las 22.45 hora local de Cuba del viernes 25 de noviembre de 2016 en su residencia habanera, esa vida al filo de la navaja entre el disfrute y las amenazas permanentes de asesinato se esfumó en un instante. Ya estaba en la ambulancia cuando expiró. En espera del esperado desenlace, las órdenes de Raúl Castro ya estaban emitidas y eran terminantes. Se lo comunicaban de inmediato solo a él y se dirigían a la clínica CIMEQ (Centro de Investigaciones Médico-Quirúrgicas) y no bajaban el cadáver hasta que él, Raúl, llegara. Entonces, con Raúl presente, directo para el crematorio.

Ahora en Cuba están celebrando sus 100 años. Bueno, lo que pueda celebrarse en un país en ruinas y bajo el salvaje bloqueo energético impuesto por Donald Trump. El cumpleaños de un muerto. Este 13 de agosto. Pero el gobierno cubano, desvaído, cansado, no logra alcanzar las expectativas de un país educado por el fragor de la Revolución. Sin embargo, hay cosas que parecen inamovibles: los americanos siguen creando comisiones y equipos para entenderse con la Cuba del día después, y los habitantes de esa isla siguen actuando como si Fidel aún gobernara. O por lo menos es su añoranza.

Es justo preguntarse cómo el mismo Fidel Castro vería una vida tan intensa.

Una vez, hacia principio de los 80 , mientras revisaba las fotografías de una de sus primeras operaciones militares, la captura —en el verano de 1959— de unos expedicionarios trujillistas en el aeródromo de Trinidad, Fidel parecía reconocerse solo a él mismo. No identificaba a más nadie. Finalmente, con la frustración reflejada en el rostro, dijo:

—Chico, el problema es que no me acuerdo de nada. 

Publicado como «Excesos, amores y revolución: el siglo sin límites de Fidel» en La Repubblica (Italia), 12 de agosto de 2026.

https://libretadenorberto.blogspot.com/2026/08/fidel-mas-alla-de-los-recuerdos_0870619750.html

*Norberto Fuentes (La Habana, 2 de marzo de 1943) es escritor y periodista cubano. Autor de Condenados de Condado, Hemingway en Cuba, Dulces guerreros cubanos y La autobiografía de Fidel Castro. Vinculado durante años al periodismo y a los círculos de poder de la Revolución Cubana, cubrió conflictos militares en África y escribió crónicas y reportajes sobre Cuba, sus Fuerzas Armadas y figuras centrales del gobierno de Fidel Castro.

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