«Cuanto más útiles son las acusaciones en las repúblicas, tanto más perniciosas son las calumnias.»
Discursos sobre la primera década de Tito LivioUn juez intenta pagar la cena y la tarjeta es rechazada. Al llegar a casa descubre que su cuenta de Amazon fue cancelada y que a su esposa le retiraron el permiso de viaje. En la oficina, la administración decide pagarle tres meses de salario por adelantado, por si los bancos terminan de cerrarle las puertas. No es el arranque de una serie de espías ni la crónica de un fraude bancario sino sucesos en la vida cotidiana de los magistrados de la Corte Penal Internacional desde que el gobierno de Estados Unidos los sancionó por investigar a sus tropas en Afganistán y por girar órdenes de arresto por la guerra en Gaza. El imperio te corta el crédito.
La herramienta favorita de la diplomacia gringa es modesta en apariencia: la visa. Desde enero de 2025, el Departamento de Estado ha revocado más de 175 mil, bajo la coordinación del subsecretario Christopher Landau, quien adoptó con deportivo orgullo el mote de «El Quitavisas», alias que lo mismo serviría para un luchador rudo de la Arena México.
El instrumento es perfecto. La visa es un privilegio discrecional, no un derecho; no admite apelación, no requiere pruebas ni jueces, no pasa por el Congreso y el catálogo de castigados delata el criterio: ocho de los once magistrados del Supremo brasileño, por condenar a Jair Bolsonaro; el Nobel de la Paz Óscar Arias, notificado por un correo escueto un primero de abril, semanas después de comparar a Trump con un emperador romano —el emperador le dio la razón por email—; la junta directiva de La Nación de Costa Rica, por investigar a un presidente aliado; el exgobernador priísta de Guerrero Héctor Astudillo, por criticar el arancel al jitomate. Cuando el mismo castigo cae sobre el presunto corrupto, el juez, el periodista y el que opina, el castigo deja de describir al castigado y retrata al castigador.
Andrés Manuel López Beltrán recibió notificación formal y fue él mismo quien hizo público el asunto la semana pasada, con una carta a Donald Trump fechada en Teapa, Tabasco, cuyo destinatario real no despacha en Washington: milita en Morena. En la misiva llama a Rubio y a Landau «jefes de pandillas», califica la medida de «canallada» politiquera «al estilo hitleriano» y asegura que no le pesa dejar de visitar un país sumido en el «odio, el racismo y la drogadicción» —las uvas inalcanzables, se sabe desde Esopo, siempre estuvieron verdes—. Escribe «quitarme la Visa» así, con mayúscula, como la tarjeta: acaso la errata más honesta que se cuela justo donde reclama estatura política. Lo que la carta no menciona son los contratos multimillonarios de su clan de amigos que la oposición exige investigar. Esta columna no se ocupa de canonizaciones ni martirologios: la brocha gorda de Washington no absuelve la letra chica de los expedientes. Una semana antes, el administrador de la DEA había advertido: «Ningún título, cargo o conexión política los protegerá». Golpe anunciado también duele.
A la presidenta Sheinbaum le tocó gestionar un incendio que ella no encendió. Las versiones de columnistas —esas filtraciones que nadie asume y todos citan, periodismo de fuentes que se evaporan al segundo párrafo— la colocan en dos escenarios igualmente incómodos: o sabía desde febrero y gobernó medio año con la bomba en el cajón, o se enteró junto con el resto de los mexicanos, lo que significaría que el heredero del movimiento la dejó fuera de una de las jugadas más delicadas del sexenio. Cerró filas: «No porque le quiten la visa a alguien vamos a abrir una investigación». Tiene razón en el principio y un problema en la práctica, porque el triángulo se ha vuelto perverso: la oposición peregrina a Washington a cabildear castigos que no consigue en México, y los gobiernos aliados —la familia de Óscar Arias sostiene que fue el propio presidente tico Chaves quien pidió sus cabezas— subcontratan al imperio para silenciar a sus críticos. El espejo brasileño tienta al oficialismo: a Lula el boomerang de Trump lo subió en las encuestas. Pero Lula no cargaba un expediente con contratos de por medio, y la visa suele ser apenas la punta del iceberg; después vienen Mastercard y Amex, las cuentas congeladas, los bancos que dejan de contestar el teléfono. Pregúntenles a los jueces de La Haya.
Queda la pregunta que Morena no logra resolver: cómo es que un movimiento que pregona «no puede haber gobierno rico con pueblo pobre» produce cuadros que veranean en Japón o España, coleccionan relojes que cuestan como un coche y son sorprendidos en centros comerciales europeos con la naturalidad de quien va por tortillas. La presidenta demuestra que se puede: su honestidad es «valiente» y su austeridad digna, viste huipiles de artesanas con una elegancia que no necesita etiqueta ni disculpa. El problema no es de recursos —el partido presume capacitación obligatoria— sino de diseño. Una formación sobreideologizada fabrica fieles, no cuadros. La diferencia importa: el fiel obedece y recita, el cuadro entiende que la coherencia es parte del proyecto. La fe no exige congruencia, la lealtad institucional sí. Un cuadro formado sabría que a un imperio no se le reta por carta abierta, un fiel cree que la épica lo protege de todo, salvo, se ve, de la ortografía.
«Al que quieren no es al chico, sino al grande», dijo en Tabasco el tío del agraviado, José Ramiro, confirmando sin querer lo que la defensa niega. Y el senador Enrique Inzunza —con solicitud de detención del Departamento de Justicia estadunidense— se declaró solidario con Andy: ¡no me defiendas, compadre!
El problema de fondo es la dimensión del castigador: su brocha alcanza a jueces, premios Nobel y periodistas, y no rinde cuentas a nadie. Maquiavelo distinguía las acusaciones, que fortalecen a las repúblicas, de las calumnias, que las pudren. Washington calumnia por decreto y sin apelación. Frente a eso, la soberanía es la mejor defensa —a Lula le funcionó—, pero convence más con la casa limpia, algunos bozales puestos y tribunales propios que acusen antes de que el castigador lo haga con los suyos. Lo demás —los relojes, los veranos, las cartas abiertas— es regalarle el pincel al retratista.
UN LIBRO, UNA SERIE, UN PODCAST
Libro: Underground Empire: How America Weaponized the World Economy, de Henry Farrell y Abraham Newman. la anatomía del imperio que sanciona con tarjetas de crédito y servidores.
Serie: La diplomática (Netflix) Nueva temporada, se puede ver cómo se cocinan las crisis que después llamamos comunicados.
Podcast: El hilo (Radio Ambulante), cuenta el continente sin brocha gorda.
Únete al canal de WhatsApp de El Independiente y recibe las noticias clave del día, análisis y últimas actualizaciones directamente en tu celular.

